jueves, 2 de mayo de 2013

A un mes del desastre, Tolosa convive con la postal de la inundación

Benito Bonilla en su casa que está en refacción; detrás la marca de agua. Foto: Sebastián Rodeiro/ La Nación.

El 2 de abril pasado la tragedia azotó a la ciudad de La Plata con muertos y heridos; hoy la gente continúa con los trabajos en sus viviendas para volverlas lo más habitable posible.

por Mauricio Giambartolomei

Rancio. Así es el olor que se siente en la habitación matrimonial de Benito y Ana. Las paredes grises, descascarándose por la humedad, aún muestran las marcas de hasta donde llegó el agua. La mesa de luz no hace juego con la cama prestada. El colchón, también es prestado. Las frazadas, son donadas. Hay algunas camisas colgando de la ventana y pantuflas en el suelo verde sin baldosas. Todo toma un aspecto aún más lúgubre por la luz amarilla que alumbra, débil. Afuera el sol resplandece. Son las cinco de la tarde.

"Después de una semana pudimos volver a la casa, ese tiempo estuvimos viviendo en lo de mi hijo y veníamos todos los días a limpiar y...", son las últimas palabras que puede soltar Benito antes que se le anude la garganta. Hace un mes la casa del matrimonio de jubilados de Tolosa -el barrio más afectado por la inundación en La Plata- fue arrasada por el agua al igual que otros 55.000 hogares. El saldo fue trágico: al menos 52 muertos.

Tras el temporal se recolectaron más de 22.500 toneladas de basura. Pero un mes después todavía se puede ver en las veredas muebles, colchones, electrodomésticos, autos abandonados y con manchas marrones y grasientas producto del combustible que tenía el agua. Son parte del lento regreso a casa de los vecinos que van reacondicionando sus hogares para que sean lo más habitables posibles. Algunos deben convivir con albañiles, otros realizan los trabajos por su cuenta, entre ropa desordenada y con la familia amontonada en una sola habitación.

El otro 2 de abril
El cálculo inicial de la municipalidad platense estimó perdidas en las viviendas por 2.337 millones de pesos. En la casa de Eduardo Cáceres hay tres autos sucios en la vereda: por fuera se ven las marcas del agua; el interior está todo revuelto. En una pieza dos albañiles pican el suelo y construyen una base de ladrillos para poner allí un ropero. Enfrente está la habitación donde duerme él, su esposa y tres de sus cuatro hijos. "Se levantaron los pisos, se destruyeron las puertas y se cayeron los revoques. Estamos todos apiñados en una habitación porque el centro de la casa fue el centro del desastre", detalla a La Nación.

Cáceres es un ex combatiente de Malvinas que trabaja como empleado público. Cuenta que luego de la inundación será recordado como "un inundado", más que un ex soldado. Su esposa es docente y por su parte logró conseguir un préstamo que lo ayudó con los gastos. Ya lleva invertido 30.000 pesos.

"¿Subsidio? Hasta ahora, nada. Uno siempre trata de ver quién es el responsable, pero nadie se hace cargo", se queja. Habla en el quincho de la casa donde se apilan una impresora, una computadora, dos cámaras fotográficas, libros, ropa y muebles retorcidos. Nada sirve. "Tratamos de salir adelante sin pensar y, hasta ahora, no bajé la guardia. Sé que lo que hice en 20 años no lo voy a recuperar de un día para otro, pero lo importantes es volver a estar en la casa".

Sin cupo
El Banco Provincia de Buenos Aires (Bapro) fue una de las entidades que habilitó una línea de crédito para los damnificados. La propuesta era financiar hasta 50.000 pesos a pagar mensualmente a lo largo de cuatro años. Sin embargo, no todos pudieron acceder a la ayuda.

Marcelo Rodríguez junto a su esposa, Georgina, y sus perros en el patio de la casa. Foto: Sebastián Rodeiro/ La Nación.

