domingo, 21 de marzo de 2021

El legado envenenado de las pruebas nucleares en el Pacífico

Ensayo nuclear "Centauro", en la Polinesia Francesa el 17 de julio de 1974.


Leucemia, linfoma, cáncer de tiroides, cáncer de pulmón, cáncer de mama, cáncer de estómago... En la Polinesia, el legado de las pruebas nucleares francesas está escrito en la carne y la sangre de sus habitantes. El estroncio ha carcomido los huesos, el cesio se ha concentrado en los músculos y los genitales, el iodo se ha infiltrado en la tiroides.

La historia de esta catástrofe sanitaria y medioambiental, en gran medida desconocida, comenzó el 2 de julio de 1966. Ese día, el ejército francés llevó a cabo la prueba de Aldebarán, la primera de las 193 pruebas realizadas durante 30 años en los atolones nucleares de Mururoa y Fangataufa, a 15.000 kilómetros del continente europeo.

También fue la primera de una serie de pruebas que se encuentran entre las más contaminantes del programa nuclear francés: las pruebas al aire libre. Entre 1966 y 1974, el ejército realizó 46 explosiones de este tipo.

Disclose e Interprt, en colaboración con el Programa de Science & Global Security de la Universidad de Princeton (Estados Unidos), investigaron durante dos años las consecuencias de las pruebas atmosféricas en la Polinesia Francesa. Utilizando miles de documentos militares desclasificados, cientos de horas de cálculos informáticos y decenas de testimonios inéditos, esta investigación demuestra por primera vez el alcance de la lluvia radioactiva que afectó a un territorio tan grande como Europa. También revela cómo las autoridades francesas trataron de ocultar el impacto real de esta devastadora campaña en la salud de la población civil y militar.

Según los cálculos, basados en una reevaluación científica de la contaminación en la Polinesia Francesa, unas 110.000 personas estuvieron expuestas a la radiactividad, casi toda la población de los archipiélagos en ese momento.

El 18 de febrero de 2020, el Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia (Inserm) publicó un informe largamente esperado sobre “las consecuencias sanitarias de los ensayos nucleares” en la Polinesia Francesa. Los autores concluyen que los “vínculos entre la lluvia radioactiva de las pruebas atmosféricas y la aparición de patologías inducidas por la radiación” son difíciles de establecer, debido a la falta de datos fiables. Y los autores del informe subrayan la absoluta necesidad de “afinar las estimaciones de las dosis recibidas por la población local y por el personal civil y militar”.

2.000 documentos desclasificados. La investigación se basó en una gran cantidad de documentos del Ministerio de Defensa. Clasificados como secreto de defensa hasta 2013, estas 2.000 páginas de archivos fueron desclasificadas tras una larga batalla legal entre el gobierno francés y las organizaciones que defienden a las víctimas de las pruebas nucleares. Estos documentos históricos nunca habían sido examinados en su totalidad. Fueron organizados y clasificados por fecha y por tema en una base de datos que ahora es accesible para las víctimas, los investigadores y los ciudadanos.

Además de un examen detallado de estos documentos, se realizaron entrevistas con más de 50 personas, entre ellas 18 habitantes de los atolones, 16 veteranos del ejército, así como jueces, científicos y organizaciones de la sociedad civil de la Polinesia Francesa y de la Francia metropolitana.

Una plataforma única. Para que toda esta información sea accesible al mayor número de personas posible, Disclose e Interprt desarrollaron una plataforma interactiva única que combina la modelización en 3D y la visualización de datos complejos. Esta herramienta permite por primera vez reconstruir la historia oculta de tres de las pruebas atmosféricas más contaminantes del experimento nuclear francés en la Polinesia. Las pruebas de Aldebarán (1966), Encélado (1971) y Centauro (1974).

