Entrar a la zona de exclusión de la desvencijada planta
nuclear de Fukushima es una experiencia perturbadora.
por Rupert Wingfield-Hayes
También es, estrictamente hablando, ilegal. Es un viejo
cliché decir que la radiación es invisible, pero sin un contador Geiger con que
medirla sería fácil olvidar que este es uno de los lugares más contaminados del
planeta.
El pequeño pueblo de Tatsuno se encuentra a 15 kilómetros de
la planta. A la luz del sol, los árboles de la planicie forman un conjunto
amarillo y oro. Pero luego me doy cuenta de que estos fueron una vez campos de
arroz limpio. Ahora, la hierba y las malezas se elevan sobre mí.
En la calle principal del pueblo el silencio es
ensordecedor: no hay ninguna persona, auto o perro. En una de las casas la ropa
lavada sigue colgada, aunque hace rato que está seca. Y alrededor mío,
invisible -en el suelo, en los árboles- la radiación permanece.
Pero en lo alto de una montaña detrás del pueblo hay una
finca, y ruido. Hay dos grandes establos de metal con vacas, al meno unas 400.
Sentado al lado de una estufa de madera y bebiendo café está Masami Yoshizawa,
de 58 años de edad.
No debería estar acá. Ni sus vacas. Él debió haberse ido y
las vacas deberían haber muerto. Pero Yoshizawa se niega a partir o sacrificar
a sus animales.
"Nunca seré capaz de sembrar arroz acá de nuevo",
dice. "Ni vegetales, ni fruta. Ni siquiera nos podemos comer los
champiñones que crecen en los árboles; están contaminados. Pero no voy a matar
a mis vacas. Son un símbolo del desastre nuclear que ocurrió aquí".
Desde la entrada de la casa de Yoshizawa se pueden ver las
altas chimeneas blancas de la planta nuclear. Desde acá, es fácil entender la
furia y el odio que la gente como él siente hacia la Compañía Eléctrica de
Tokio (Tepco, por sus siglas en inglés).
Un informe del paramento japonés publicado en julio deja
claro que las fusiones de los reactores de Fukushima no fueron el resultado
inevitable de un desastre natural extraordinario. Fue una catástrofe hecha por
el hombre.
Pero también está claro que el desastre pudo ser mucho peor
si no hubiera sido por las acciones de cientos de empleados de Tepco.
"Soy responsable"
Inmediatamente después del desastre los medios de
comunicación extranjeros, entre ellos la BBC, bautizaron a los trabajadores
como los "50 de Fukushima".
Aunque, de hecho, nunca fueron 50. Cientos de trabajadores
se quedaron en la planta, enfrentándose a altos niveles de radiación, para
lograr controlar los reactores. Muchos siguen ahí.
Y, sin embargo, se ha oído poco de ellos. Nada de premios,
ni artículos en periódicos o entrevistas en televisión. Ni siquiera sabemos sus
nombres.
Tardamos semanas en persuadir a uno de ellos para que
hablara con nosotros. Y, no obstante, insistió en que no le tomáramos fotos ni
reveláramos su nombre.
Nos encontramos en un día lluvioso en un parque en Tokio,
lejos de cualquier muchedumbre.
El joven describió cómo él y otros trabajadores de la planta
volvieron tras la explosión del primer reactor.
"La persona que nos envió de vuelta no nos dio ninguna
explicación", dice. "Parecía que nos estuviera mandando a una misión
suicida".
Le digo que lo que él y sus compañeros hicieron fue heroico,
que deberían sentirse orgullosos.
Él sacude su cabeza, y pone cara de angustiado.
"Desde que ocurrió el desastre, no ha habido un solo
día que me sienta bien conmigo mismo", dice.
"Incluso cuando salgo con mis amigos, es imposible
sentirse feliz. Cuando la gente habla de Fukushima, siento que soy
responsable".
"Estrés múltiple"
Para un extranjero esa reacción es difícil de entender. Para
que me ayude, le pregunto al doctor Jun Shigemura, de la Universidad Nacional
de defensa en Japón, uno de los dos doctores que han estudiado a los
trabajadores de Fukushima.
Su investigación sugiere que la mitad de los que lucharon
contra las fusiones de los reactores sufren de depresión y síntomas de estrés
postraumático.
"Los trabajadores han sufrido estrés múltiple",
dice.
"Experimentaron las explosiones en la planta, el
tsunami y tal vez la exposición a la radiación. También son víctimas del
desastre porque viven en el área y perdieron sus casas y miembros de sus
familias. Y también está la discriminación".
Sí, discriminación. Los trabajadores no solo no están siendo
elogiados, sino que se enfrentan a una hostilidad activa por parte de la gente.
"Los trabajadores han tratado de alquilar
apartamentos", dice Shigemura. "Pero los caseros los rechazan,
algunos les lanzan botellas de plástico y muchos les pegan carteles en las
puertas de sus casas que dicen 'Váyanse, Tepco'".
"No son héroes"
En los años 60 y 70 lograr que las comunidades rurales
aceptaran las plantas fue difícil.
Les prometieron carreteras e infraestructura deportiva. Les
prometieron trabajos pagados en la planta y a muchos de ellos les dijeron que
las instalaciones no eran peligrosas.
Ahora que la mentira ha sido trágicamente expuesta, el
sentimiento de traición es enorme.
Antes del desastre, Seiko Takahashi nunca pensó en el
activismo. Ahora, esta madre, residente en Fukushima, es una activista
apasionada. Y admite que hay poca simpatía con los trabajadores de Fukushima.
"Para nosotros nos son héroes", dice. "Siento
pena por ellos, pero no los veo como héroes. Los vemos como un bloque. Trabajan
para Tepco, ganaban altos salarios. La compañía ganó mucho dinero por la planta
nuclear, y eso pagó por sus buenas vidas".
Y ese es el punto final. En Japón, la gente se identifica
mucho con la compañía con la que trabaja. Muchos se presentan con el nombre de
su compañía antes de decir su nombre.
Pero esos estrechos lazos entre los trabajadores de
Fukushima y Tepco están cobrando un terrible peaje psicológico en los hombres
que salvaron a Japón de un desastre nuclear mucho peor.
Fuente:
Rupert Wingfield-Hayes, El cruel destino de los "50 de Fukushima", 03/01/13, BBC Mundo.

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