por Risto Isomaki
Helsinski, 26 jul
2016 (IPS). La producción de carne y otros productos de origen
animal es responsable de aproximadamente 18 a 20 por ciento de todas
las emisiones de gases de efecto invernadero antropogénicos, según
la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO).
Si el cálculo de
la FAO es correcto, los residuos animales y el uso de fertilizantes a
base de nitrógeno para el cultivo de forrajes generan anualmente
cerca de seis millones de toneladas de nitrógeno óxido, o entre 65
y 70 por ciento de las emisiones totales.
El impacto de
esto para la temperatura mundial equivale aproximadamente a 2.000
millones de toneladas de dióxido de carbono por año. Además de
óxido nitroso, la industria ganadera produce más de 100 millones de
toneladas de metano al año, lo que calienta al planeta tanto como
3.500 millones de toneladas de dióxido de carbono.
Esta situación
se ve agravada por el desmonte de grandes extensiones de selvas
tropicales para pasturas y la producción de forrajes, lo que libera
anualmente 2.700 millones de toneladas de dióxido de carbono a la
atmósfera.
El total de
nuestras emisiones de dióxido de carbono actualmente asciende a poco
más de 35.000 millones de toneladas, además de que también
producimos al menos 350 millones de toneladas de metano y nueve
millones de toneladas de óxido nitroso.
Muchos gobiernos,
municipios y empresas privadas ya comenzaron a aplicar programas
destinados a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a
una fracción de sus niveles actuales en las próximas décadas. En
2015, más de 90 por ciento de las nuevas inversiones en energía se
desplazaron a las fuentes renovables, mientras que los combustibles
fósiles y la energía nuclear atraen a duras penas el 10 por ciento
restante.
Del mismo modo,
las nuevas soluciones tecnológicas para reducir las emisiones de los
vehículos, así como de la producción industrial, la construcción,
la iluminación y la calefacción y refrigeración de edificios o
bien están en proceso o ya se implementaron.
Incluso las
compañías aéreas y navieras aceptaron el reto. Algunos sectores lo
hicieron con más entusiasmo que otros, pero parece existir el
consenso general de que se necesitan cambios considerables para
evitar una catástrofe ambiental absoluta.
La excepción al
desplazamiento general hacia la sostenibilidad ambiental parece ser
la producción de alimentos. Los gobiernos y las organizaciones
intergubernamentales como la FAO siguen analizando la manera de
elevar la producción mundial de carne de 200 millones a 470 millones
de toneladas en 2050.
Esto sería
motivo de gran preocupación aun si la carne, los productos lácteos
y demás productos de origen animal fueran responsables únicamente
por 20 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero
combinados. Incluso entonces, si se duplicara la contribución de la
industria probablemente haría imposible limitar el calentamiento
global a 1,5 o 2 grados Celsius, según lo acordado en París.
Es posible que el
papel de la industria ganadera se haya subestimado seriamente. De
acuerdo con los cálculos actuales, los lagos y estanques naturales
probablemente produzcan cerca de 85 millones de toneladas de metano
por año, mientras que los embalses artificiales generarían entre 20
y 100 millones de toneladas.
Aunque el metano
de los embalses se considera un subproducto de la industria de la
energía, las emisiones de los lagos, estanques y ríos se clasifican
como “emisiones naturales”.
Las
investigaciones demuestran que existen variaciones significativas en
los niveles de metano producido por los cuerpos de agua dulce. Los
lagos heterótrofos, cuya agua y sedimentos solo contienen pequeñas
cantidades de nutrientes y materia orgánica, producen muy poco
metano. Las menores emisiones anuales por hectárea medidas en estos
lagos llegaron a apenas 0,78 kilogramos.
En el otro
extremo del espectro, lagos sumamente eutróficos o ricos en
nutrientes, con grandes cantidades de plantas acuáticas y algas
muertas, pueden liberar hasta 190 toneladas de metano por hectárea
por año. En otras palabras, hay una diferencia de 243.590 veces
entre la mayor y menor emisión medida por hectárea, un espectro que
abarca casi seis órdenes de magnitud.
¿Podemos, por lo
tanto, realmente suponer que la escorrentía de los fertilizantes y
el ganado no tiene nada que ver con estas emisiones? La mayor parte
del metano que se libera en el aire de lagos y embalses eutróficos
no puede en verdad considerarse emisiones naturales, y no debe
contarse como tal.
Del mismo modo,
la mayor parte del óxido nitroso que se define actualmente como
emisiones naturales de los océanos o de los suelos naturales debería
volver a clasificarse como un derivado de la ganadería.
Además, hay
muchas prácticas agrícolas capaces de reducir la cantidad de
carbono orgánico almacenado en los árboles y los suelos, así como
la deforestación tropical, que históricamente ha sido el centro de
atención. De acuerdo con estudios realizados en Argentina, Brasil,
China, Estados Unidos, Gran Bretaña, Kazajistán y Mongolia, grandes
extensiones de pasturas que solían ser praderas naturales siguen
perdiendo cantidades significativas de carbono orgánico debido al
pastoreo excesivo.
De acuerdo con un
análisis, los seres humanos queman cada año 4.300 millones de
toneladas de biomasa, clasificada como carbono. De esa cantidad, la
madera para el combustible y el uso de otras formas de biocombustible
representan 1.300 millones de toneladas, mientras que el resto está
vinculado a la industria ganadera.
Esto significa
que podríamos, al menos en teoría, reducir nuestras emisiones de
carbono en casi 3.000 millones de toneladas al eliminar la quema de
biomasa que no está relacionada con la producción de energía y
mediante el uso de la biomasa que se ahorró para remplazar los
combustibles fósiles.
Las prácticas de
quema de biomasa actuales también producen grandes cantidades de
hollín, que repercute con fuerza en el aumento de las temperaturas
en el mundo, y también generan entre 40 y 50 millones de toneladas
adicionales de metano y 1.300 millones de toneladas de óxido
nitroso.
Actualmente,
3.500 millones de hectáreas de tierras de pastoreo permanentes y
cientos de millones de hectáreas de tierras de cultivo son
explotadas para el cultivo de alimentos destinados a animales
utilizados por las industrias de la carne y los lácteos.
Si reducimos el
consumo de productos de origen animal y los remplazamos con
alternativas a base de proteínas de soja, trigo, avena u hongos, o
mediante el cultivo de células madre de animales, podríamos
convertir grandes extensiones de terreno en bosques protegidos.
Estos bosques
recuperados a su vez pueden absorber grandes cantidades de carbono de
la atmósfera. Alternativamente, se podría utilizar la misma tierra
para el cultivo de biocombustibles.
Esto significa
que deberíamos concentrarnos en la degradación ambiental causada
por la industria ganadera, que a su vez recibe la presión de una
demanda cada vez mayor de carne y productos lácteos. Gran parte de
lo que se ha mencionado merece una atención urgente y amplia y una
mayor investigación en todo el mundo.
Quizá sea
imposible detener el calentamiento global sin reducir el consumo de
carne. Sin embargo, si somos capaces de remplazar una porción
sustancial de carne con otras alternativas, alcanzar las metas
adoptadas en París en realidad podría llegar a ser mucho más fácil
de lo que cualquiera se hubiera imaginado.
Risto Isomäki es
un novelista y militante ecologista finlandés cuyo último libro,
“La carne, la leche y el clima”, analiza el impacto ambiental de
la industria ganadera.
Traducido por
Álvaro Queiruga / Editado por Pablo Piacentini
Fuente:
Risto Isomaki, El peligroso peso de la ganadería en los gases invernadero, 26/07/16, Inter Press Service.
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