domingo, 21 de agosto de 2016

Megacausa La Perla: sobrevivientes del espanto

Sus testimonios han sido decisivos para llevar adelante este proceso judicial, que concluirá el próximo jueves con el veredicto. Graciela Geuna, Ana Iliovich y Liliana Callizo hablan de aquellos días y de estos, en los que asoma el sol de la justicia.

por Alejandro Mareco

Habitaron uno de los rincones más siniestros de la tiniebla organizada. Fueron secuestrados, torturados, vejados, desaparecidos entre los desaparecidos y, un día, después de muchos meses de atravesar el horror de cada día, emergieron de la otra dimensión de la realidad de aquel país ensangrentado y sordo, y regresaron a la vida.

Son los sobrevivientes de La Perla, los mensajeros que trajeron noticias del infierno, los que se grabaron gritos, nombres, caras y la rutina del espanto, y vinieron a contar.

Se sabe: todo lo que se diga del infierno no es el infierno. Sólo aquellos que lo han atravesado han sentido cómo quema su ardor en la piel, en el aliento, en los ojos, en los oídos, en la nariz y, sobre todo, en esa imprecisa, inaprensible y dolorosa sustancia de la condición humana que a veces suele llamarse alma.

Están marcados por la soledad de una experiencia intransferible. Y acaso el juicio, contar otra vez, los regresó a los días terribles.

Sus testimonios han sido decisivos no sólo para que muchos de los responsables de los aberrantes crímenes fueran llevados ante los jueces, sino también para que el oscuro destino de otras víctimas salga a la luz y reclame su parte de justicia.

Los sobrevivientes, sobre todo los de ese puñado (una docena y media de personas) que pasó muchos meses en esa catacumba, son los pilares sobre los que se sostiene el juicio por los crímenes cometidos en La Perla y otros centros clandestinos de detención.

El próximo jueves llegará, por fin, el veredicto, después de 40 años de memoria, y tres años y ocho meses de proceso.

El largo camino de los sobrevivientes habrá llegado entonces a otro umbral, acaso más soleado.

Acto de reconocimiento y charla en la UNC
La Facultad de Comunicación Social de la UNC reconocerá el trabajo de los periodistas que cubren la megacausa La Perla en una acto en el que además habrá una charla a cargo de Alejandro Mareco (La Voz del Interior) y Jorge Vasalo (Radio Universidad). Será mañana, a las 18.30, en el auditorio de la FCC, en la Ciudad Universitaria.

Se trata de una iniciativa del seminario de Relaciones Internacionales con Orientación en Derechos Humanos.

Ana Iliovich sobre la megacausa La Perla: “Este juicio nos ilumina”

Ana Iliovich sonríe con sus palabras, pero lo que parece una ironía es una imagen cargada del dolor de la verdad. Anotó decenas de nombres que alcanzó a rescatar entre tantos que pasaron por La Perla, es uno de los elementos de prueba más importantes.

por Alejandro Mareco

Me sentía una cucaracha, y cuando empecé a escribir los nombres de los compañeros de La Perla, fui una cucaracha escribiente. Cambié de categoría frente a mí misma”. Ana 
Iliovich sonríe con sus palabras, pero lo que parece una ironía es una imagen cargada del dolor de la verdad.

Ese cuaderno Gloria, en el que anotó decenas de nombres que alcanzó a rescatar entre tantos que pasaron por La Perla, es uno de los elementos de prueba más importantes sobre los crímenes y las víctimas del mayor campo de concentración de Córdoba, desde que en 1984 lo dejó en manos de la Conadep.

Cuando comenzaron a darme permisos para ir a mi casa, en Bell Ville, un fin de semana cada 15 días, me tomaba la tarea de memorizar al menos 10. Al final, ya había agarrado confianza y los escribía en un papelito. Incluso, como estábamos en algunas oficinas, de una carpeta en la que tenían planillas, sacaba nombres y hasta el número de documento de gente que no conocía”.

Ana tenía 20 años cuando fue secuestrada en mayo de 1976, para ser liberada recién en mayo de 1978. Los permisos de salida al final del cautiverio fueron otra versión del espanto. “La primera vez nos reunimos todos a comer los tallarines de mi abuela. Nos sacamos muchas fotos para mostrar que estaba viva. Es que yo tenía que volver. Cada vez, mis viejos me ponían en un ómnibus para que regresara a la Perla. Ahora que soy madre, no puedo imaginarme ese espanto. No podía intentar escapar porque había gente que estaba adentro y la consigna era que los iban a matar a todos. Creí que iba a enloquecer. Cuando estaba llegando al campo me ahogaba, no podía respirar…”.

