Un
año después de evocar el centenario del Genocidio, los armenios continúan
recordando a sus ancestros y reclamando por aquellos horrores que no todos se
animan a reconocer. Mañana habrá una marcha conmemorativa en Córdoba.
por
Marcelo Taborda
No
se trata de un aniversario tan emblemático como el del año pasado, cuando la
evocación cumplía exactamente un siglo y las miradas del mundo estaban puestas
en lo que ocurría esa fría mañana de abril en la Colina de Tzizernagapert, la
“fortaleza de las pequeñas golondrinas”.
Quizá
hoy no compartan atril ni dejen atrás sus diferencias para resaltar la
coincidencia de fortalecer un símbolo global gobernantes enfrentados, como
entonces lo hicieron el francés François Hollande y el ruso Vladimir Putin.
Tal
vez no haya tantas delegaciones de la diáspora ni periodistas de todas partes
caminando las calles y poblando hoteles de Ereván.
Pero
al final de este día, decenas de miles de armenios de todos los rangos y
pareceres, ricos y pobres, viejos y jóvenes, mujeres y hombres subirán hasta el
memorial y dejarán su flor junto a la llama que rinde tributo al millón y medio
de víctimas del Genocidio.
Allí
estarán los herederos de quienes lograron sobrevivir a la persecución, el
destierro, la tortura y la muerte. También desfilarán por el lugar veteranos de
muchas guerras, con sus medallas oxidadas colgando de humanidades maltrechas
por demasiadas batallas. Y señoras o niños, con portarretratos antiguos, que
invocan a antepasados que sufrieron en carne propia uno de los primeros grandes
horrores del siglo 20, el que abrió la puerta al Holocausto judío, el que se
repitió en perversiones de otros crímenes de lesa humanidad desparramados por
el planeta en distintas décadas.
En
un rincón al sur del Cáucaso, con la omnipresente silueta nevada del monte
Ararat, separado de Armenia por la inexpugnable frontera impuesta por Turquía,
hoy se renovará el recuerdo de un pueblo hacia sus ancestros, pero también el
reclamo por el reconocimiento internacional de una historia que no todos se
animan a llamar por su nombre.
En
nombre de ellos
y
de todos
En
su última referencia anual a lo perpetrado por el Imperio Otomano y sus
herederos contra los armenios en las primeras dos décadas del siglo 20, el
presidente de Estados Unidos, Barack Obama (quien en enero dejará la Casa
Blanca), volvió a eludir la palabra “genocidio”.
Los
intereses geoestratégicos y sus alianzas en el seno de la Otan lo llevaron otra
vez a evitar entredichos con el gobierno de Ankara.
En
cambio, un año después de su explícita condena al Genocidio, el papa Francisco
planea visitar la zona, sacudida en las últimas semanas por el fuego cruzado
con Azerbaiján en Nagorno Karabaj.
Mientras
al sur del Cáucaso rige una frágil tregua, no muy lejos, en la Siria que hace
100 años cobijó a miles de desesperados, otras poblaciones enteras siguen hoy
bajo fuego o condenadas a un éxodo que nadie sabe dónde ni cómo acabará.
La
cifra de muertos en la guerra siria ya trepó a 400 mil en cinco años y los
desplazados se cuentan por millones. Pero a quienes escapan al terror del
Estado Islámico o del hambre y las calamidades de ese y otros conflictos, la
Europa más próspera acaba de acotarles la entrada y colocarles de portero y
vigilante a un gobierno turco que tiene las mejores credenciales.
Por
eso, hoy, el revoloteo de las pequeñas golondrinas en la colina de
Tzizernagapert es más que el indicio de una nueva primavera. Es el
acompañamiento a quienes nunca dejarán de llevar su flor para honrar a sus
muertos junto a la llama. Una llama cuyo testimonio no ha podido ser apagado
por ningún viento y cuyo brillo será simbólicamente seguido a miles de
kilómetros cuando mañana, una hora antes del mediodía, los armenios de Córdoba
marchen por esta ciudad.
Si
los ve pasar, sepa que su causa, contra el olvido y por la justicia, no los
involucra sólo a ellos.
Fuente:
Fuente:
Marcelo Taborda, Las otras golondrinas de Tzizernagapert, 24/04/16, La Voz del Interior. Consultado 24/04/16.

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