por Edgardo Ayala
San Isidro, El
Salvador, 30 jul 2016 (IPS). Juana Morales prepara una de las
comidas favoritas en El Salvador, las pupusas, una especie de
tortillas de harina rellenas. Pero las suyas son únicas: no son las
tradicionales de maíz, sino de ojushte, una semilla altamente
nutritiva, que cayó en el olvido y cuyo consumo se promueve ahora
entre comunidades rurales.
“Casi todos los
días cocino algo con ojushte, sean pupusas, tamales (masa de maíz)
o tortitas, es un excelente alimento”, contó la mujer de 65 años
a IPS, metida en su cocina, en San Isidro, un pueblo de 3.000
habitantes, en el municipio de Izalco, en el occidental departamento
de Sonsonate.
Las pupusas son
unas masas circulares más gruesas que las tortillas, que los
salvadoreños rellenan con frijoles, queso, vegetales y productos de
cerdo.
El fácil acceso
que ella tiene al ojushte (Brosimum alicastrum) se debe a que su
hija, Ana Morales, es la principal promotora de las bondades
nutricionales de la semilla en la comunidad, gracias al trabajo
impulsado por una organización nacida en la localidad.
Maná Ojushte es
un colectivo de mujeres, que desde 2010 comenzaron a ver las bondades
del árbol y sus semillas, en una iniciativa que se fortaleció en
2014 con el apoyo del estadounidense Fondo de Iniciativa para las
Américas (Fiaes), que promueve la conservación ambiental.
El ojushte es un
árbol cuyas semillas, por sus bondades nutritivas, están comenzando
a ser aprovechadas en esta y otras comunidades del país, como una
forma de ofrecer alternativas nutricionales a las familias rurales,
al mismo tiempo que se lucha contra el impacto del cambio climático.
Aunque escasa, la
especie se encuentra en la campiña salvadoreña, y en la época
prehispánica fue parte importante de la dieta de las culturas
indígenas de toda Mesoamérica, explicó Ana Morales, coordinadora
de Maná Ojushte.
Las semillas,
agregó en diálogo con IPS, contienen altos valores de proteína,
hierro, zinc, vitaminas, ácido fólico, calcio, fibra y triptófano,
lo cual la convierte en una excelente fuente de alimentos para las
familias.
“Se compara con
la soya, pero tiene la ventaja de que no tiene gluten y es baja en
grasa”, dijo Ana Morales.
El apoyo de Fiaes
se enmarca en los planes por la conservación de la Reserva de la
Biósfera Apaneca Lamatepec, con más de 132.000 hectáreas
distribuidas en 23 municipios de los departamentos de Ahuachapán,
Santa Ana y Sonsonate, todos en el occidente del país.
Con el trabajo en
la reserva “hemos tratado de vincular el aspecto cultural con la
salud y nutrición de las comunidades, y rescatar esta semilla era
parte de esos valores ancestrales”, contó a IPS la coordinadora
territorial de Fiaes, Silvia Flores.
Maná Ojushte,
cuyo núcleo es un grupo de 10 mujeres, produce y comercializa ya la
semilla, tostada, molida y empaquetada en bolsas de un cuarto y de
medio kilógramo.
Con ella se
pueden elaborar refrescos y agregarse a cualquier comida, como arroz
y sopas, y servir de complemento nutricional. Como masa, se cocinan
tamales, pan, tortillas y como semillas se añaden a platos crudos.
Unas 20 familias
son las encargadas de recolectar las semillas en las fincas
circundantes donde se han logrado ubicar los árboles, y las venden
al grupo a un precio que oscila entre 20 y 50 centavos de dólar por
medio kilógramo, dependiendo si la semilla es entregada con o sin
cáscara.
Cada familia,
explicó Ana Morales, recolecta unos 150 kilógramos por temporada,
entre enero y junio, y ello representa un aporte de ingresos para
esas familias en momentos que el empleo escasea en el campo, y los
fenómenos climáticos ponen en riesgo las cosechas de granos básicos
en la dieta, como el maíz y los frijoles.