La tarde atraviesa el patio de un bar de Villa Allende; Ana recuerda el filo de sus uñas sobre la carne de sus manos. La primera vez que declaró en un juicio, en 2008, se calzó un enorme poncho: no quería que aquellas miradas volvieran a indagar su cuerpo. Después, se dijo que ya no declararía otra vez: “Tenía terror de volver a meterme en La Perla”. Ella, sus sentidos, su cabeza.

Si yo no declaro, ¿alguno quedará libre?”, preguntó. Y Claudio Orosz (abogado querellante de Hijos) le dijo que era algo más que eso: había nombres de víctimas que sólo ella había nombrado. “Mientras volvía a mi casa, manejando, entendí que debía estar: no podía dejar a esos nombres sin un lugar en el mundo”. Y Ana (madre, hija, psicóloga, solidaria con historias desamparadas, escritora: “No soy sólo una sobreviviente”), estuvo allí, hablándoles a los jueces de la megacausa.

Por fin, cuando terminó de declarar, sintió un aliento fresco que venía a soplarle las heridas. “Cuando salí, me aplaudieron, me abrazaron, alguien me dijo: ‘Por vos sé que mi marido estuvo en La Perla’. Y mis hijos estaban conmigo”. Le dijo al juez de su agradecimiento por ese momento, impensable en aquellos días de espanto. “Este juicio nos ilumina. Cuando asistí a los alegatos, sentí que desde ahí se iluminaba el barrio, la ciudad, el país; que ya no somos los mismos, aunque muchos no lo sepan. Nos permiten vivir con un poco más de ética: los asesinos son los asesinos y las víctimas somos las víctimas”.

Liliana Callizo sobre la megacausa La Perla: “La conciencia le puso fin a la impunidad”

Liliana, que en estos días sonríe con una calma de huerta fresca, está convencida de que estos días tendrán profundas consecuencia para el porvenir.

por Alejandro Mareco

El que salga tiene que contar. Esa fue la palabra que empeñamos. 
Lo que vivíamos y veíamos tenía una dimensión tan grande, tan fuera de la humanidad… De la muerte no se hablaba, aunque sabíamos que estábamos para morir, pero sí de ese compromiso. Para poder hacerlo, hizo falta que no nos hayan derrotado, quitado las fuerzas”.

La tarde de invierno empieza a apagarse sobre el ancho patio de Liliana Callizo. Entonces, regresan las palabras que dijo frente al Tribunal: “Traté de preservar mi cerebro”.

Sí, mi cuerpo ya no me pertenecía, pero para poder seguir tenía que defender mi cabeza. Fue muy importante poder separarla. Pero también había que tener corazón, un signo de humanidad. No quería que nadie pasara por lo que yo estaba pasando”. Es decir, entre tanta vileza, tanto deterioro de la condición humana, no perder de vista el bien.

Secuestrada en septiembre de 1976 y liberada en noviembre de 1977, emprendió el camino del exilio en 1979 (primero, Suecia; después, el País Vasco, en España). Llevaba en su cuerpo los rastros de indecibles castigos, pero 
su mente no había dejado de respirar.

Enseguida tuvo constancia de la dimensión de su experiencia: “Una día regresaba a la casa donde vivía en Suecia, y había una cola de unas personas esperándome. Eran exiliados argentinos, uruguayos, chilenos. Querían saber cómo era, qué pasaba en un campo de concentración. Había muchas fantasías: me preguntaban, por ejemplo, si los desaparecidos estaban en una granja”.

Lo más difícil fue enfrentar 
a los familiares de las víctimas. “Era muy duro lo que teníamos que informar. Pasaba que 
también se había hecho una consigna de ‘aparición con vida’, y nosotros salíamos diciendo que no sería así. Pero había que decir las cosas como eran, por respeto a las víctimas”.

La condición de sobreviviente también ha sido un estigma, y hasta un punto sencillo de señalar, como que desde la defensa de los represores se ha pretendido considerarlos cómplices.

Nadie eligió ser sobreviviente, pero nos toca serlo. Ha sucedido en todos los campos de concentración de la historia. La víctima siempre es el eslabón más 
débil, y si se trata de mujeres, aún más, porque tiene que soportar, 
además, otros estigmas. Las explicaciones de por qué estamos vivos hay que pedírselas a ellos. Nosotros no las tenemos”, reflexiona Liliana.

Los métodos de tortura y desaparición que sufrimos no nacieron de un repollo. En los años ‘60/’70 nos movía una gran preocupación por las impunidad que se iba acumulando, dictadura tras dictadura. Recuerdo que en 1955 mi papá tapaba la ventana con una colcha cuando pasaban los aviones”.

Liliana, que en estos días sonríe con una calma de huerta fresca, está convencida de que estos días tendrán profundas consecuencia para el porvenir.

