Sus testimonios
han sido decisivos para llevar adelante este proceso judicial, que
concluirá el próximo jueves con el veredicto. Graciela Geuna, Ana
Iliovich y Liliana Callizo hablan de aquellos días y de estos, en
los que asoma el sol de la justicia.
por Alejandro
Mareco
Habitaron uno de
los rincones más siniestros de la tiniebla organizada. Fueron
secuestrados, torturados, vejados, desaparecidos entre los
desaparecidos y, un día, después de muchos meses de atravesar el
horror de cada día, emergieron de la otra dimensión de la realidad
de aquel país ensangrentado y sordo, y regresaron a la vida.
Son los
sobrevivientes de La Perla, los mensajeros que trajeron noticias del
infierno, los que se grabaron gritos, nombres, caras y la rutina del
espanto, y vinieron a contar.
Se sabe: todo lo
que se diga del infierno no es el infierno. Sólo aquellos que lo han
atravesado han sentido cómo quema su ardor en la piel, en el
aliento, en los ojos, en los oídos, en la nariz y, sobre todo, en
esa imprecisa, inaprensible y dolorosa sustancia de la condición
humana que a veces suele llamarse alma.
Están marcados
por la soledad de una experiencia intransferible. Y acaso el juicio,
contar otra vez, los regresó a los días terribles.
Sus testimonios
han sido decisivos no sólo para que muchos de los responsables de
los aberrantes crímenes fueran llevados ante los jueces, sino
también para que el oscuro destino de otras víctimas salga a la luz
y reclame su parte de justicia.
Los
sobrevivientes, sobre todo los de ese puñado (una docena y media de
personas) que pasó muchos meses en esa catacumba, son los pilares
sobre los que se sostiene el juicio por los crímenes cometidos en La
Perla y otros centros clandestinos de detención.
El próximo
jueves llegará, por fin, el veredicto, después de 40 años de
memoria, y tres años y ocho meses de proceso.
El largo camino
de los sobrevivientes habrá llegado entonces a otro umbral, acaso
más soleado.
Acto de
reconocimiento y charla en la UNC
La Facultad de
Comunicación Social de la UNC reconocerá el trabajo de los
periodistas que cubren la megacausa La Perla en una acto en el que
además habrá una charla a cargo de Alejandro Mareco (La Voz del
Interior) y Jorge Vasalo (Radio Universidad). Será mañana, a las
18.30, en el auditorio de la FCC, en la Ciudad Universitaria.
Se trata de una
iniciativa del seminario de Relaciones Internacionales con
Orientación en Derechos Humanos.
Ana Iliovich
sobre la megacausa La Perla: “Este juicio nos ilumina”
Ana Iliovich
sonríe con sus palabras, pero lo que parece una ironía es una
imagen cargada del dolor de la verdad. Anotó decenas de nombres que
alcanzó a rescatar entre tantos que pasaron por La Perla, es uno de
los elementos de prueba más importantes.
por Alejandro
Mareco
“Me sentía una cucaracha, y cuando empecé a escribir los nombres de los compañeros de La Perla, fui una cucaracha escribiente. Cambié de categoría frente a mí misma”. Ana Iliovich sonríe con sus palabras, pero lo que parece una ironía es una imagen cargada del dolor de la verdad.
Ese cuaderno
Gloria, en el que anotó decenas de nombres que alcanzó a rescatar
entre tantos que pasaron por La Perla, es uno de los elementos de
prueba más importantes sobre los crímenes y las víctimas del mayor
campo de concentración de Córdoba, desde que en 1984 lo dejó en
manos de la Conadep.
“Cuando
comenzaron a darme permisos para ir a mi casa, en Bell Ville, un fin
de semana cada 15 días, me tomaba la tarea de memorizar al menos 10.
Al final, ya había agarrado confianza y los escribía en un
papelito. Incluso, como estábamos en algunas oficinas, de una
carpeta en la que tenían planillas, sacaba nombres y hasta el número
de documento de gente que no conocía”.
Ana tenía 20
años cuando fue secuestrada en mayo de 1976, para ser liberada
recién en mayo de 1978. Los permisos de salida al final del
cautiverio fueron otra versión del espanto. “La primera vez nos
reunimos todos a comer los tallarines de mi abuela. Nos sacamos
muchas fotos para mostrar que estaba viva. Es que yo tenía que
volver. Cada vez, mis viejos me ponían en un ómnibus para que
regresara a la Perla. Ahora que soy madre, no puedo imaginarme ese
espanto. No podía intentar escapar porque había gente que estaba
adentro y la consigna era que los iban a matar a todos. Creí que iba
a enloquecer. Cuando estaba llegando al campo me ahogaba, no podía
respirar…”.
