Corralito es un pueblo situado a escasos 100 km de la capital
cordobesa, parecido a muchos otros pueblos del sur de la provincia, que han sido cercados cada vez más cerca por los campos de soja y maíz transgénicos,
y cuya supervivencia económica hoy depende de esa explotación. A esta realidad,
ya preocupante, se suma que en este pueblo de alrededor de veinte manzanas,
tres están ocupadas por la
Aceitera Genera Deheza, con sus enormes silos para almacenar
granos y todo el tratamiento. Esto sin contar la cantidad de silos que se
distribuyen en distintas partes de la localidad. No hay ninguna prevención del
contacto con agroquímicos en la planificación urbana: barrios recientemente
levantados por la municipalidad surgen linderos a los campos, las escuelas, la
policía, el dispensario, viviendas literalmente rodeadas por los cultivos. La
gran mayoría de la población depende de la producción agropecuaria, directa o
indirectamente, con trabajo registrado o absolutamente precario, y todos los
vecinos entrevistados coinciden en que, en el pueblo, el poder económico y
político de “los gringos” (como llaman a los propietarios de los campos) es
enorme, por lo que resulta muy difícil denunciar cualquier consecuencia
negativa de esta actividad y el temor a represalias es muy grande.
Juan Aberto Goy no es un vecino cualquiera en Corralito.
Dueño de un importante archivo documental que ha recopilado durante más de dos
décadas, es autor de sendos libros que rescatan la historia de Taco Ralo y de
Corralito.
Un día de enero de 2010, Goy llenaba una bañadera para bañar
a su pequeña hija, cuando notó que el agua tenía espuma y un fuerte olor. Al
meter el brazo, salía cubierto por un líquido aceitoso. Inmediatamente realizó
la denuncia frente a la policía y a la Cooperativa de Obras y Servicios Públicos,
responsable de la distribución.
Se tomaron muestras que, estudiadas por el Laboratorio
Alimento Seguro de la ciudad de Río Tercero, mostraron componentes fenólicos en una
proporción diez veces mayor a lo aceptable. La presencia fue de 0,1 miligramos por litro (mg/l), cuando lo permitido
es 0,01 mg/l. Los fenoles son sustancias orgánicas utilizadas para la
elaboración de agroquímicos, entre otros usos. Otra de las conclusiones de la
investigación de la
Cooperativa fue que la sustancia había ingresado a la red de
agua desde alguna conexión domiciliaria.
Goy explica: “Esa agua se contaminó aparentemente porque de
noche venían con la cisterna que
utilizan para fumigar, que necesita miles y miles de litros de agua, y para no
comprarla ponían la manguera a la noche. Mientras se llenaba, en un par de
ocasiones, se cortó el agua y entonces hizo lo inverso, y se volvió todo el
agua del tanque a la red”.
El caso era grave, varios de los vecinos afectados por lo que
la Cooperativa ,
aunque en el primer momento intentó negar lo ocurrido, no pudo evitar que
trascendiera la información y alertara a la población. Sin embargo, lamenta
Goy, “sanción no le aplicaron a nadie, siendo que podían porque sabían que eran
cuatro o cinco” quienes realizaban esa práctica.
Goy se muestra preocupado. Durante su relato, va detallando
distintas anécdotas y circunstancias en torno a la presencia de agrotóxicos en
su localidad, remontándose a los años 60, durante la guerra de Vietnam, cuando
en la química de Río Tercero se procesaba el letal agente naranja. Veneno que fue
luego reciclado y disuelto para utilizar como insecticida, detalla. “Hace
quince años, se abrió en los alrededores de Corralito una cárcava donde
encontraron tachos de 200
litros con ese producto, residuo del gas naranja que se
había procesado durante tantos años enterrado. Vos pinchabas el tarro y salía
una brea negra”.
22 reclamos, 22 silencios
Alberto Goy tiene presentadas ante el municipio 22 notas con
diferentes reclamos, ninguna de las relacionadas con los agrotóxicos ha
recibido respuesta. En ellas ha ido asentando las innumerables denuncias de
irregularidades y peligros. “Al lado de mi casa había un galpón con más medio
millón de litros de productos químicos separado por una tapia. Un día se cayó
una pila, y el chico que estaba encargado vino corriendo a mi casa a pedir una
pala para tapar porque salía el humo del amoníaco”.
En el centro del pueblo, imponente, surgen los silos y las
instalaciones de la
Aceitera General Deheza, a través de las cuales pasan las
vías del ferrocarril “hace poco -comenta Goy-, la municipalidad dijo paren la
mano, venían los fumigadores, y fumigaban todo el predio a plena siesta, para
matar los yuyos de las vías que pasan por allí”. La gran mayoría de la
producción agrícola de la zona es absorbida por la aceitera.
Continúa enumerando los riesgos ambientales que sufre la
población de Corralito: “Tenemos el hangar de una empresa de fumigación acá a 500 metros , que es el de
Pancello, emblemático de la fumigación. Los aviones, cuando salen del hangar y
dan vuelta para ir a fumigar, pasan por arriba del pueblo, vienen, bajan, todo
por acá. Él (Pancello) asegura que los fumigadores cortan, pero a mí siempre me
queda la duda, una gota queda, y una gota a esa altura cuando se vaporiza, es terrible.
Además hemos visto las plantas, las quintas, una serie de consecuencias que ha
habido y que te dan la certeza de que efectivamente es tóxico y hace mal”.
“Hubo un momento -continúa-, en que traían las arañas esas altas que usan para
fumigar, y las lavaban en el lavadero en la YPF , al lado de mi casa. De Tancacha venían a
lavar porque allá no los autorizaban. Eso era veneno puro. Durante años se
tiraron muchos venenos acá. Ahora ya no lo hacen”.
Corralito es más que una bomba de tiempo lista para explotar.
Los venenos acumulados a lo largo de los años, han hecho que, de manera
imperceptible para las estadísticas (dependen del Hospital Zonal de Río Tercero),
la enfermedad y la muerte se hayan instalado en Corralito, en forma de
afecciones respiratorias, cardíacas, oncológicas, que van marcando la vida de
sus habitantes.
Los vecinos hoy comparan su situación con la de Barrio
Ituzaingó en la ciudad de Córdoba, y reclaman una cosa: que se realice un
relevamiento ambiental serio en la zona, que se tomen y analicen muestras de
tierra y agua, que se controle la sangre de los niños para verificar la
presencia de sustancias tóxicas. “No queremos generar conflicto”, repiten con
insistencia: sólo pretendemos que se respete nuestra vida y la de nuestros
hijos. “No puedo esperar a que mi hijo muera para salir a buscar justicia -afirma una vecina-, porque para mí ya no la va a haber con mi hijo muerto”.
Fuente:
Casos de contaminación y daños a la salud en Corralito, 20/01/13, Ecos Córdoba.

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