por Gabriela Origlia
Córdoba. Romina Marcantonio, su esposo, Carlos, y sus hijos, Octavio y Briana, empezaron una vida nueva hace una semana. Los obligó el agua. Ella llora cuando dice que pasó sus 28 años en Idiazábal y que se mudó a Villa María porque se inundó dos veces en 12 meses. Llora y repite que ni siquiera quiere volver a ver cómo está su casa. Adentro quedó todo lo que tenían, sólo alcanzaron a salvar un poco de ropa y la cama del nene.
Idiazábal es un pueblo a 240 km al sudeste de Córdoba, cuya principal actividad es la producción agropecuaria. De sus 1300 habitantes, por estos días sólo quedan 150, entre ellos, el hermano de Romina, Franco Martiarena, que resiste con su esposa embarazada (espera para abril) y su hija de nueve años. Fue quien se llevó a sus sobrinos a las 7 de la mañana del día en que el agua alcanzó un metro en la casa de su hermana.
"A nosotros el agua nos llegó hasta la puerta, levantamos un terraplén para cubrirnos porque el suelo no absorbe más. Las paredes ya tienen humedad, pero tratamos de luchar, de defender lo que nos queda", dice Franco. Tienen miedo y no salen porque es imposible andar por el pueblo. Saben que los esperan unos 15 días más de agua. Los pocos movimientos que hacen son para ayudar a otros que también resisten.
Recuerda que hace un año primero fue la lluvia y después empezó a subir el nivel del agua y a cubrir las calles del pueblo: "Esta vez fue todo junto, de golpe. No dio tiempo a nada. Cuando quisimos darnos cuenta, la inundación ya estaba".
Romina se despertó a las 4 de la madrugada por un fuerte "olor a cloacas". Era el agua que subía por la rejilla del baño. Saltó de la cama y llevó a su nena a dormir con ella. A las 6 empezó a tratar de escurrir los pisos; los vecinos la ayudaron a poner bolsas de arena en la puerta que da al patio. No alcanzó. Esta vez no había ninguna posibilidad de quedarse. Aunque estaba a unos 500 metros del canal, la crecida no daba tregua.
"El agua subió un metro, mucho peor que el año pasado. No quiero volver, veo fotos del pueblo y no lo puedo creer -cuenta-. Me da rabia que nos pase esto y que nadie haga nada; también tengo mucha tristeza porque Idiazábal me vio crecer y quería que mis hijos vivieran ahí porque es tranquilo." El agua le ganó al deseo y ya alquilaron una casa en Villa María, donde Octavio empezó el colegio. No les sobra un peso; su marido es transportista y ella, ama de casa. Perdieron todo lo que había en la casa que alquilaban hacía dos años.
Como a muchos otros que dejaron su lugar por las inundaciones, a Romina y su familia el agua los persiguió. En la puerta de la casa de su abuela en Villa María -que también sufre por el temporal- su hijo mira a Romina y murmura: "Acá también llega el agua". No le explica nada, sólo dice a La Nación que tiene una "nueva vida, por desgracia".
Fuente:
Gabriela Origlia, Cambiar de ciudad, para no volver a inundarse, 08/03/15, La Nación.

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