Para acceder a la plataforma interactiva hacer clic aquí


Cúmulo de cánceres en las islas Gambier

El 2 de julio de 1966 Francia llevó a cabo, en secreto, su primera prueba nuclear atmosférica sobre la Polinesia Francesa. A las 5:34 de la mañana de ese día, Aldéraban, como se denominó la bomba, fue detonada desde una barcaza anclada en una laguna azul cerca del atolón de Moruroa. Apenas unos microsegundos después de la explosión, apareció una bola de fuego que vaporizó todo lo que había a su alrededor. La masa incandescente, con un calor de varios miles de grados centígrados, se elevó en el aire y luego, al enfriarse, se convirtió en una vasta nube de polvo radiactivo. En el espacio de unos diez minutos, la forma de hongo atómico se estabilizó antes de ser dispersada por los vientos.

En teoría, los militares franceses y la Comisión de Energía Atómica (CEA) de ese país, habían puesto en marcha un minucioso plan para evitar que la lluvia radiactiva cayera en zonas habitadas, empezando por las islas Gambier, famosas por su cultivo de perlas negras. Pero esta investigación de Disclose e Interprt revela una historia diferente.



A principios de julio de 1966, los 450 habitantes de las islas Gambier aún no sabían que habían sido bañados con partículas radiactivas de la primera de las que serían 41 pruebas de armas nucleares atmosféricas realizadas por Francia en el Pacífico Sur.

Su desconocimiento era tanto más comprensible cuanto que las islas Gambier, situadas a 424 kilómetros del lugar de las pruebas de Mururoa, estaban fuera de la llamada zona de peligro radiológico, como se indica en este mapa, que hemos encontrado en un documento militar francés desclasificado. Según el cual, la población del archipiélago no corría ningún riesgo de estar expuesta a dosis importantes de radiación ionizante. Por lo tanto, las autoridades francesas no habían previsto ninguna medida preventiva, ninguna evacuación y ni siquiera la instalación de un refugio contra la lluvia radiactiva antes de que comenzara la operación Aldébaran.


Zonificación radiológica oficial de 1970. Documento desclasificado: 03-1970-02-23-58.

En el momento de la prueba, la mayoría de los 450 habitantes de las islas Gambier vivían en Mangareva, la isla más grande del archipiélago.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos francés (INSEE), había 61 niños, de entre 4 y 8 años, que vivían entonces en el archipiélago. Esta cifra es especialmente importante porque los efectos nocivos de la radiación son más importantes para los niños, sobre todo en lo que respecta a la exposición de la glándula tiroides, que es el órgano humano más sensible al iodo radiactivo presente en la lluvia radiactiva.

Antes de llevar a cabo la primera explosión nuclear atmosférica de la historia de Francia, que puso a cientos de polinesios en riesgo de contaminación, el alto mando militar francés decidió no hacer nada para protegerlos. Una de las razones fue mantener una imagen positiva del programa de pruebas entre la población de la Francia continental, y evitar cualquier efecto psicológico negativo en los polinesios. Pero la ansiedad no tardó en crecer entre estos últimos poco después de la primera explosión, como explicó Zachary Takahira, que entonces tenía 13 años en Mangareva. “La gente tenía miedo”, dijo. Para superar la preocupación, los militares franceses se pusieron a construir un refugio atómico en las semanas que siguieron a la primera explosión. Un informe de los gendarmes franceses que visitaron la isla, fechado el 19 de octubre de 1966, observó: “Los habitantes manifestaron una ligera preocupación que no existía [antes de la primera prueba]. Las construcciones de un blocao y de una 'Tortuga' [un refugio hinchable] les impresionaron”.


Estructura del refugio antinuclear de Rikitea, 1967​.


Pero los habitantes de Mangareva no sabían que el daño ya estaba hecho. La lluvia radioactiva de la explosión del 2 de julio había contaminado el suelo de la isla a un nivel de 61 millones de bequerelios por metro cuadrado. Se trata de un grado de contaminación que rara vez se registra, excepto durante las catástrofes nucleares más graves del mundo.