Marcelo Rodríguez es uno de ellos. Junto a su esposa, Georgina, y su hijo, Lucas, vive en la zona más afectada de Tolosa. "Estamos tratando de comenzar de a poco porque ayuda todavía no conseguimos, el préstamo no nos favoreció. Llegamos al banco nos dijeron que los créditos ya se habían dado y que no había para todos", revela. "Un subsidio hubiera sido mejor que endeudar a la gente con un crédito que no existe, que no está", exige.

La cuadra donde viven es una síntesis de lo que se ve en todo el barrio. Material de construcción en las veredas, arena, piedras, hierros. Parece un cementerio de autos que están parados en la misma posición de hace un mes, con marcas de petróleo, hojas y óxido en las llantas.

El patio de los Rodríguez es la anarquía total. "Un basurero", grita Georgina. Un mes después que el agua ingresara en su casa, destrozando sommiers, heladera, colchones y paredes, lo que se salvó aún está secándose allí. Hay ropas, una moto "cero kilómetro, casi sin uso", partes de muebles y hasta un calefón inutilizable. "Todavía tenemos que esperar que se vaya la humedad de las paredes y después empezar a armar todo de a poco", adelanta Marcelo.

Año y medio más
Mientras contiene a su perra Lola, Matías Merlo muestra las secuelas de la inundación. En la entrada de su casa hay cuatro puertas de un placard que ya no sirven. El futón todavía está en la vereda porque "nadie se lo pudo llevar de lo pesado que está". Dos colchones se secan en el fondo del patio y a un costado, hay zapatillas retorcidas con marcas de tierra seca. Son las que usaron, él y su mamá, el día de la inundación.

Matías Merlo y su perra Lola; detrás se observan las marcas del agua. Foto: Sebastián Rodeiro/ La Nación.

"Los primeros días dormimos embarrados, con lo puesto, nos mantuvimos con la luz de la vela y a fideos", recuerda. "Nos quedamos arriba de la cucheta a esperar que baje el agua. Fue una sensación muy crítica que se empezó a normalizar a los tres días", agrega.

En la casa hubo una pérdida material de un 60 % y en este mes ya gastaron unos 25.000 pesos en los trabajos de refacción que le llevarán, al menos, un año y medio más. "El dinero salió de nuestro bolsillo, no nos reconocieron nada para sacar un crédito, pusieron muchos requisitos. Es con tu plata o quedarte en la miseria", se lamenta. Y, como varios vecinos, se queja por la falta de ayuda que deberían haber recibido: "Ningún subsidio, aunque esperábamos que nos llegara. Pero es como todo: el que gobierna viene, figura y se va".

A un mes de la tragedia / Por las calles de La Plata

Rabia y angustia en la ciudad del "agua mala"

El agua se fue, pero los efectos de la inundación permanecen. En Tolosa y el centro, los afectados se quejan de las dificultades para recibir ayuda estatal, los vecinos se asisten entre ellos y los niños explican la tragedia con asombrosa lucidez.

por Leonardo Tarifeño

Poco después de las cinco de la tarde, en los alrededores de la arbolada y luminosa calle 7, en La Plata, de un momento al otro los mosquitos atacan con descaro tropical. Pican en el cuello y en las manos, sobrevuelan los oídos y convierten la piel desnuda en el indefenso escenario de su cita con la merienda.

A pesar de su molesta voracidad, su presencia no sorprende si se tiene en cuenta la dramática inundación del 2 de abril pasado, cuyo caudal de agua sobrepasó el metro y medio de altura y se metió en casas, estaciones de servicio, tiendas, oficinas y parques de toda la ciudad. Un mes después de la catástrofe, el agua desapareció y se llevó buena parte de las huellas de su trágico paso. Pero su impacto dejó consecuencias y heridas que, como los mosquitos, zumban en cada esquina sin que nadie lo pueda evitar.

