El temor se ha
enquistado en la sociedad japonesa, que mayoritariamente -57%
contra 29 %- rechaza la reapertura de las centrales nucleares.
Un fuerte temblor
sacudió el 22 de noviembre, al filo de las 6 de la mañana, las
costas de Japón. El epicentro del seísmo, de una magnitud de 7,4 en
la escala de Richter, se localizó frente a Fukushima, evocando entre
los japoneses el sombrío recuerdo del terremoto del 2011 y el
desastre nuclear que le siguió, cuando el tsunami posterior anegó
la central de Fukushima Daiichi.
A diferencia de
la tragedia de hace cinco años y medio, en que murieron 18.000
personas, esta vez no hubo grandes daños y el tsunami apenas levantó
olas de 1,5 metros, adentrándose por el río Sunaoshi. Pero puso de
nuevo sobre la mesa la cuestión de la seguridad de las centrales
nucleares, que el Gobierno del primer ministro Shinzo Abe pretende
reabrir paulatinamente pese al rechazo de la población.
En la zona de
Fukushima, la radiactividad ha descendido notablemente desde el
accidente de marzo del 2011. Todavía permanecen fuera de sus hogares
57.000 personas, pero la orden de evacuación ha sido levantada ya
total o parcialmente en cinco municipios, y poco a poco se han ido
autorizando estancias temporales -sin pasar la noche- en otra
media docena. Aún y así, poca gente ha regresado a sus casas. En la
localidad de Tamura, la primera en ser reabierta -en abril del
2014-, por ejemplo, ha vuelto el 64 % de la población original,
pero en Nahara -reabierta en septiembre del 2015- no pasa del
9 %... El miedo atenaza.
El temor se ha
enquistado en la sociedad japonesa, que mayoritariamente -57 %
contra 29 %, según un sondeo reciente del Asahi Shimbun- rechaza la
reapertura de las centrales nucleares decidida por el Gobierno, que
no consigue convencer a la opinión pública de la conveniencia de su
opción.
Tras cuatro años
de parón nuclear, consecuencia del accidente de Fukushima, el
Ejecutivo nipón decidió en julio del 2015 impulsar la reapertura
progresiva de la mayor parte de las centrales nucleares del país de
acuerdo con unas nuevas normas, mucho más estrictas en materia de
seguridad y prevención de catástrofes. De los 50 reactores en
funcionamiento en el momento del desastre de Fukushima, han reabierto
ya cinco -en el caso de la central de Takahama, se ha impugnado
ante la justicia-, y otros 21 se encuentran en fase de examen por
la nueva autoridad nuclear, mientras que una quincena -los más
antiguos- probablemente no volverán ya a funcionar. Si la
producción de electricidad de origen nuclear representaba en el 2011
el 30 % del total, el objetivo gubernamental es situarla en torno al
20 %- 22 % en el horizonte del año 2030.
“El parón de
las centrales nucleares comportó un aumento del precio de la energía
eléctrica -del 20 % para los hogares y del 30 % para las industrias–
y un incremento notable de la emisión de CO2a la atmósfera por el
uso de energías fósiles, además de reducir al mínimo la
autosuficiencia energética. Si queremos corregir esto, y cumplir
nuestros compromisos internacionales, la energía nuclear debe ser
una fuente importante de producción de electricidad”, sostiene
Masashi Hoshino, subdirector de la división internacional de la
Agencia de Recursos Naturales y Energía.
Los argumentos
parecen imbatibles pero, cuando se pone en el otro platillo de la
balanza la seguridad nuclear, los japoneses -a la vista de las
graves deficiencias que el desastre de Fukushima puso dramáticamente
de manifiesto- son reacios a dejarse seducir. Ni aún cuando les
prometan una sustancial rebaja de la factura de la luz.
No se trata
únicamente de sondeos. En las últimas ocasiones en que los
ciudadanos han tenido oportunidad de expresar su opinión mediante el
voto han enviado un serio correctivo al primer ministro y al Partido
Liberal Democrático (PLD). Así ha sucedido este año en sendas
elecciones a gobernador en las prefecturas de Kagoshima -el 10 de
julio- y de Niigata -el 16 de octubre-, donde dos candidatos
antinucleares, el excomentarista de televisión Satoshi Mitazono y el
abogado Ryuichi Yoneyama, se impusieron a los gobernadores
salientes, respaldados por el Gobierno. En Kagoshima está la primera
central nuclear que se reabrió tras el terremoto del 2011, la de
Sendai -con dos reactores en marcha-, y Niigata cuenta con la
mayor central nuclear de todo Japón, la de Kashiwazaki Kariwa, donde
está programado poner de nuevo en funcionamiento de entrada dos de
sus siete reactores.
La cuestión
nuclear, más aún que los frutos de la política económica -Abenomics-, podría acabar situándose en el centro del debate
político en Japón y poner en aprietos a Shinzo Abe. Así al menos
lo piensa el ex primer ministro conservador Junichiro Koizumi,
convertido al activismo antinuclear: “No es posible que un partido
ignore los deseos de los ciudadanos y pueda mantenerse en el poder”.
Fuentes:
Lluís Uría, El rechazo social frena el plan de Japón para reanudar la producción nuclear, 07/12/16, La Vanguardia.
La obra de arte que acompaña esta entrada es "Fukushima Future" del artista Harry Kent, técnica mixta sobre papel, 50 x 42 cm, con un estilo de pintura abstracta francesa de la década de 1950 se caracteriza por el uso irregular de las pinceladas y manchas de color.

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