domingo, 8 de marzo de 2015

El dilema de los evacuados

Los hombres y las mujeres que debieron abandonar sus hogares en Idiazábal saben que lo peor será el regreso. Algunos dudan de volver, pero no tienen forma de salir de la encrucijada.

por Miguel Durán

No saben qué hacer. Quedaron sin casa y sin trabajo. Nadie se anima a pensar sobre un incierto futuro, conviviendo con la humedad eterna, imposible de desterrar. En su mayoría no piensan irse de Idiazábal, o porque aman su pueblo, o porque no tienen medios para radicarse en otro lado. Hay vecinos que optaron por alojarse en el acoplado de un camión para estar a metros del agua, y no lejos de sus casas. Otros pocos levantaron carpas para no abandonar lo poco y nada que les queda. Se percibe una resistencia visceral frente a una realidad acuciante, extrema, que pone a prueba a todos sin distinción de sexo ni clases. En Balnearia, el intendente dijo días atrás: “Todos somos damnificados”.

Esta es la frase apropiada para reflejar la realidad de Idiazábal, un pueblo fantasma, con un intendente que por estos días es un hombre solo que implora y espera ayuda provincial y nacional. Adalberto Crivielli es, por estas horas, el intendente de un pueblo deshabitado. Ni siquiera tiene una oficina. No hay edificio público ni inmueble que no haya sido vencido, que haya podido resistir a esa suerte de anárquico ejército devastador que es la naturaleza enfurecida en forma de agua, arrasando todo a su paso.

Una pelea desigual
Y las víctimas de esta pelea desigual contra la madre naturaleza están diseminadas por doquier, en localidades y pueblos vecinos. Conviven con sus tristezas y miserias en espacios solidarios que surgieron de la nada para ayudar a los que todo han perdido.

El Salón de Usos Múltiples de la Municipalidad de La Laguna, la localidad más próxima a Idiazábal a la que se puede llegar sin cortes de ruta, es el albergue que cobija y contiene a un grupo de familias que priorizaron salvar sus vidas, las de los viejos, las de los niños. Todo lo material quedó atrás, bajo las aguas. En el acceso al local, un hombre mayor, en bermudas, sentado en una reposera y con gorra, saluda cortésmente a los periodistas. Puertas adentro, otras son las sensaciones.

Alrededor de una misma mesa, Azucena Noemí Díaz, Ana María Lemos, Ramona Cabrera y Brian Rodríguez, un adolescente de 19 años, comparten sus problemas. De a ratos, los invade el silencio. El no saber qué va a ser de sus vidas los deja repentinamente mudos.

Berenice Vico, profesora de Física y Química del secundario de La Laguna, es una de las tantas personas de ese pueblo solidario que en su día libre acuden para colaborar. “Pero más importante que ayudar a preparar las mesas, es primero escucharlos, sirve de mucho, hacen una catarsis”, dice la docente. “Vengo para dar una mano, una se siente importante, más aún cuando se ve mucha colaboración”, completa.

“Amo Idiazábal, no me voy a ir nunca”, promete cabizbaja y sin convencimiento Azucena, quien tuvo que abandonar su casa con Ricardo Cisterna, el marido. Ana María y Ramona coinciden en no querer “pensar en lo que vendrá”. El único que reacciona de manera distinta y habla es Brian, el muchacho que está estudiando gastronomía en la ciudad de Córdoba.

“Mi viejo es albañil, mi hermano trabajaba en una imprenta y mi mamá es empleada doméstica, todos se quedaron sin trabajo. Creo que se tendrían que ir del pueblo si reciben ayuda del Gobierno, porque allá no habrá más imprenta, nadie va a pensar en construir y la gente va a tratar de recuperarse prescindiendo, primero, de la empleada doméstica. Creo que ya no hay futuro en Idiazábal. Además, ¿de dónde vas a sacar guita para reparar lo que, para mí, es irreparable?”.

“En lo que uno piensa ahora es en lo que viene”, se anima a decir Azucena. “Después será peor”, replica Ana María. Ramona no volverá a hablar.

La ley del embudo
En eso, ingresa un hombre grandote, uno de esos descendientes de italianos con pinta bonachona, que trata de calmar los ánimos, de dar un mensaje de esperanza. “Tienen que pensar que acá van a estar 15 días más y tenemos todo para atenderlos, no les va a faltar nada”, promete. Quien habla es el intendente de La Laguna, Edmundo Bosco.

El jefe municipal aclara que “no hacen falta muchos estudios para darse cuenta de que acá hace falta una gran obra de ingeniería, puentes, desagües, para desviar las aguas, porque Idiazábal es un embudo. Toda el agua va para allá. Encima, hay campos que ya no absorben nada y el agua se desplaza como si fuera una descomunal pileta a cielo abierto”.

Bosco aclara que no sabe nada de ingeniería y se queja porque no hay infraestructura para soportar entre 500 y 700 milímetros en siete días. “Ausonia hizo varios desagües, recibe agua de Arroyo Cabral y de Palestina y todo va a parar a Idiazábal”, revela. “Encima, en Ballesteros se desborda el río Tercero y esa masa de agua termina en Idiazábal”, agrega, y convoca a hacerse cargo del problema de una vez por todas a la Provincia y a la Nación en conjunto.

Bosco menciona que son alrededor de un centenar los evacuados en el pueblo y refiere que hay tres maestras que daban clase en Idiazábal y que se trasladaron a La Laguna. “Una de ellas consiguió alquilar y las otras dos no pueden conseguir casa, acá no hay oferta de alquileres”.

La solidaridad no tiene límites y la tristeza tampoco. Cuando los enviados del diario se retiran, el hombre que ve pasar la vida desde una reposera, en bermudas y con gorra, vuelve a saludar afablemente.

¿Será un evacuado?, pensó el cronista. Quedó sorprendido con la respuesta del propio hombre, llamado Héctor Córdoba. “Estoy en el exilio, tengo 77 años y la suerte de ser solo, soy inteligente... o las mujeres son inteligentes... ja, ja, ja”.

Los que pudieron escapar del campo


El sacrificio y el sufrimiento le brotan por los poros a una mujer joven con dos criaturas. Miriam Susana Bianco tiene 23 años y se la ve cansada.

Son los únicos evacuados que no son de Idiazábal. La joven mujer cuenta que vivieron en medio del agua varios días. “Vivíamos en un campo cerca de Pasco y el agua me llegaba a los pechos. Me vine con los chicos, pero mi marido, Eleuterio Frías, se quedó a hacer el tambo en medio del agua. Cuando puede, viene a comer acá. Allá no tiene comida”.

Miriam habla poco. Está ensimismada meciendo el cochecito donde lloriquea Ludmila, de 7 meses. Facundo, el de 3 años, corretea alrededor y parece contento de vivir en ese inmenso salón.

- ¿Si el agua te llegaba al pecho, dónde dormían, qué hacías con los chicos?

- A ellos los teníamos arriba de un acoplado de un camión. Todos dormíamos en ese acoplado hasta que nos pudieron traer al pueblo.


Fuentes:
Miguel Durán, El dilema de los evacuados, 08/03/15, La Voz del Interior. Consultado 08/03/15.
Los que pudieron escapar del campo, 08/03/15, La Voz del Interior. Consultado 08/03/15.

No hay comentarios:

Publicar un comentario