A la manera de los mejores rompecabezas, hoy La Plata es la suma de unas cuantas piezas dispuestas para todo aquel que quiera reconstruir su verdadero paisaje. ¿Por qué la mayoría de las casas de Tolosa abren sus puertas y ventanas durante toda la tarde? ¿Cómo es posible que haya restos de basura pegados al pasto de las plazas? ¿Es casualidad que en un locutorio, una carnicería y una farmacia se reciba a los clientes detrás del mismo mueble nuevo de pino? Cada pregunta invita a armar el puzzle. Todas las veredas de Tolosa están rotas, la mitad de las tiendas permanecen cerradas, los mozos de los bares atienden con un gesto de tristeza abismal. El agua se fue hace tiempo; sin embargo, la inundación no desapareció del todo. La angustia que causó habita los rostros y los recuerdos, las conversaciones sin salida y los sueños destrozados. En La Plata hay un duelo colectivo que late en forma de secreto a voces. La vida continúa con la crueldad de quien se atreve a ser indiferente a lo que ya nunca será igual.

En la puerta de un quiosco, un cartel pide recolectar útiles escolares en el cruce de las calles 4 y 525. Muy cerca de allí, en el puesto de lotería de 7 y 524, otro convoca a una asamblea de vecinos inundados. Y a una cuadra de distancia, en dirección al centro, otro más recuerda que en el pasaje Dardo Rocha se necesitan voluntarios, "de cualquier edad". Todos los carteles están escritos con marcador, a mano, con la urgencia grabada en el trazo.

"Ante la indiferencia de las autoridades, asistamos a la asamblea vecinal de 6 y 528, porque frente a esto lo peor que podemos hacer es no hacer nada", dice uno, el más explícito, pegado en la puerta de la carnicería Mundo Cerdo. Dentro del negocio atiende Sergio, quien la noche de la inundación durmió sobre un colchón mojado en su casa de Berisso, con un ojo en el agua que no se iba de su cuarto y otro en las pocas cosas que amontonó para salvar de la marea. "En la carnicería, las pérdidas superan los 70.000 pesos -señala-. De ayuda, las opciones que tenemos son un préstamo del gobierno provincial o un subsidio de 2000 pesos por tres meses que da la Anses. Y yo digo: si perdimos todo, ¿cómo vamos a tomar un préstamo? Y si perdimos 70.000 pesos, ¿de qué nos sirven 6000 en tres cuotas de 2000?" Sergio dice que "la gente está indignada" y por eso pegó la convocatoria a la asamblea vecinal en la puerta de la carnicería. "Acá se metió más de un metro de agua sucia, la marea dio vuelta las heladeras y un empleado se tuvo que quedar arriba de un camión hasta que fueron a rescatarlo -cuenta-. Por eso, decime: ¿es justo que nos pidan tres recibos de sueldo para el préstamo o el subsidio, cuando perdimos todo y nadie sabe dónde quedaron los papeles de cada uno? La única que nos queda es ayudarnos entre nosotros".

Camino al centro, la cantidad de carteles aumenta. Uno dice que el Centro Cultural Viento Sur recibe alimentos, otro indica que en la Iglesia se acepta de todo, un tercero sólo deja un nombre ("Yiyo") y un teléfono para el que quiera dar lo que pueda. En ese teléfono atiende Marcela, madre de 7 hijos que abandonó la solicitud de subsidio de la Anses "por la cantidad de cosas que pedían para el trámite". Marcela habla con la voz entrecortada, dice que la inundación se llevó una pared de su casilla y recuerda que recibió tantas cosas de la gente que llevó la mitad a escuelas y hospitales. "Vivo a tres cuadras del arroyo El Gato y la casa quedó hecha un desastre -dice-. Si tuviera que pedir algo, pediría que alguien me ayudara a sostener mi casa, porque sin un techo no se puede vivir. La ayuda de los vecinos me hizo llorar, pero mientras lloraba, pensaba: ¿y si vuelve a llover fuerte?".