Oficialmente, el ejército francés y la Comisión de Energía Atómica (CEA) habían previsto todo para evitar que la lluvia radiactiva contaminara el archipiélago. Confiaban en el tiempo y en la dirección del viento.

De hecho, las autoridades francesas sabían perfectamente que el viento, el 2 de julio de 1966, soplaba en dirección sureste, hacia las islas Gambier. Un informe meteorológico confeccionado 3 horas antes de la prueba del 2 de julio de 1966, muestra que en ese preciso momento, a 1.500 metros de altura, el viento soplaba hacia el sureste, en dirección a Mangareva y la isla que la rodea.

En Mangareva, después de la explosión cuando se acercó la nube, los funcionarios fueron evacuados urgentemente. La lluvia radioactiva llegó a la isla 11 horas después de la explosión. Entonces se envió un buque científico a la zona para estimar el alcance del accidente. Los resultados fueron malos. Alimentos, agua, suelo... todo estaba contaminado.

Según datos del Ministerio de Defensa francés de 2006, las islas Gambier sufrieron el impacto de la lluvia radiactiva en 31 ocasiones distintas, lo que sitúa al archipiélago en el tercer lugar de las zonas más contaminadas de la Polinesia Francesa.

En las islas Gambier, en Rikitea, Taku y a lo largo de la costa de Taravai, la lluvia radiactiva de las pruebas nucleares hoy está demasiado presente en la mente de la población local. La hipótesis más extendida es que la contaminación provocó una oleada de cánceres, y eso parece confirmarse en un informe del gobierno local de la Polinesia Francesa fechado en febrero de 2020, cuya existencia no se había revelado hasta ahora. Es el primer documento oficial que hace referencia a un “grupo de [casos de] cánceres de tiroides” en las islas Gambier. El informe, redactado por un médico militar francés, señala que el cúmulo, “focalizado en las islas sometidas a la lluvia radiactiva [...] deja pocas dudas sobre el papel de las radiaciones ionizantes [...] en el advenimiento de un exceso de [casos] de cáncer”.

Aunque no hemos podido establecer una relación directa entre las pruebas nucleares atmosféricas y el número de casos de cáncer en la zona en la que se realizaron, hemos cartografiado la presencia de la enfermedad en la isla de Mangareva.

A lo largo de los años, desde mediados de los 60, el cáncer se ha ido apoderando lenta e insidiosamente de las familias.

A Yves Salmon, que tenía 20 años en el momento de las pruebas, le diagnosticaron un carcinoma en 2010. Su esposa también cayó enferma, antes de obtener el reconocimiento oficial de Francia de que fue víctima de las pruebas nucleares. Los dos cuñados de Salmon murieron de cáncer.

Unitio, vecino de Yves Salmon, que vive cerca del pequeño pueblo de Taku, en Mangareva, en una casa situada en la ladera de un acantilado, desarrolló un cáncer de tiroides en 2001. Pasó toda su infancia en las islas Gambier. En 2010, finalmente fue reconocido por Francia como víctima de las pruebas nucleares.

La prima de Unitio, Monique, de 69 años, sufrió un cáncer de tiroides y estuvo hospitalizada durante dos años en Papeete, la capital de la Polinesia Francesa. También recibió el reconocimiento oficial como víctima, en agosto de 2011.

El padre de Julie Lequesme era un anciano de la aldea Mangareva de Taku y había trabajado en el atolón de Mururoa. Murió de cáncer de garganta en 1981. “Cuando fui a ver al médico de la isla, me dijo que, a juzgar por las radiografías de mi padre, era un fumador empedernido”, cuenta Julie. “Sin embargo, mi padre nunca tocó un cigarrillo”. Su marido, que había trabajado para la CEA, también murió de cáncer en 2010.

Catherine Serda es una antigua habitante de Taku. En su familia, 8 personas enfermaron de cáncer entre finales de los años 70 y principios de los 90. Todos ellos vivían en Mangareva en la época de las pruebas nucleares.


