Hay
zonas de la provincia donde se perdió más del 70 % de la producción,
especialmente láctea; culpan a la falta de obras de infraestructura.
por Gabriela
Origlia
La
Playosa, Córdoba. Hay dos incógnitas que desvelan a los productores: de dónde
sale el agua y qué viene después de la odisea que están viviendo. La mayoría de
los caminos rurales son ríos, el 70 % de la producción agrícola está bajo el
agua, los animales se enferman, los camiones con leche vuelcan, los
trabajadores de plantas lácteas llegan caminando para priorizar la entrada de
vehículos con materia prima o alimentos para las vacas.
Armando
Caisuti tiene 28 años, 300 hectáreas y una voluntad inquebrantable. "No
voy a abandonar -dice a La Nación-. Me achicaré o empezaré de nuevo." Hace
dos meses que lidia con el agua en Arroyo Algodón; en los últimos 15 días la
pelea se profundizó. Esta semana tiró 7000 litros de leche, dio por perdidas
120 hectáreas de alfalfa (cuesta 7000 pesos reimplantar una hectárea), la
producción de su tambo cayó 25 % y se angustia mirando el escaso alimento que
le queda para los animales.
La
Playosa, Arroyo Algodón, Pozo del Molle y Cintra son algunos de los pueblos del
sudeste cordobés que están anegados desde hace meses, pero cuya situación
colapsó en los últimos días. Es cierto que llovió por encima de la media, pero
nada explica la inundación y el agua que sigue subiendo como si hubiera (y no
los hay) ríos desbordados a metros de los campos.
Adrián
Carnero, del establecimiento lácteo Los Pinos, en La Playosa, tiene su fábrica
rodeada por una laguna. Su padre, Adolfo, lleva 75 años de trabajo y asegura
que "nunca" vio nada parecido. De 20.000 litros diarios de leche que
procesaban, con suerte, logran entrar 3000.
"No
podemos cumplir con pedidos -cuenta-. Los costos de producción se multiplicaron
por tres; priorizamos retirar la leche, pero para preservar el único camino que
queda a veces lo hacemos cada dos días." El martes se le tumbó un camión
con 7000 litros: los perdió.
Impotencia,
desazón, bronca. En la zona todos miran el cielo, pero saben que las lluvias no
explican el agua que avanza. Hay hipótesis de lo más variadas y la certeza de
obras postergadas desde hace años y promesas repetidas desde hace décadas.
Incertidumbre
Alejandro
de Elia trabaja para la empresa Alfredo José, que tiene tambos y agricultura.
De mil hectáreas, el 20 % está cubierto por agua. Ya sabe que 180 hectáreas de
maíz destinadas a hacer picado fino se perderán; no hay piso para entrar a
cosechar.
"No
hay tierra, todo se derrumba. No hay cómo cargar los silos. Cuando esto pase,
si es que pasa, habrá que fertilizar los suelos tres veces más de lo habitual
porque están lavados. La calidad de lo que se coseche será desastrosa",
resume ante La Nación.
A
Gerardo Cerutti, de la fábrica láctea del mismo nombre, lo obsesiona pensar qué
pasará si no pueden entrar la leche. Su establecimiento procesaba 80.000 litros
diarios; hoy se produce "lo que se consigue".
Los
trabajadores entran con una suerte de posta de transportes: una combi los lleva
hasta a unos kilómetros de la planta y de ahí caminan, porque todos aportan
para que las "chatas" puedan seguir pasando.
"Quiero
saber si esto va a pasar y qué viene después", se pregunta Caisuti,
consciente de que le llevará unos dos años reconstruir lo perdido. Habla y mira
a un ternero que camina con barro hasta la mitad del cuerpo. Sabe una parte de
lo que viene: vacas enfermas y una producción que cae a pique.
De
Elia relata que a cada informe que hace para su empresa lo titula "no apto
para cardíacos" y que ya empezaron a plantearles a los dueños de los
campos que arriendan que el alquiler en quintales se reduzca a la mitad -hoy
está entre 10 y 12- o los dejarán.
"Es
el día a día -añade Cordero-. Si podemos retirar materia prima, fabricamos. Nos
acostamos pensando qué pasará al otro día. Nos reunimos con autoridades y nos
piden propuestas, y nos advierten que no hay plata."
Cerutti
señala: "Sabemos cuándo vino, no cuándo se va. De dos fábricas dependen
cien familias, si se corta la cadena es un desastre". Los camiones cada
vez tienen más problemas para llegar al feedlot; la dieta de los animales pasó
a segundo plano. Se les arrima la comida lo más cerca posible; el desperdicio
de alimentos ronda el 22 %.
Del
futuro de explotaciones como las de estos productores depende la vida de los
pueblos. La mayor parte de la gente trabaja en el campo; desde los comercios
señalan que las ventas ya bajaron cerca del 30 por ciento.
Esta
zona de Córdoba es principalmente tambera y de cría; la siembra de soja es
marginal. Ya hubo cierres de tambos por la crisis del sector y hay temor de que
los problemas con el agua sumen más. El ánimo es tenso; hay cruce de culpas y reclamos
por quién usa qué camino, y si lo arruina más o menos.
Aunque
todos los productores -como lo dijeron a La Nación- viven "la
diaria", no dejan de preguntarse si alguna vez habrá caminos transitables
y canales limpios. Por ahora, compran a 13.000 pesos el camión de piedras, y
cuando el agua baja un poco tapan pozos.
Fuente:
Fuente:
Gabriela Origlia, Tambos y fábricas bajo el agua por la inundación de los campos cordobeses, 18/04/16, La Nación. Consultado 18/04/16.
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