La histórica bajante del río Paraná invita a reflexionar acerca de la interrelación entre un modelo económico y sus consecuencias ambientales. Contra quienes sostienen que primero hay que obtener divisas y luego pensar en lo ecológico, Federovisky se pregunta: ¿existen realmente dos opciones, un modelo de progreso con un inevitable deterioro ambiental y otro en el que se garantiza la conservación de la naturaleza a costa del bienestar de la sociedad? Esta dicotomía azuza un fantasma inexistente: no hay sociedades atrasadas con la naturaleza intacta.
por Sergio Federovisky
En la cuestión ambiental hay un asunto de escala que modifica la perspectiva. Todos asistimos con nuestro acuerdo y beneplácito a la noción global de reducir los gases de efecto invernadero, entre otras cosas defendiendo los bosques nativos (o las selvas, según el caso), así como promoviendo las energías renovables. Allí -repetimos como un mantra- se refugia la esperanza de capturar dióxido de carbono y revertir la tendencia contaminante. Y así nos pasa con la deforestación como con las energías renovables, la protección de los humedales o la necesidad de proteger los ríos: a escala planetaria somos todos ecologistas y reclamamos con fiereza que el planeta sea salvado. ¿Quién estaría en desacuerdo?