por Fabiana
Frayssinet
Buenos Aires, 9
dic 2016 (IPS). La agricultura orgánica se abre creciente espacio
en Argentina, el líder latinoamericano del sector y el segundo del
mundo después de Australia, como parte de la reacción de un modelo
que desilusionó a los productores y comienza a asustar a los
consumidores.
Según la
intergubernamental Comisión Interamericana de Agricultura Orgánica
(CIAO), en el continente americano hay 9,9 millones de hectáreas de
producción orgánica certificada, 22 por ciento de la superficie
mundial destinada a estos cultivos. De ese total, 6,8 millones están
América Latina y el Caribe y de ellas, tres millones en Argentina.
El argentino
Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa)
señala que entre 2014 y 2015 la superficie orgánica cosechada creció en 10 por ciento, con cultivos de aromáticas, hortalizas,
legumbres, frutales, cereales y oleaginosas.
Las legumbres y
hortalizas tuvieron el mayor incremento (200 por ciento). En
Argentina hay 1.074 productores orgánicos, mayoritariamente
pequeñas, medianas empresas y cooperativas.
“El mercado
orgánico se está empezando a mover. Somos productores hace 20 años
cuando ese mercado no existía en Argentina y todo se exportaba.
Ahora vendemos fuera una parte pero como 50 por ciento por ciento se
queda acá”, dijo Jorge Pierrestegui.
“Optar por lo
orgánico fue una política de la empresa, principalmente por una
visión ecológica, de largo plazo de no tirar veneno en la chacra”,
explicó este directivo de la compañía agroecológica Olivares y
Viñedos San Nicolás, productora de aceitunas y aceite de oliva en
unas 1.000 hectáreas en la central provincia de Córdoba.
El ingeniero
agrónomo Eduardo Cerdá, asesor en agroecología, diferencia esa
práctica de la llamada orgánica. Tampoco usa agroquímicos pero no
busca “certificar” una producción que está “concentrada en
cuatro o cinco empresas” y que “tiene un costo para el
productor”, aclaró a IPS.
“Nosotros
básicamente trabajamos para generar experiencias, para acompañar
productores, para formar estudiantes, en una mirada de la agronomía
con principios ecológicos”, explicó.
Cerdá,
vicepresidente del Centro de Graduados de la Facultad de Agronomía
de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), destacó que hay un
interés creciente en la agroecología.
En 10 años
aumentó de 600 a 12.500 hectáreas las áreas asesoradas. Con sus
pocos colegas especializados no consiguen atender tanta demanda.
El experto lo
atribuye a la decepción por el “modelo actual” basado en
agroquímicos, que considera “agotado”. Para él la agroecología
“no es una alternativa” sino “la agronomía de los próximos
años”.
“Los
productores están viendo que lo que les prometieron hace 20 años
que les iba a resolver esta tecnología no se cumplió. Ni en cuanto
a grandes rendimientos ni en costos. Ven que tienen un costo
impresionante por la cantidad de insumos que utilizan”, sostuvo.
Mientras en los
años 90, una hectárea de trigo costaba 100 dólares, en el 2015
llegó a 400 dólares. Sin embargo el rendimiento no se cuadriplicó.
Entonces, una hectárea producía 3.000 kilos, hoy “estaremos en
6.000 o 7.000 con suerte”, comparó.
Para Cerdá “es
una tecnología carísima para un resultado súper ineficiente. Hemos
medido campos agroecológicos que utilizan el esquema mixto de
agricultura y ganadería contra campos empresariales. Podemos hasta
decir que son más eficientes”.
La CIAO atribuye
el crecimiento agrícola orgánico en Argentina a la demanda
internacional, principalmente de Europa y Estados Unidos. Pero
puntualiza que los cultivos orgánicos representan todavía solo 0,5
por ciento de la superficie total sembrada.
En este país de
43 millones de personas, el sector agropecuario representa uno de los
puntales de su economía, a la que aporta 13 por ciento del producto
interno bruto (PIB), 55,8 por ciento de sus exportaciones y 35,6 por
ciento de su empleo directo e indirecto.
“Lo que más se
planta en Argentina es soja, maíz o algodón transgénico. Los
productores orgánicos son muy pocos todavía y están sobre todo en
la huerta. Podemos contar con los dedos los que hacen granos
ecológicos porque no hay una política del Estado que lo promueva”,
opinó Graciela Draguicevich, presidenta de la Asociación Mutual Sentimiento.
Esa asociación
administra El Galpón, en el barrio de Chacarita, en Buenos Aires,
que desde hace 14 años funciona como un mercado de abastecimiento
agroecológico y de economía social.