Víctimas olvidadas de la prueba Encélade

En 1971, Francia inició su quinto año de pruebas con armas nucleares en el Pacífico Sur. En junio de ese año, para lo que sería la 24ª prueba atmosférica sobre la Polinesia Francesa, los militares optaron por activar una bomba especialmente potente que estaba destinada a equipar los misiles de los primeros submarinos de propulsión nuclear de Francia. Según la descripción oficial de quienes la diseñaron, la bomba, cuyo nombre en clave era “Encélade”, presentaba “graves problemas de seguridad debido a su gran masa de uranio altamente enriquecido”.

Se lanzó a las 10:15 horas del 12 de junio de 1971, y la explosión liberó unos 500 kilotones de energía, 30 veces más potente que la bomba atómica estadounidense lanzada sobre Hiroshima. La explosión de esta bomba produjo una gigantesca nube atómica que comenzó a moverse con el viento. A las 7 de la tarde alcanzó el pequeño atolón habitado de Tureia, en el archipiélago de Tuamotu, en la Polinesia Francesa.

Según los mapas del Centro de Pruebas del Pacífico francés (CEP), encargado de coordinar la campaña de pruebas, la isla estaba en el centro de la zona de exclusión establecida por los militares, un área prohibida de varios cientos de kilómetros alrededor de los atolones de Fangafauta y Mururoa. Pero, a diferencia de los habitantes de las islas vecinas, los que vivían en el atolón de Tureia no fueron evacuados por las autoridades antes de que comenzaran las pruebas nucleares. En 1971, según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos de Francia (INSEE), vivían en el atolón 68 personas. Durante la campaña de pruebas se les unieron unos 800 militares.

La nube atómica llegó a las costas de Tureia en poco más de 8 horas después de la explosión. Durante la noche del 12 al 13 de junio de 1971, la lluvia contaminada con partículas radiactivas comenzó a caer sobre el atolón y su población. Este era el peor escenario de todos, pero mientras los militares lo sabían muy bien, los habitantes no fueron alertados del peligro.

Ese mes de junio, expertos del servicio conjunto de control biológico, el SMCB, fueron enviados en misión para evaluar el impacto de la contaminación en los habitantes de Tureia. Identificaron con precisión el número de cisternas de agua de lluvia y su ubicación en el atolón, y midieron los niveles de productos de fisión en el agua, como se revela en este documento, ahora desclasificado.


Mapa de las cisternas de captación de aguas pluviales en el pueblo de Fakamaru, Turela, 1971. Documento desclasificado: 05-1971-02-12-58.


El 10 de agosto, dos meses después del accidente, la SMCB presentó su informe al departamento de pruebas. Desde la introducción, el estudio subraya “la presencia de productos de fisión frescos” en los alimentos, pero también en el “agua potable”, señalada por sus autores como la principal “fuente de contaminación”.

Además señalan que los bebés y los niños menores de 7 años corren un riesgo especialmente alto. A esta edad, la “tiroides es un órgano muy radiosensible”, explica. Al documento se adjunta una lista. En ella figuran el nombre, la fecha de nacimiento y la zona de residencia de estos niños. Todos son menores de 7 años y viven en Fakamaru, el único pueblo de Tureia, situado en el extremo norte de la isla. 4 son de la misma familia, los Brander.

A sus 62 años, Maoake Brander es uno de los ancianos de Tureia, donde aún vive. También es hermano y tío de 4 de los niños de la lista. En el momento de las pruebas, tenía 12 años, por lo que era menos vulnerable que ellos, si hay que creer a los científicos franceses. En 2016, sin embargo, los médicos le diagnosticaron un cáncer de tiroides. “Nunca había visto este documento”, atestigua, sentado en un restaurante de un hotel de Faa'a, a un paso del aeropuerto internacional de Tahití. Su familia, dice, nunca ha sido informada del riesgo que corren los más jóvenes, aunque la edad no parece suponer una gran diferencia. La madre, la hermana y el padre de Maoake murieron de cáncer: leucemia, cáncer de mama y cáncer de pulmón, respectivamente. Estos dos últimos han sido reconocidos por el Estado como consecuencia de las pruebas nucleares. Todos habían bebido el agua contaminada de las cisternas.

