Creemos que pueden promoverse avances en el agro de muchas
maneras más soberanas que beneficiando a esta empresa. Pesan hondas sospechas
sobre ella.
por Mónica Heinzmann, Diego Fonti, Juan Carlos Stauber y José Alessio
Nuevamente somos interpelados por situaciones binarias que deseamos superar. Nuestra posición fundamental, como académicos y vecinos, es clara: desde
1) Es evidente que la movilización social tiene razones y
sentido. Con elementos bien fundados, nuestros vecinos reaccionan porque son
ellos los que pierden su salud y sus vidas en toda clase de exposiciones a
diversos contaminantes que nunca llegan a saber fehacientemente de qué se
trata. Y ante quien da su vida (o se la quitan) es menester tener el respeto
que su dignidad merece. No hay objetividad por encima de la vida.
2) Creemos, sin embargo, que es obligación de la Justicia capacitarse
sobre las implicancias concretas de las leyes que deben aplicar. Y también es
menester que las autoridades policiales controlen haciéndonos a todos iguales
ante la ley. Hoy son miles los litros de agroquímicos que se liberan sin
recetas fitosanitarias ni vigilancia técnica. Y eso propicia las malas
prácticas y el desprestigio de los expertos.
3) Hay prejuicios e ignorancias que también en la sociedad
deben enmendarse. Es miope reducir el debate a “glifosato sí, glifosato no”,
cuando se promueve alegremente por TV el usos de otros químicos (medicamentos o
insecticidas, por ejemplo) como si fueran inocuos. Razón por la cual los que
más saben sobre estos temas deben educar también a la población, y no
menospreciar las protestas sociales, porque la autoridad de más de 200 muertos
no es poca cosa.
En relación con Monsanto, nuestra posición es:
4) Creemos que pueden promoverse avances en el agro de
muchas maneras más soberanas que beneficiando a esta empresa. Pesan hondas
sospechas sobre ella, dada su trayectoria vinculada inexorablemente con la
imposición de paquetes biotecnológicos ligados a los grandes intereses de
mercado. El tipo de agricultura que se propone es el de la cuestionada
“revolución verde”: más monocultivos y dependencia, menos biodiversidad y
soberanía alimenticia.
5) Además, la empresa ha sido fuertemente sancionada en
diversos países del primer mundo y no por jueces desinformados. Valga agregar
aquí que cuando se habla del uso de OGM (organismos genéticamente modificados:
transgénicos) destinados a consumo humano, la mayoría de los países de Europa
han sido claros: los prohíben.
¿Por qué nuestras instituciones jurídicas y políticas no
investigan los motivos?
¿Por qué no se instruye a los jueces también sobre
estos debates científicos para que puedan valorar desde una posición más amplia
la legitimidad de reclamos sociales e incluso de algunas leyes?
6) Hay además demasiada evidencia de que las actividades,
procesos y residuos del emprendimiento en cuestión impactarán negativamente en
la salud de las personas en condiciones ya muy vulnerables, como lo señala el
informe de los investigadores de la
UNC recientemente elaborado.
No son necesarias estadísticas de muertes flagrantes ni
mayores evidencias de daños para poner en cuestión la viabilidad de este
proyecto. Si tal cosa sucediese, seríamos culpables de negligencia dolosa
respecto de las víctimas. Nuestra legislación contempla ante la posibilidad de
daños razonablemente previsibles al medio ambiente y la salud, el principio
precautorio (conforme al artículo cuatro de Ley Nacional de Ambiente, número
25.675), instaurado precisamente para proteger el bien mayor de las personas.
Por lo tanto, aun cuando no podamos decir cabalmente que un
producto sea inocuo (dado que hay estudios que dejan muy irresuelta la
cuestión) es menester mantener la precautoriedad y proteger primero la vida de
la gente. Evidentemente hasta una aspirina puede ser peligrosa si es mal usada.
Pero la precautoriedad no pesa sólo sobre la fórmula química, sino también
sobre los modos, controles y contextos de aplicación. Y está claro que en
nuestro medio estamos en deuda con el control de numerosos productos y
prácticas nocivas para la salud humana.
7) Finalmente, si no se tiene licencia social para operar,
no pueden aprobarse ni llevarse adelante emprendimientos productivos e
industriales que impacten sobre la vida, la salud y el ambiente, como
categóricamente se expresa en las advertencias de organismos internacionales. Más
aun, cuando muchas de estas causas han llevado adelante procesos exitosos en
relación a menor liberación de biocidas y modelos productivos más sanos.
Vale citar el caso de la resistencia de productores
asiáticos al endosulfán, que tras cobrarse varias vidas, y años de resistencia
social, fue prohibido en 2012 por el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes
Orgánicos Persistentes.
Obviamente, esto perjudica el lucro de los sectores más
fuertes del mercado de materias primas, pero no se puede comparar el valor de
una buena campaña con el de una sola vida humana.
Pedimos a quienes tienen responsabilidad política y jurídica
que se respeten los derechos humanos, la legislación y la resistencia social.
Son conocidos los resultados históricos y las víctimas de estos procesos en
situaciones como esta. Por las mismas víctimas, existentes y potenciales, hoy
queremos pronunciarnos.
Los autores pertenecen al Centro de Bioética de la Universidad Católica
de Córdoba
Fuente:
Mónica Heinzmann, Diego Fonti, Juan Carlos Stauber, José Alessio, Siete puntos sobre el conflicto Monsanto, 13/03/13, La Voz del Interior. Consultado 14/03/13.
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