domingo, 24 de abril de 2016

Las otras golondrinas de Tzizernagapert


Un año después de evocar el centenario del Genocidio, los armenios continúan recordando a sus ancestros y reclamando por aquellos horrores que no todos se animan a reconocer. Mañana habrá una marcha conmemorativa en Córdoba.

por Marcelo Taborda

No se trata de un aniversario tan emblemático como el del año pasado, cuando la evocación cumplía exactamente un siglo y las miradas del mundo estaban puestas en lo que ocurría esa fría mañana de abril en la Colina de Tzizernagapert, la “fortaleza de las pequeñas golondrinas”.

Quizá hoy no compartan atril ni dejen atrás sus diferencias para resaltar la coincidencia de fortalecer un símbolo global gobernantes enfrentados, como entonces lo hicieron el francés François Hollande y el ruso Vladimir Putin.

Tal vez no haya tantas delegaciones de la diáspora ni periodistas de todas partes caminando las calles y poblando hoteles de Ereván.

Pero al final de este día, decenas de miles de armenios de todos los rangos y pareceres, ricos y pobres, viejos y jóvenes, mujeres y hombres subirán hasta el memorial y dejarán su flor junto a la llama que rinde tributo al millón y medio de víctimas del Genocidio.

Allí estarán los herederos de quienes lograron sobrevivir a la persecución, el destierro, la tortura y la muerte. También desfilarán por el lugar veteranos de muchas guerras, con sus medallas oxidadas colgando de humanidades maltrechas por demasiadas batallas. Y señoras o niños, con portarretratos antiguos, que invocan a antepasados que sufrieron en carne propia uno de los primeros grandes horrores del siglo 20, el que abrió la puerta al Holocausto judío, el que se repitió en perversiones de otros crímenes de lesa humanidad desparramados por el planeta en distintas décadas.

En un rincón al sur del Cáucaso, con la omnipresente silueta nevada del monte Ararat, separado de Armenia por la inexpugnable frontera impuesta por Turquía, hoy se renovará el recuerdo de un pueblo hacia sus ancestros, pero también el reclamo por el reconocimiento internacional de una historia que no todos se animan a llamar por su nombre.

En nombre de ellos y de todos
En su última referencia anual a lo perpetrado por el Imperio Otomano y sus herederos contra los armenios en las primeras dos décadas del siglo 20, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama (quien en enero dejará la Casa Blanca), volvió a eludir la palabra “genocidio”.

Los intereses geoestratégicos y sus alianzas en el seno de la Otan lo llevaron otra vez a evitar entredichos con el gobierno de Ankara.

En cambio, un año después de su explícita condena al Genocidio, el papa Francisco planea visitar la zona, sacudida en las últimas semanas por el fuego cruzado con Azerbaiján en Nagorno Karabaj.

Mientras al sur del Cáucaso rige una frágil tregua, no muy lejos, en la Siria que hace 100 años cobijó a miles de desesperados, otras poblaciones enteras siguen hoy bajo fuego o condenadas a un éxodo que nadie sabe dónde ni cómo acabará.

La cifra de muertos en la guerra siria ya trepó a 400 mil en cinco años y los desplazados se cuentan por millones. Pero a quienes escapan al terror del Estado Islámico o del hambre y las calamidades de ese y otros conflictos, la Europa más próspera acaba de acotarles la entrada y colocarles de portero y vigilante a un gobierno turco que tiene las mejores credenciales.

Por eso, hoy, el revoloteo de las pequeñas golondrinas en la colina de Tzizernagapert es más que el indicio de una nueva primavera. Es el acompañamiento a quienes nunca dejarán de llevar su flor para honrar a sus muertos junto a la llama. Una llama cuyo testimonio no ha podido ser apagado por ningún viento y cuyo brillo será simbólicamente seguido a miles de kilómetros cuando mañana, una hora antes del mediodía, los armenios de Córdoba marchen por esta ciudad.

Si los ve pasar, sepa que su causa, contra el olvido y por la justicia, no los involucra sólo a ellos.

Fuente:
Marcelo Taborda, Las otras golondrinas de Tzizernagapert, 24/04/16, La Voz del Interior. Consultado 24/04/16.

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