Se adjunta al informe un mapa del pueblo de Fakamura. Al cotejarlo con imágenes de satélite recientes, se modeló el pueblo, su iglesia, sus casas y... sus cisternas. Los depósitos nº 3 y 4 corresponden a los utilizados por la familia Brander para su consumo diario de agua.

Al día siguiente de la explosión, el 13 de junio, estos dos depósitos registraron los niveles más altos de radiactividad del pueblo, según las muestras tomadas ese día por el equipo de investigación.

Esta contaminación masiva se debe a las lluvias radiactivas que cayeron sobre el pueblo unas horas después de la explosión: al caer sobre los tejados de las casas, las gotas de agua se precipitaron en las cisternas dedicadas a recoger agua potable. Hay casi una por familia. Además de otra, instalada junto a la iglesia, donde todos pueden acudir a servirse.

Aquí están los depósitos 3 y 4 que utilizan Maoake Brander y su familia. Manteniendo el valor más alto de contaminación, se calculó la dosis recibida en la tiroides y en todo el cuerpo por los niños de la aldea.

Se centró en la exposición a la radiación del iodo-131, la más dañina para la tiroides. Además del agua, los niños de Tureia han estado expuestos a otras fuentes de radiación, como la proveniente del suelo, de las nubes, la inhalación del aire del penacho radiactivo que pasa y la ingestión de alimentos contaminados. Fueron incorporados a los cálculos.

Según la reevaluación del último informe del gobierno francés sobre el suceso, la dosis recibida en la tiroides por un niño menor de 2 años sería de 59 miliSievert (mSv). Esto es más del doble de los 27 mSv que utiliza actualmente el CEA, la referencia oficial.

¿Y la dosis recibida para todo el cuerpo? Según nuestras estimaciones, alcanzó 11,5 mSv. Un resultado, de nuevo, subestimado por las autoridades francesas.

En 2018, durante la visita de los cargos electos polinesios a Tureia, el imponente Maoake Brander les recibió con un cartel colgado del refugio antiatómico que se encuentra en medio de su propiedad: “De Gaulle es un criminal de guerra”. El saliente enfureció a los representantes de la nación. El sexagenario no cede. ¿Quién pagará el cuidado de nuestros hijos? Años después de la contaminación del verano de 1971, al menos 4 niños de la lista del SMCB desarrollaron cáncer de tiroides. Entre ellos uno de los hermanos menores de Maoake Brander, de 7 años en el momento de la prueba de Encélade.


La contaminación oculta de Tahití

En la historia de las pruebas nucleares de Francia, el año 1974 marcó un punto de inflexión. Tras 8 años de pruebas nucleares atmosféricas, los militares se preparaban para iniciar una serie de pruebas subterráneas, consideradas más limpias y, sobre todo, menos visibles. Pero antes, el “Centro de Experimentación del Pacífico” de Francia (CEP), había establecido un programa para la última serie de pruebas atmosféricas que se describía en un documento interno como “extremadamente ajustado”.

El documento es un reporte sumario de 110 páginas, fechado el 26 de noviembre de 1974, sobre la última serie de explosiones atmosféricas que para entonces acababa de finalizar. “El difícil equilibrio entre los imperativos de seguridad y las exigencias del calendario” había sido “llevado al límite de un punto de ruptura”, señaló.

Fue en ese contexto político y científico que, el 17 de julio de 1974, Francia procedió a su 41º experimento nuclear en el Pacífico, desencadenado sobre el atolón de Muruoa. El nombre en clave de la bomba fue “Centauro”.

Utilizando los datos meteorológicos disponibles de la fecha de la explosión, junto con las mediciones científicas del tamaño de las partículas radiactivas posteriores a la explosión, e información inédita de los archivos militares franceses, se modeló la trayectoria, hora a hora, de la nube radiactiva.