Estos juicios son el fruto de mucho trabajo y de la conciencia de tanta gente que decidió poner fin a la impunidad. Las generaciones que llegan van a tener otras posibilidades, van a contar con una Justicia que ya no podrá sumarse a crímenes de lesa humanidad, que es capaz de trazar límites”.

Graciela Geuna sobre la megacausa La Perla: “Somos eslabones de una larga cadena”

En tránsito hacia Villa Carlos Paz, Graciela Geuna le señalaba a sus hijos que allí, adentro del paisaje, estaba el lugar donde durante casi dos años había permanecido en la escalofriante condición de secuestrada desaparecida.

por Alejandro Mareco

Zona militar, prohibido detenerse”. En tránsito hacia Villa Carlos Paz, Graciela Geuna le señalaba a sus hijos que allí, adentro del paisaje, estaba el lugar donde durante casi dos años había permanecido en la escalofriante condición de secuestrada desaparecida. Era el año 2000, un nuevo siglo estaba despuntando, y aún estaba prohibido detenerse en la memoria de La Perla.

Mis hijos me pedían que parara, y yo les decía que podía pasar cualquier cosa. Seguía siendo una dependencia militar. Poco después, cuando se recuperó, entré con ellos. Habían pasado años de un largo silencio, en los que se puso una chapa de hierro sobre lo sucedido”.

Graciela sabía lo difícil que era enfrentar al silencio desde muy temprano: en febrero de 1980, en Suiza y ante las Naciones 
Unidas, contó junto con un pequeño grupo de sobrevivientes (Piero Di Monte, Teresa Meschiatti, Liliana Callizo) la intimidad del abismo humano de La Perla. En esos días, la dictadura estaba sucediendo.

El impulso fue la conciencia de que lo que había pasado y aún pasaba era éticamente inaceptable. Ni yo misma podía creer que estuviera viva sabiendo lo que sabía; por eso, cuando pude depositar mi testimonio en Naciones Unidas, sentí que había cumplido”.

Aquel testimonio, que particulariza su constancia en quebrar el silencio, para ella es parte de un esfuerzo colectivo: “Cada uno hizo lo que pudo, cuando pudo. En el campo, nuestra tarea fue memorizar y compartíamos cada cosa que conseguíamos averiguar. Recuerdo haber escuchado una conversación entre los torturadores en la que se preguntaban qué pasaría si un día se sabía todo eso. Y uno dijo: ‘En cinco años, se sabrá todo, pero a quién le va a importar’”.

Tanto era el poder que tenían en sus manos ensangrentadas que pensaban que sería eterno. Dice Graciela: “En cinco años, tal vez a muchos no les importó, pero en 40, las cosas cambiaron”.

Fue secuestrada en junio de 1976 en un escalofriante episodio en el que su esposo, Jorge Cazorla, fue asesinado frente a la Fábrica Militar de Aviones, mientras los trasladaban al campo de concentración, donde permaneció hasta abril de 1978.

Los pájaros que ahora cantan cerca de su teléfono cuentan que en el patio de su casa en Ginebra, Suiza, la tarde del domingo ha comenzado a apagarse.

Estos son días de una intensidad que esperó cuatro décadas para ser vivida.

Reconoce que los sobrevivientes, sus recuerdos del espanto, han sido imprescindibles para que el juicio haya sido posible, pero dice que, al fin, sólo son eslabones de una larga cadena.

En esa cadena hubo madres, abuelas, familiares, víctimas-testigos, hijos y una nuevo generación, jóvenes conscientes y capaces que nacieron después del terrorismo de Estado y que crecieron sin los miedos de quienes tuvieron el infortunio de educarse durante la dictadura”.

Siento que es como volver a casa”, dijo ante el Tribunal, cuando le tocó declarar. Muchas veces había regresado, pero esta vez, para poner sus pies sobre la verdad.

La satisfacción frente a la actuación de la Justicia, no posterga, sin embargo, una gran frustración: “Llegamos hasta acá sin saber dónde están los cuerpos de los asesinados, qué hicieron con los niños robados”.

De todos modos, celebra, con los pájaros de fondo: “Estos juicios pueden rehacer los lazos sociales que la represión rompió. Ellos decían: primero hay que aislar, después destruir. Nosotros tenemos que hacer todo lo contrario, unir y unir para profundizar la democracia”.

Fuentes:
Alejandro Mareco, Megacausa La Perla: sobrevivientes del espanto, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Ana Iliovich sobre la megacausa La Perla: “Este juicio nos ilumina”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Liliana Callizo sobre la megacausa La Perla: “La conciencia le puso fin a la impunidad”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Graciela Geuna sobre la megacausa La Perla: “Somos eslabones de una larga cadena”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.

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