La tarde
atraviesa el patio de un bar de Villa Allende; Ana recuerda el filo
de sus uñas sobre la carne de sus manos. La primera vez que declaró
en un juicio, en 2008, se calzó un enorme poncho: no quería que
aquellas miradas volvieran a indagar su cuerpo. Después, se dijo que
ya no declararía otra vez: “Tenía terror de volver a meterme en
La Perla”. Ella, sus sentidos, su cabeza.
“Si yo no
declaro, ¿alguno quedará libre?”, preguntó. Y Claudio Orosz
(abogado querellante de Hijos) le dijo que era algo más que eso:
había nombres de víctimas que sólo ella había nombrado. “Mientras
volvía a mi casa, manejando, entendí que debía estar: no podía
dejar a esos nombres sin un lugar en el mundo”. Y Ana (madre, hija,
psicóloga, solidaria con historias desamparadas, escritora: “No
soy sólo una sobreviviente”), estuvo allí, hablándoles a los
jueces de la megacausa.
Por fin, cuando
terminó de declarar, sintió un aliento fresco que venía a soplarle
las heridas. “Cuando salí, me aplaudieron, me abrazaron, alguien
me dijo: ‘Por vos sé que mi marido estuvo en La Perla’. Y mis
hijos estaban conmigo”. Le dijo al juez de su agradecimiento por
ese momento, impensable en aquellos días de espanto. “Este juicio
nos ilumina. Cuando asistí a los alegatos, sentí que desde ahí se
iluminaba el barrio, la ciudad, el país; que ya no somos los mismos,
aunque muchos no lo sepan. Nos permiten vivir con un poco más de
ética: los asesinos son los asesinos y las víctimas somos las
víctimas”.
Liliana Callizo
sobre la megacausa La Perla: “La conciencia le puso fin a la
impunidad”
Liliana, que en
estos días sonríe con una calma de huerta fresca, está convencida
de que estos días tendrán profundas consecuencia para el porvenir.
por Alejandro
Mareco
“El que salga
tiene que contar. Esa fue la palabra que empeñamos.
Lo que
vivíamos y veíamos tenía una dimensión tan grande, tan fuera de
la humanidad… De la muerte no se hablaba, aunque sabíamos que
estábamos para morir, pero sí de ese compromiso. Para poder
hacerlo, hizo falta que no nos hayan derrotado, quitado las fuerzas”.
La tarde de
invierno empieza a apagarse sobre el ancho patio de Liliana Callizo.
Entonces, regresan las palabras que dijo frente al Tribunal: “Traté
de preservar mi cerebro”.
“Sí, mi cuerpo
ya no me pertenecía, pero para poder seguir tenía que defender mi
cabeza. Fue muy importante poder separarla. Pero también había que
tener corazón, un signo de humanidad. No quería que nadie pasara
por lo que yo estaba pasando”. Es decir, entre tanta vileza, tanto
deterioro de la condición humana, no perder de vista el bien.
Secuestrada en
septiembre de 1976 y liberada en noviembre de 1977, emprendió el
camino del exilio en 1979 (primero, Suecia; después, el País Vasco,
en España). Llevaba en su cuerpo los rastros de indecibles castigos,
pero
su mente no había dejado de respirar.
Enseguida tuvo
constancia de la dimensión de su experiencia: “Una día regresaba
a la casa donde vivía en Suecia, y había una cola de unas personas
esperándome. Eran exiliados argentinos, uruguayos, chilenos. Querían
saber cómo era, qué pasaba en un campo de concentración. Había
muchas fantasías: me preguntaban, por ejemplo, si los desaparecidos
estaban en una granja”.
Lo más difícil
fue enfrentar
a los familiares de las víctimas. “Era muy duro
lo que teníamos que informar. Pasaba que
también se había hecho
una consigna de ‘aparición con vida’, y nosotros salíamos
diciendo que no sería así. Pero había que decir las cosas como
eran, por respeto a las víctimas”.
La condición de
sobreviviente también ha sido un estigma, y hasta un punto sencillo
de señalar, como que desde la defensa de los represores se ha
pretendido considerarlos cómplices.
“Nadie eligió
ser sobreviviente, pero nos toca serlo. Ha sucedido en todos los
campos de concentración de la historia. La víctima siempre es el
eslabón más
débil, y si se trata de mujeres, aún más, porque
tiene que soportar,
además, otros estigmas. Las explicaciones de
por qué estamos vivos hay que pedírselas a ellos. Nosotros no las
tenemos”, reflexiona Liliana.
“Los métodos
de tortura y desaparición que sufrimos no nacieron de un repollo. En
los años ‘60/’70 nos movía una gran preocupación por las
impunidad que se iba acumulando, dictadura tras dictadura. Recuerdo
que en 1955 mi papá tapaba la ventana con una colcha cuando pasaban
los aviones”.
Liliana, que en
estos días sonríe con una calma de huerta fresca, está convencida
de que estos días tendrán profundas consecuencia para el porvenir.
