A cinco años
después del tsunami que arrasó la central de Fukushima, se han
documentado unos 600 niños que sufrieron y continúan padeciendo los
efectos de la radiactividad.
El 11 de marzo de
2011, los tres reactores en operaciones en Fukushima se apagaron
rápidamente después de un terremoto. La mayor parte del combustible
en esos reactores era dióxido de uranio. Cuando el tsunami inundó
el sitio, unos 40 minutos después del terremoto, se perdió la
energía nuclear y a eso siguió la pérdida de la fuente de energía
local para emergencias, lo cual causó un apagón en la estación y
la pérdida del refrigerante del reactor. Lo siguiente fue una
fundición parcial del núcleo en las unidades 1, 2 y 3. La reacción
del revestimiento de aleación de zirconio del combustible con el
agua a temperaturas altas generó gas de hidrógeno que se acumuló y
explotó en cuatro de las unidades del reactor. El escape de
radioactividad, aparte de los productos gaseosos y volátiles de la
fisión, fue controlado con toneladas del agua del mar que se usó
para enfriar los núcleos y las piletas de almacenamiento. Durante la
crisis nuclear que siguió al terremoto y tsunami fueron evacuadas
más de 80.000 personas del área más cercana a la planta Fukushima,
y más de un año después siguen desplazadas. El gobierno de Japón
ha asignado inicialmente 13.000 millones de dólares en contratos
para empezar la descontaminación y rehabilitación de una región de
más de 35.000 kilómetros cuadrados expuesta a la precipitación
radioactiva.
Cuando ocurrió
el desastre, mucha gente no pudo abandonar su ciudad, con el
agravante que muchas personas, especialmente niños, tuvieron
diagnósticos de hemorragias nasales y en algunos casos aparecieron
quistes cervical en la garganta con insuficiencia respiratoria. A
cinco años después del tsunami que arrasó la central de Fukushima,
en la ciudad de Kawakami se han documentado unos 600 niños que
sufrieron y continúan padeciendo los efectos de la radiactividad,
con patologías de cáncer de tiroides, hemorragias nasales, dolores
de cabeza, erupciones cutáneas, ojos hundidos, materia fecal
negra...
Los testimonios
de los sobrevivientes dan cuenta de cómo este desastre afectó la
vida cotidiana familiar. Una periodista del diario El Mundo que
estuvo en esa zona comentó lo siguiente: “una mañana acompañé a
un sacerdote mientras atendía a un grupo de las llamadas madres de
Fukushima. Una pequeña sala de apenas 10 tatamis, llena de juguetes
de madera y un pequeño piano, en la que se oía la voz suave y
tranquila del pastor, un hombre de poco más de 40 años. Frente a él
había sentadas cinco o seis mujeres de edades comprendidas entre los
treinta y cuarenta años a las que se les relajaba la expresión del
rostro oyendo lo que les decía el religioso. Todas ellas parecían
petrificadas y tensas: un reflejo natural de cinco años de penurias
y sufrimientos”.
Otro testimonio
explicaba, “cuando sucedió el accidente, mi hijo formaba parte de
una banda de música después del colegio. Sufrió una hemorragia
nasal tan terrible que gastó una caja entera de pañuelos de papel.
Ahora, cuando se va al colegio andando, le sangra la nariz. Las
hemorragias nasales son tan intensas que le he pedido que abandone la
banda de música”. Entre todas las ciudades de la prefectura de
Fukushima, la ciudad de Koriyama tiene la mayor población de niños
con cáncer de tiroides confirmado y de casos sospechosos, según los
resultados del primer y segundo estudio oficial de seguimiento de la
función tiroidea realizados en 2014 y 2015.
Todos los años
la Universidad Médica de Fukushima investiga la incidencia de cáncer
de tiroides en distintos municipios y, a finales del mes pasado, se
detectaron 16 nuevos casos confirmados en Koriyama, lo cual eleva a
115 la cifra total de niños afectados. Estos enfermos tenían edades
comprendidas entre los 6 y los 18 años cuando sucedió la
catástrofe.