El viento del atardecer sopla sobre la calle 7 e impulsa el vuelo de un diario viejo sobre la vereda. El titular de ese diario es "Todos por la reconstrucción", y su apocalíptico mensaje puede leerse aún cuando el papel abraza el árbol de la esquina de 7 y 531. A un lado, las vecinas Mirta y Silvia hablan de lo que nadie calla en La Plata. "La Presidenta estuvo ahí enfrente, en 8 y 524, en la casa de la mamá, pero en realidad vino a hacer facha, con sus zapatos de charol. Estuvimos cinco días sin luz y durante todo ese tiempo ni podíamos comprar comida, porque habían saqueado los supermercados. Y el agua no bajaba, y todo se llenaba de mosquitos. ¡Nunca me voy a olvidar este susto!", dice Silvia.

A metros de allí, en la plaza Olazábal, un niño corre y juega mientras su mamá se sienta para hablar por teléfono. El niño se acerca y dice que se llama Sandro, "como un artista". Yo también tengo nombre de artista, le digo. Me pregunta de dónde soy, le cuento que de Mar del Plata. "Ah, Mar del Plata, qué lindo, yo fui hace poquito. Es donde está el agua buena", dice. Y cuando le pregunto cuál sería el agua mala, los mosquitos vuelven a picar.

Los héroes de la inundación, ayer y hoy


"No sos consciente de lo que está pasando cuando vas en el kayak"

por Fernando Massa

La hipotermia le dijo basta aquel mediodía de principios de abril. Pero Juan Pablo Ruiz Villoldo (45), o "el Brujo", como lo conocen sus vecinos del barrio, nunca sabrá cuántas personas rescató con su kayak durante las más de doce horas que anduvo de acá para allá en la zona más humilde de Ringuelet.

Un indicio es la cantidad de gente que durante este mes que pasó desde las trágicas inundaciones se acercó a su polirrubro de la avenida 7 para darle un abrazo y volver a agradecerle entre lágrimas por haber subido al hijo sobre los hombros o por haber sacado a la madre que no podía caminar.

"Al volver me encontré con el agua a la altura del candado y el auto tapado. Cuando abrimos la puerta veíamos cómo se escapaban flotando las cacerolas, la vajilla. Con mi novia y mis hijos nos dedicamos a limpiar la casa. El auto recién la semana pasada lo pude arreglar. No había tiempo: todos los días tenía que levantar la persiana y trabajar hasta la noche", cuenta mientras vende cigarrillos, carga la Sube o asigna una cabina de teléfono.

"Terminé de caer cuando me empecé a dar cuenta de las situaciones que habíamos pasado. Ahí vi la magnitud; ese día el objetivo era ayudar a la gente. No sos consciente de lo que está pasando cuando vas en el kayak. No pensás en otra cosa. Te das cuenta con lo que viene después: los abrazos y las lágrimas", dice.

A partir de lo que sucedió, comenzó a juntarse con un grupo de vecinos y de amigos del barrio para tratar de comprar más kayaks, un gomón y un motor. Sí, de manera totalmente independiente.

Mientras sigue atendiendo, el Brujo agarra un libro que tiene debajo del mostrador, lo muestra y dice: "No sabía que la señora era poeta. Me lo regaló la semana pasada. Ella es una de las personas que logramos rescatar".

Conocí el Paraíso es el libro de Olga Carrera. Y en la primera página hay una dedicatoria escrita por ella: "Qué feliz se siente tu madre mirándote desde una luminosa estrella... ¡Gracias amiguito por salvarme de la inundación! ¡Quién hubiera dicho a mi edad por las aguas en kayak! Gracias por ser tan maravilloso ser humano" .

Fuente:
Mauricio Giambartolomei, A un mes del desastre, Tolosa convive con la postal de la inundación, 02/05/13, La Nación. Consultado 02/05/13.
Leonardo Tarifeño, Rabia y angustia en la ciudad del "agua mala", 02/05/13, La Nación. Consultado 02/05/13.
Fernando Massa, "No sos consciente de lo que está pasando cuando vas en el kayak", 02/05/13, La Nación. Consultado 02/05/13.

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