“Descubrimos
que el principal problema era la intermediación ociosa y contactamos
productores, pero queríamos darle otra vuelta de tuerca porque nos
parecía que nada era bueno si seguíamos consumiendo tóxicos y
enfermándonos con la comida. Por eso comenzamos a buscar productores
sin agrotóxicos”, recordó a IPS.
Los integrantes
de la asociación establecen otra conceptualización de lo orgánico.
“Cuando tampoco tiene venenos sociales y económicos. Cuando no
practica explotación, ni diferencia de salarios por género, ni
trabajo infantil, ni depredación de lo que se comercia. Todo tiene
que conservar su equilibrio”, especificó.
Draguicevich
celebra que cada vez haya más ferias como El Galpón, aunque aún no
“una por barrio”, como considera necesario.
Alicia Della
Ceca, que vende frutas y hortalizas en este mercado solidario,
cultiva con sus dos hijos 3,5 hectáreas a unos 20 kilómetros de la
capital.
Allí dejaron de
usar químicos hace 10 años, cuando el gobierno les ofreció
asesoría técnica. “Como mis hijos son jóvenes y tienen la cabeza
abierta les interesó”, contó a IPS.
“Es muy bueno
para la salud, para el producto, para la tierra. Mi marido 40 años
atrás usaba plaguicidas porque era lo normal, se pensaba que de otra
manera no crecía. Pero mis hijos han dado testimonio de que se puede
trabajar de esta manera. La tierra lo da, no hace falta castigarla
con químicos”, argumentó.
“La gente que
trabaja con químicos quiere las cosas rápidas, mucho, grande y
brilloso. Eso es algo que impulsó el supermercado. Cuando el negocio
era de barrio no era así. Pero ellos impusieron las bolsitas, y
muchas cosas en contra de la naturaleza”, reflexionó.
Ahora entre los
consumidores crece esta “nueva conciencia”, según Pierrestegui
ante “el abuso de los agroquímicos”.
El estudio
“Plaguicidas. Los condimentos no declarados”, publicado en 2015
por la UNLP, reveló que en las 60 muestras analizadas, ocho de cada
10 verduras y frutas contenían agroquímicos.
“El nivel de
contaminación es enorme. Cuando se mide aparecen restos de
agroquímicos en los alimentos, en el suelo, en el agua, en el aire.
Y por más que nos cuidemos, nuestros productos, nuestros granos,
tienen agroquímicos de los vecinos. Es un modelo muy perverso”,
alertó Cerdá.
“Ya llevamos 20
años, con 20 millones de hectáreas de soja (en Argentina). Estamos
hablando de más de 200 millones de litros de herbicida todos los
años, más otros productos que nos aplican, lo que está dando una
explosión ambiental muy peligrosa. Lo que se nos viene que es una
gran pérdida de fertilidad”, advirtió.
Pierrestegui
considera que este país tiene especial potencial para lo orgánico.
“Argentina no
es un gran productor mundial de aceite de oliva, pero sí de los
pocos que pueden producirlo orgánico”, ilustró. “España por
ejemplo, uno de los principales productores mundiales, trabaja sobre
tierras muy áridas, donde tienen que utilizar muchos agroquímicos y
fertilizantes artificiales. Argentina tiene la ventaja de buena
tierra”, dijo.
El informe “Los Mercados Mundiales de Frutas y Verduras Orgánicas”, de la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO), señala que “en Argentina, el paso de la
agricultura convencional a la producción orgánica no suele plantear
mayores dificultades gracias a sus condiciones físicas”.
“La extensión
y fertilidad natural de los suelos, la abundancia de tierras vírgenes
y el escaso empleo de insumos químicos en las prácticas agrícolas
convencionales permite que los agricultores pasen a la producción
orgánica sin necesidad de introducir importantes ajustes a sus
métodos de explotación. Los diferentes climas imperantes y la baja
presión de plagas hacen posible la producción orgánica en casi
todo el país”, subraya.
“Con todo lo
que se investiga, con todo lo que gastan los productores, igual la
naturaleza les está diciendo: Muchachos, las malezas funcionan de
otra manera, no alcanza poner más dosis, más cocteles, porque a la
larga terminamos todos envenenados. Las lógicas en la naturaleza son
distintas, traten de entenderlas”, exhortó Cerdá.
Editado por
Estrella Gutierrez
Fuente:
Fabiana Frayssinet, La agroecología abre surcos en Argentina, 09/12/16, Inter Press Service.
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