Este estudio muestra, por primera vez, la magnitud de la lluvia radiactiva que cayó sobre la isla de Tahití y los 80.000 habitantes de su principal ciudad, Papeete, la capital de la Polinesia Francesa.

Tan sólo 24 horas antes de la detonación de la bomba, la previsión meteorológica de los meteorólogos del programa de pruebas francés calculó que la nube radiactiva se desplazaría hacia el norte, alcanzando los atolones de Tureia y Hao en unas 20 horas.

Se realizaron nuevas comprobaciones meteorológicas 12 horas antes de la hora prevista para la explosión, que confirmaron que la nube tomaría efectivamente la dirección norte hacia Tureia y Hao.

Pero para el mando militar francés, no había ninguna razón que justificara la interrupción de la operación. Un informe preparatorio concluyó que el riesgo de contaminación para la población sería “suficientemente bajo” para permitir que la prueba atmosférica siguiera adelante.

En ese momento, Tureia estaba habitada por unos 60 civiles y varios cientos de soldados. En cuanto al atolón de Hao, estaba poblado principalmente por personal de la fuerza aérea francesa alojado en una base militar. A pesar del número de personas que se encontraban directamente en la trayectoria prevista de la nube, el vicealmirante Christian Claverie, entonces comandante militar del centro de pruebas nucleares de Francia en el Pacífico, dio su autorización para la detonación de la bomba.



Mediante el estudio de documentos militares franceses desclasificados, para este trabajo se realizó un evaluación de las dosis radiactivas a las que estuvo expuesta la población a causa de la explosión Centauro. Las estimaciones muestran que los habitantes de Tahití y de las islas circundantes del grupo de barlovento fueron sometidos a importantes cantidades de radiación ionizante. Esto representa casi 110.000 víctimas potenciales -en ese momento, la población total de la Polinesia Francesa era de unos 125.000 habitantes. Los isleños habrían estado sometidos a dosis superiores a 1 mSv; ese es el nivel mínimo de exposición para que un individuo sea reconocido como víctima, según establece el Comité oficial francés para la Indemnización de las Víctimas de Ensayos Nucleares (CIVEN). Esta cifra es muy superior a las 10.000 personas que podrían reclamar una indemnización al Estado francés, como sugiere un reciente informe del Ministerio de Sanidad de la Polinesia; se trata más bien de todas las personas que en ese momento vivían en Tahití y sus islas circundantes y que desde entonces han desarrollado una de las 23 enfermedades que ahora se reconocen oficialmente como relacionadas con la exposición a la radiación según la legislación francesa.

Para llegar a esta conclusión, utilizamos los datos recogidos por el servicio común de seguridad radiológica francés (SMSR), en el momento de la explosión. Se trata de los mismos datos citados en un informe de 2006 de la Comisión de Energía Atómica (CEA) en su reevaluación de las dosis de radiación a las que estuvieron expuestos los habitantes de la zona. Pero al comparar nuestros cálculos con los de la CEA, comprobamos que esta última subestimó el nivel de exposición hasta en un 40 %.

Esta subestimación es el resultado de tres errores de cálculo, tal y como revela un estudio minucioso del informe del CEA. En primer lugar, para calcular la dosis efectiva de cuerpo entero recibida por la población local, los expertos utilizaron inexplicablemente como punto de referencia la actividad depositada en el suelo durante el primer día del evento. Sin embargo, la deposición de actividad se registró durante varios días tras la llegada de la nube. Pero en lugar de los 3.400.000 bequerelios por metro cuadrado que se registraron entonces, la CEA utilizó una cifra un 27 % menor.


Mediciones de la actividad terrestre de la Estación Radiológica de Mahina en julio de 1974 tras el ensayo Centauro. El estudio de reconstrucción de dosis del CEA de 2006 no tiene en cuenta la deposición en el suelo después del 19 de julio. Documento desclasificado 01-1974-02-29-58.