Las autoridades
descreen que exista una vinculación entre el accidente nuclear y la
incidencia de cáncer, y así lo han demostrado cuando en diferentes
encuentros se mostraron indiferentes ante las familias afectadas que
se hicieron presentes en ese lugar. Solamente pudieron preguntar los
principales medios de comunicación de Japón afines al Gobierno.
Existe una razón
para tanta indiferencia. La ciudad de Koriyama es un importante
centro de negocios de la región, con unos 340.000 habitantes en la
actualidad. La buena evolución del sector químico de los últimos
cinco años y la fanfarria oficial de la “Campaña de
reconstrucción de Fukushima” impulsada por el Gobierno han hecho
que, desde febrero de 2015, regresaran a la ciudad unos 6.600
habitantes. También es la ciudad que alberga la mayor cantidad de
gente enviada por las empresas desde Tokio, porque aquí se
concentran muchas fábricas y delegaciones de las principales
empresas japonesas.
Uno de los pocos
periodistas japoneses que se animó a investigar sobre el desastre de
Fukushima fue Maki Iwaji, de la cadena de televisión Asahi. Su
trabajo fue investigar la verdad sobre los niños afectados en ese
lugar. Su investigación nunca llegó a publicarse, por un supuesto
“suicidio” al inhalar humo de carbón en su casa.
Maki fue el
primer periodista de la televisión japonesa que logró emitir un
vídeo de una entrevista con una madre cuyos hijos tenían cáncer de
tiroides. Su paso por la ciudad de Koriyama fue bien visto por los
propios damnificados. Los testimonios en ese lugar dan cuenta que
este periodista estaba intentando identificar a un niño con cáncer
de tiroides que entonces tenía seis años. Su búsqueda lo llevó a
dialogar con la junta directiva de su colegio y visitando el propio
centro escolar. Tarea infructuosa ya que los directivos del colegio
negaron la existencia de un niño que haya tenido esa problemática.
La vida de muchas
madres es ardua porque son conscientes de vivir en un contexto donde
todos pueden estar afectados por la radiación, por eso compran
alimentos fuera de Fukushima. Eso ocasionó que inviertan una
cantidad enorme de energía para afrontar las críticas que lanzan
contra ellas sus vecinos e incluso sus propias familias. Hay que
tener en cuenta que las escuelas de Fukushima están empezando a
consumir verduras y arroz de la región con el eslogan de “Comamos
comida local”.
El tema es que
cuanto más intensamente se dedican a defender a sus hijos, mayor
presión y rechazo han de soportar, especialmente de sus maridos y
parientes más cercanos. De hecho, la mayoría de estas mujeres
confiesa que la relación de pareja con sus maridos ha empeorado,
cuanto más hablan de sus miedos y preocupaciones, más aumentan las
fricciones con sus cónyuges.
Muchos hombres
creen y cumplen sin una actitud crítica lo que dice el Gobierno y
los medios de comunicación japoneses. Por eso los conflictos de
parejas son muy intensos y en algunos casos llega hasta el divorcio.
Otras optan por quedarse con sus maridos porque no se atreven a
divorciarse, a pesar de que temen por la salud de sus hijos. En
muchos casos mujeres que les plantearon a sus maridos de irse a vivir
a otro lugar luego de la explosión de Fukushima la respuesta es,
“vete tú sola, la niña se queda aquí”. Según el diario El
Mundo, la misma mujer admitió, “si pudiera divorciarme, lo haría.
Pero no puedo, si me mudo a un lugar extraño, sola con mi hija
disminuida, no creo que pudiera sobrevivir”.
Fuentes:
Darío Brenman, Las madres deFukushima, 06/11/16, La Izquierda Diario. Consultado 07/11/16.
La obra de arte que acompaña a esta entrada es "Fukushima the day after" de Isabel Roelandts Fischer.

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