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| La cabeza de uno de los tripulantes del pesquero Daigo Fukuryu Maru, el 7 de abril de 1954 |
Las pruebas de armamento atómico en plena Guerra Fría también se cobraron víctimas como en el caso del proyecto Castle Bravo, que tuvo lugar en el Pacífico.
por Juan Soto
Ivars
Si pensamos en la
devastación de la bomba atómica, Hiroshima y Nagasaki nos vienen
inmediatamente a la cabeza, pero no son los únicos escenarios donde
esta tecnología perversa produjo víctimas humanas. La detonación
de Little Boy y Fat Man, de uranio la primera y de plutonio la
segunda, causó en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial
alrededor 325.000 muertes, aunque nunca habrá consenso sobre las
cifras. Sus isótopos radiactivos causaron varias decenas de miles
más en los años siguientes. Cada año se recuerdan esos días de
agosto, y la memoria de la devastación vuelve a ocupar los
periódicos de todo el mundo. Pero en los años siguientes, durante
la carrera armamentística de la Guerra Fría, otras bombas menos conocidas y más poderosas harían su aparición, y también dejarían
víctimas.
Entre 1945 y
1968, momento en que se acordó suprimir los test nucleares al aire
libre, se probaron cientos de dispositivos nucleares en la
superficie, la atmósfera y el océano. Los gobiernos de Estados
Unidos y de la URSS elegían lugares despoblados, desde zonas remotas
de Siberia a los atolones del Pacífico Sur. La propaganda de las
súper-potencias aseguraba que estas pruebas cumplían todos los
requisitos de seguridad, pero esto era totalmente falso.
El dragón
afortunado
En 1954, los
pescadores del barco japonés Daigo Fukuryū Maru (Dragón
afortunado) se llevaron una sorpresa tremenda cuando faenaban en
busca de atunes en las aguas del Pacífico Sur. Sobre las siete de la
mañana vieron un resplandor blanco por el oeste, como un segundo
sol, y ocho minutos después oyeron el bramido de una inmensa detonación. Más tarde aparecieron nubes que se dirigían hacia
ellos a toda velocidad, y pese a que era un día caluroso empezó a
caerles encima algo que parecía nieve. Eran lascas diminutas de una
sustancia blanca. Los pescadores la recogían de la cubierta con sus
propias manos, se la sacudían de los hombros y de la cabeza, no
habían visto nada igual en toda su vida. Ignoraban que se trataba
del coral pulverizado que había lanzado a la atmósfera la
detonación de una bomba termonuclear norteamericana durante las
pruebas Castle Bravo a muchas millas de distancia. Les estaba cayendo
encima un atolón desintegrado. Era una sustancia altamente
radiactiva.
Las pruebas de
Castle Bravo experimentaron el poder de la bomba de hidrógeno, un
aparato muy diferente a la bomba atómica, que tenía base teórica
pero parecía imposible de realizar. Richard Garwin, estudiante de
Enrico Fermi, diseñó el primer prototipo, un artefacto que en nada
se parecía a una bomba. Era un edificio gigantesco, un complejo
laboratorio donde los tubos enormes rodeaban con flujos de hidrógeno
el núcleo de explosión nuclear. El calor liberado por la fisión
del uranio, similar al de la bomba de Hiroshima, lograría la fusión
del hidrógeno circundante en una reacción termonuclear muy parecida
a la del sol. Es decir: era una bomba cubriendo otra bomba. Se
denominó a la técnica fisión-fusión.
La detonación
del edificio-bomba se programó a finales de octubre de 1952 y borró
del mapa la isla de Elugelab del atolón Enewetak, dejando en su
lugar un cráter de 2 kilómetros de diámetro que fue engullido por
el mar. Se había bautizado el aparato como Ivy Mike, y su único
cometido era demostrar si se podría conseguir esta reacción. Tras
el éxito del experimento (el hongo atómico alcanzó la
estratosfera), los ingenieros trabajaron para lograr un prototipo que
los aviones bombarderos pudieran llevar hasta Moscú en la estrategia
de disuasión. Dos años después se consiguió la proeza técnica,
pero cometieron un error gravísimo: el primer artefacto, bautizado
como “El Camarón”, triplicó la potencia que habían calculado
los científicos y alcanzó los 15 megatones.
¿Cuáles fueron
los efectos de este error? De entrada, “El Camarón” sería la
mayor explosión atómica al aire libre provocada por los Estados
Unidos en toda la historia de la carrera armamentística, sólo
superada por la bomba de hidrógeno soviética Zar, cuya historia, de
terribles consecuencias para la paz mundial, quizás merezca otro
artículo más adelante. Pero además, el radio de los efectos
contaminantes del test nuclear excedió en mucho el perímetro de
seguridad calculado por los científicos. Como consecuencia, varias
islas del atolón de Bikini quedaron expuestas a la contaminación.
El ejército había evacuado a los nativos de algunas islas, pero el
viento arrastró los residuos radiactivos hasta los nuevos
emplazamientos, y siguió esparciéndolos a lo largo de la atmósfera
y del mar mucho más allá del círculo de aguas seguras ideado en
las sesiones teóricas.
La explosión del “Camarón” tuvo lugar el 1 de marzo de 1954 (en el vídeo se puede ver alrededor del minuto 2:55). Horas después, la lluvia de coral radiactivo alcanzaba al barco japonés Dragón Afortunado, con veintitrés pescadores a bordo y una carga de atún que quedaría tan contaminada como ellos. Alarmados, los marinos pusieron rumbo en sentido contrario al resplandor que habían visto, pero la velocidad del barco no era suficiente y pasaron varias horas navegando por aguas muy contaminadas, bajo la nevada constante de ceniza venenosa. Lavaron con agua sus ropas, la cubierta y el pescado de las bodegas, una medida insuficiente. Empezaron a enfermar de inmediato. Varios estaban en estado grave cuando el Dragón Afortunado arribó a puerto en Japón, el 14 de marzo. Muchos habían perdido el cabello, sufrían náuseas, sangrado de encías y otros síntomas bien conocidos para los médicos japoneses.
Pero Japón no
recibió el aviso del gobierno norteamericano, que según parece
ignoraba el episodio. Cuando los médicos japoneses examinaron a los
tripulantes del Dragón Afortunado, su carga de atún radiactivo ya
se había distribuido. La noticia conmocionó a los mercados, que
dejaron de comprar atún a Japón, de modo que su economía de
posguerra sufrió un revés importantísimo. Uno de los pescadores,
Kuboyama Aikichi, moría el 14 de septiembre. Buena parte de la
sociedad nipona interpretó su muerte como un acto de guerra.
Aquello fue el
comienzo de un movimiento anti-nuclear en Japón que lograría que
las pruebas atómicas estadounidenses contemplasen posibles
imprevistos como el de Castle Bravo. El gobierno norteamericano
indemnizó a los 22 marineros supervivientes, muchos de los cuales
morirían en los años siguientes, pero blindó el acuerdo para que
Japón no pudiera exigir futuras indemnizaciones, ocurriera lo que
ocurriera.
Hoy el barco, ya
descontaminado, está expuesto en un museo en Tokio. Un cartel reza:
"el tercer ataque nuclear contra Japón, tras Hiroshima y
Nagasaki".
Fuente:
Juan Soto Ivars, Castle Bravo: así fue el olvidado "tercer ataque nuclear" contra Japón, 09/12/16, El Confidencial.

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