“El trato es
que yo les compro la semilla, pero ellos tienen que incorporarla en
su alimentación”, señaló.
Maná Ojushte
comercializa 70 por ciento de la producción y el restante 30 por
ciento se distribuye gratis en la comunidad, por medio de refrigerios
en la escuela de la comunidad, así como a los adultos mayores y a
las mujeres embarazadas.
En efecto, el fin
último es que las familias conozcan los beneficios de la semilla, y
sepan que hay alimento disponible en su comunidad, altamente
nutritivo y de fácil acceso.
“En las
comunidades hay familias que no tienen que comer, niños con
desnutrición adultos mal alimentados, y no podemos quedarnos con los
brazos cruzados”, recalcó Ana Morales.
La desnutrición
crónica en El Salvador rondó 14 por ciento en el 2014, en niños
menores de cinco años, según la Encuesta Nacional de Salud de ese
año, la referencia más actualizada. Eso supera el promedio
latinoamericano, que es de 11,6 por ciento, según datos de 2015 de
la Organización Mundial de la Salud.
La idea de
incorporar las semillas a la dieta local ya va cuajando en San Isidro
y alrededores.
“A mí y a mi
familia nos encanta, aprendí a hacer tortitas, sopas o solo cocidas
con sal y limón, como ensalada”, señaló a IPS una de sus
vecinas, Iris Gutiérrez, de 49 años.
Ella se dedica a
comprar panecillos para su reventa en el pueblo. Pero su objetivo,
dijo, es aprender a hacer pan de ojushte y comercializarlo.
“Algún día
cumpliré ese sueño”, sostuvo.
Ella contó que
solo tienen que ir a las fincas vecinas a recolectar las semillas,
para agregarlas a su dieta, y de paso recogen leña para cocinarlas.
“Si recogemos
dos libras (casi un kilógramo), eso lo agregamos al maíz, y las
tortillas nos salen más nutritivas y nos rinden más”, dijo
Gutiérrez, madre de dos hijos y cabeza de una familia de seis
personas, que incluye varios tíos.
Iniciativas
parecidas
Mientras, en los
municipios de Candelaria de la Frontera y Texistepeque, en el
occidental departamento de Santa Ana, la Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) está
apoyando un esfuerzo similar al del ojushte, pero con una especie
llamada chaya.
La chaya
(Cnidoscolus chayamansa) es un arbusto nativo de la península de
Yucatán, en México, considerado también ancestral por los mayas
que habitaron esa región en la época precolombina.
Al igual que el
ojushte, la promoción de la chaya surgió dentro de los planes de
conservación llevados a cabo en esos dos poblados para paliar los
impactos del cambio climático.
Las comunidades
“tenían que buscar una alternativa nutricional que contribuyera a
mejorar la dieta pero también fuera resistente a los cambios
climáticos, y encontramos que entre las plantas más bondadosas
teníamos a la chaya”, recordó a IPS la especialista en nutrición
de la oficina de la FAO en El Salvador, Rosemarie Rivas.
Además de la
chaya, ese organismo distribuyó 26.00 árboles frutales, así como
8.000 árboles de moringa, otra planta con propiedades nutricionales.
También pronto se establecerán 250 huertos familiares para
fortalecer las capacidades de generar alimentos.
La promoción de
estos alimentos, tanto ojushte, como chaya, moringa y otros, puede
hacer la diferencia en un esfuerzo por bajar los índices de
malnutrición de la población en el campo, explicó Rivas.
Pero matizó que
lograr buenos resultados en materia de nutrición no solo es un
efecto de consumir alimentos nutritivos, sino que entran en juego
otras variables, como la salud de las personas, y eso está
condicionado por factores como el saneamiento del entorno, la calidad
del agua, entre otros.
Editado por
Estrella Gutiérrez
Fuente:
Edgardo Ayala, Semillas y plantas ancestrales refuerzan dieta de salvadoreños, 30/07/16, Inter Press Service. Consultado 04/08/16.
No hay comentarios:
Publicar un comentario