“Estos juicios
son el fruto de mucho trabajo y de la conciencia de tanta gente que
decidió poner fin a la impunidad. Las generaciones que llegan van a
tener otras posibilidades, van a contar con una Justicia que ya no
podrá sumarse a crímenes de lesa humanidad, que es capaz de trazar
límites”.
Graciela Geuna
sobre la megacausa La Perla: “Somos eslabones de una larga cadena”
En tránsito
hacia Villa Carlos Paz, Graciela Geuna le señalaba a sus hijos que
allí, adentro del paisaje, estaba el lugar donde durante casi dos
años había permanecido en la escalofriante condición de
secuestrada desaparecida.
por Alejandro
Mareco
“Zona militar,
prohibido detenerse”. En tránsito hacia Villa Carlos Paz, Graciela
Geuna le señalaba a sus hijos que allí, adentro del paisaje, estaba
el lugar donde durante casi dos años había permanecido en la
escalofriante condición de secuestrada desaparecida. Era el año
2000, un nuevo siglo estaba despuntando, y aún estaba prohibido
detenerse en la memoria de La Perla.
“Mis hijos me
pedían que parara, y yo les decía que podía pasar cualquier cosa.
Seguía siendo una dependencia militar. Poco después, cuando se
recuperó, entré con ellos. Habían pasado años de un largo
silencio, en los que se puso una chapa de hierro sobre lo sucedido”.
Graciela sabía
lo difícil que era enfrentar al silencio desde muy temprano: en
febrero de 1980, en Suiza y ante las Naciones
Unidas, contó junto
con un pequeño grupo de sobrevivientes (Piero Di Monte, Teresa
Meschiatti, Liliana Callizo) la intimidad del abismo humano de La
Perla. En esos días, la dictadura estaba sucediendo.
“El impulso fue
la conciencia de que lo que había pasado y aún pasaba era
éticamente inaceptable. Ni yo misma podía creer que estuviera viva
sabiendo lo que sabía; por eso, cuando pude depositar mi testimonio
en Naciones Unidas, sentí que había cumplido”.
Aquel testimonio,
que particulariza su constancia en quebrar el silencio, para ella es
parte de un esfuerzo colectivo: “Cada uno hizo lo que pudo, cuando
pudo. En el campo, nuestra tarea fue memorizar y compartíamos cada
cosa que conseguíamos averiguar. Recuerdo haber escuchado una
conversación entre los torturadores en la que se preguntaban qué
pasaría si un día se sabía todo eso. Y uno dijo: ‘En cinco años,
se sabrá todo, pero a quién le va a importar’”.
Tanto era el
poder que tenían en sus manos ensangrentadas que pensaban que sería
eterno. Dice Graciela: “En cinco años, tal vez a muchos no les
importó, pero en 40, las cosas cambiaron”.
Fue secuestrada
en junio de 1976 en un escalofriante episodio en el que su esposo,
Jorge Cazorla, fue asesinado frente a la Fábrica Militar de Aviones,
mientras los trasladaban al campo de concentración, donde permaneció
hasta abril de 1978.
Los pájaros que
ahora cantan cerca de su teléfono cuentan que en el patio de su casa
en Ginebra, Suiza, la tarde del domingo ha comenzado a apagarse.
Estos son días
de una intensidad que esperó cuatro décadas para ser vivida.
Reconoce que los
sobrevivientes, sus recuerdos del espanto, han sido imprescindibles
para que el juicio haya sido posible, pero dice que, al fin, sólo
son eslabones de una larga cadena.
“En esa cadena
hubo madres, abuelas, familiares, víctimas-testigos, hijos y una
nuevo generación, jóvenes conscientes y capaces que nacieron
después del terrorismo de Estado y que crecieron sin los miedos de
quienes tuvieron el infortunio de educarse durante la dictadura”.
“Siento que es
como volver a casa”, dijo ante el Tribunal, cuando le tocó
declarar. Muchas veces había regresado, pero esta vez, para poner
sus pies sobre la verdad.
La satisfacción
frente a la actuación de la Justicia, no posterga, sin embargo, una
gran frustración: “Llegamos hasta acá sin saber dónde están los
cuerpos de los asesinados, qué hicieron con los niños robados”.
De todos modos,
celebra, con los pájaros de fondo: “Estos juicios pueden rehacer
los lazos sociales que la represión rompió. Ellos decían: primero
hay que aislar, después destruir. Nosotros tenemos que hacer todo lo
contrario, unir y unir para profundizar la democracia”.
Fuentes:
Alejandro Mareco, Megacausa La Perla: sobrevivientes del espanto, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Ana Iliovich sobre la megacausa La Perla: “Este juicio nos ilumina”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Liliana Callizo sobre la megacausa La Perla: “La conciencia le puso fin a la impunidad”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
Alejandro Mareco, Graciela Geuna sobre la megacausa La Perla: “Somos eslabones de una larga cadena”, 21/08/16, La Voz del Interior. Consultado 21/08/16.
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