Para evaluar el impacto de la lluvia radiactiva en diferentes lugares de la isla, los científicos de la CEA compararon las mediciones realizadas en el borde de la carretera con los datos de la estación radiológica principal situada en Mahina, cerca de la capital de la Polinesia Francesa, Papeete. Los cocientes de estas mediciones se utilizaron para calcular las dosis de exposición a la radiación en toda la isla, como se muestra en el mapa siguiente.

El mapa de la CEA que aparece en un informe francés de 1997 facilitado al Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), y que también está presente en un informe del gobierno francés de 2006, reproduce el mismo mapa de un documento anteriormente secreto, pero con algunos cambios en los datos originales.

Las mediciones realizadas en Teahupoo, en el suroeste de Tahití, que registraron la mayor contaminación, habían desaparecido del mapa. Como también lo habían hecho las realizadas en la meseta de Taravao, otra de las zonas más contaminadas, situada en el sureste de la isla. Pero uno de los cambios más importantes del mapa se refería a la zona de Papeete; donde el mapa original indicaba un coeficiente de 0,1 a 0,3, la nueva versión elaborada por la CEA en 2006 lo había sustituido por 0,1 y 0,2.


Mediciones de la actividad terrestre en Tahití tras el ensayo Centauro de 1974. Ambos mapas proporcionan valores de deposición en relación con los datos de referencia de la Estación Radiológica de Mahina. Derecha: la imagen del informe del CEA 2006 es la reproducción de la imagen original de 1974. La mayor actividad en Taravao (9,6 veces) y Teahupoo (11 veces) de la imagen de 1974 no aparece en la imagen de 2006. El límite superior de actividad en la parte occidental de la isla principal se ha modificado de 0,3.


Utilizando los datos que se registraron en su momento, la dosis de exposición a la radiación de los habitantes de Papeete y sus alrededores podría haber sido hasta tres veces mayor que la estimación de la CEA presentada en su informe de 2006 y que sirve de referencia oficial. En el caso de Hitiaa, situada en el noreste de la isla y que estuvo expuesta a una gran cantidad de lluvia radiactiva, hemos calculado que la dosis de radiación ionizante que habrían recibido los niños menores de dos años en sus tiroides podría haber superado los 50 mSv, frente a las estimaciones oficiales actuales, limitadas a 49 mSv, y justificaría hoy un tratamiento preventivo con suplementos de yodo. Mientras tanto, un adulto que viviera en Teahupoo en esa época habría recibido una dosis efectiva de 9,40 mSv.

El pasado mes de septiembre, Disclose e Interprt viajaron a Tahití para conocer a una de las víctimas de la prueba nuclear de Centauro. Valérie Voisin, que entonces tenía 11 años, tiene pocos recuerdos del verano de 1974, cuando su isla quedó cubierta de polvo radiactivo. Entonces vivía en Papara, a pocos kilómetros de Papeete. Lo que la madre de 3 hijos recuerda con claridad es el quiste que le apareció después en el pecho izquierdo. Treinta años después se lo extirparon, cuando le diagnosticaron un cáncer en 2008.

La enfermedad de Valérie ha tenido consecuencias terribles e irremediables; ha perdido todos los dientes y padece una enfermedad degenerativa de la columna vertebral, y una cadera débil. “Mi médico me ha dicho que tengo el esqueleto de una señora de 90 años”, afirma. Ahora quiere que sus 5 sobrinas se sometan a pruebas médicas, pero ellas se niegan a hacerlo. “Tienen miedo de lo que puedan encontrar los médicos”, explicó.

El 25 de noviembre de 2019, Valérie Voisin recibió el reconocimiento oficial del Estado francés de que fue víctima de las pruebas nucleares del país. Hasta la fecha, solo 454 víctimas han sido indemnizadas.


Fuentes:

L’héritage empoisonné des essais nucléaires dans le Pacifique, 8 marzo 2021, Disclose.

Mururoa Files

Este artículo fue adaptado al castellano por Cristian Basualdo.

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