por Manuel Barroso
En el barrio de Villa Elvira, como en gran parte de La Plata, la lluvia del 2 de abril no cesó durante horas. Una de sus zonas, conocida como El Joelito, alberga más de 300 familias. La mayoría de nacionalidad paraguaya. Calles de tierra y angostas, de una sola mano, organizan el territorio en manzanas. En la esquina de una de ellas está el terreno de Rita Benítez. Por la presencia de perros y gatos por doquier está cercado con un alambrado que además tiene cañas entrelazadas, chapas, puertas de aluminio acostadas en el suelo y hasta la lona de lo que alguna vez fue una pileta Pelopincho. En él hay dos casas hechas de chapa y madera: la de Rita, y la de su hija, quien ya vive con su marido. Con una musculosa roja, un pantalón verde y zapatillas oscuras, Rita sale a nuestro encuentro. No terminamos de saludarnos cuando ya ofrece asiento.
Un casero banco de madera bajo un toldo que se desprende de su casa será el lugar de la entrevista. No pasaron ni cinco minutos desde que llegué y mi espalda comenzó a sentir el calor del sol que todavía no molesta como lo hará algunas horas más tarde.
Los perros corren por el patio, indiferentes a los gatos. Los nueve nietos juegan con lo que encuentran. De la casa de su hija, con un reproductor que maneja Tito, su yerno, proviene la melodía de una canción del Grupo Sombras, una banda de cumbia con al menos una década de antigüedad. La música se mezcla con la del vecino quien escucha La Champions Liga, grupo de la movida tropical surgida en los últimos años.
- ¿Nadie va a preparar el mate para convidar? ¡Estoy seguro que alguna de ustedes -señala para la casa de Rita donde están dos de sus hijas- está al pedo!- ordena Tito, seguido de una carcajada que contagia.
Hay ropa secándose, colgada en un alambre que cruza el patio. Veo a una de sus hijas manejando el lavarropas. Sé que se acerca la hora del almuerzo. Puedo intuir que son horas en las que Rita se encuentra muy atareada, independientemente de que sea un soleado sábado. Por eso intento no andar con rodeos y evitar las pérdidas de tiempo.
Si te digo 2 de abril, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza?
- La lluvia. Las inundaciones. Cuando empezó a llover, en los primeros momentos, yo estaba acá -señala su casa- y después me tuve que ir a la de mi hija, porque ellos tenían cuchetas y el agua a esa altura no llegaba. Por suerte ahí estábamos mejor.
¿Habías tomado alguna precaución?
- Noooo, ¡Yo pensé que era una lluvia más! Jamás imaginé que iba a pasar… -hace una pausa mientras titubea- lo que ya sabemos.
Yo hace tres años que estoy viviendo acá y fue la primera vez que llovió así, nunca imaginé que podía ser tan fuerte por eso no hice nada cuando comenzó a llover.
En verdad, es la primera vez que me inundé. Una vez vino una tormenta grande cuando yo estaba trabajando y volvía a las 6 de la mañana. Ese día llegué y vi que estaba todo el techo tirado, pero fue por la tormenta fuerte y el viento. Pero nunca imaginé que iba a suceder algo como esta vez.
¿Cómo fue levantarse al otro día y ver como estaba el barrio, con los vecinos en la misma situación?
- Fue una desesperación muy grande. Yo ahí ya estaba sin trabajo y dije “¡La puta madre, justo ahora que estoy sin trabajo!”. Porque si tengo trabajo no es nada esto, hago algo enseguida. Yo acá no conocía a nadie, acá nunca vino nadie. Esto es una tierra oculta, nadie sabe nada de este lugar. ¡No sabía adónde ir a pedir recursos, no sabía nada!
Ellos -señala a los chicos de La Cámpora- fueron muy generosos por recorrer esta zona. Vieron que este era un lugar realmente necesitado. Mediante ellos tengo colchón, frazadas, porque encima se venía el invierno.
¿Los vecinos ayudaban o cada cual se intentaba salvar a sí mismo?
- Cada cual se intentaba salvar como podía, eso es verdad. A parte ellos -otra vez hace mención a los militantes- ayudaron mucha gente acá, son los únicos que trajeron médicos, agua, pastillas para desinfectar el agua, fueron los únicos.
Que yo sepa nadie vinculado con el gobierno, allá -hace una indicación en dirección a la calle 609- supuestamente vinieron unos que trabajaban con el intendente Pablo Bruera -me sonríe buscando complicidad, y la obtiene-. Pero… yo de ellos no recibí nada.
¿Qué fue lo primero que atinaste a salvar en la inundación?
- Lo primero que salve fueron los documentos. En una parte tengo un piso más alto y entró menos agua. Ahora tengo los papeles un poco más arriba, en un cajón, pero tampoco muy alto por si se me llega a volar el techo -sonríe, intenta tomárselo con humor-.
Por suerte, por decirlo de alguna manera, ocurrió antes del invierno, y después ellos -nuevamente hace referencia a La Cámpora- trajeron zapatillas, ropa, frazadas y colchones cuando estaba por empezar el frio de verdad.
Acá no hay nada hecho, es un barrio olvidado. Según dicen, no está en el plano. Pero hay miles de personas que viven acá y no hay nada para desagotar o que al menos el agua corra. Hasta que no se seca, el agua no se va.
¿Cuál fue la reacción de los más chicos durante esos días?
Se acerca uno de sus 9 nietos con un pedazo de mortadela y le ofrece a Rita, quien acepta y me ofrece a mí también.
- Ellos estuvieron muy mal. -Intenta no parpadear para evitar derramar una lágrima, pero tiene los ojos muy brillosos. Muy brillosos. Con la mirada me dice que no quiere hablar de eso. Y cambia de tema-.
Hoy en día, cuando comienza a llover, ¿sigue ese temor… Antes de que termine de hacerle la pregunta, Rita responde:
- Sí, siempre tengo miedo de que vuelva a pasar lo mismo. ¡Vivo limpiando las canaletas para evitar que se inunde de vuelta mi casa!
A mí el agua me llegaba hasta acá -y se toca la rodilla derecha con su mano izquierda, porque en la otra tiene el mate-, ¡Era impresionante! Los animales se salvaban como podían.
¿Cuál es la necesidad más importante que tiene hoy?
- Yo la necesidad más latente que tengo es el piso. Mira, hoy en día no tengo piso, es de tierra, ¿Ves que no tengo ni piso? -me pregunta, sabiendo que yo voy a asentir-.
El tema mío es mi casa, quiero levantarla más, alejarla del suelo, pero… ¿Cómo lo hago? -hay una pausa en la que toma un mate mientras de fondo escucho a los perros ladrar-.
Hoy en día tenemos que vivir con miedo. Trato de hacer de todo para que no me entre agua pero sigue entrando, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? -le da el último sorbo al mate-. No puedo solucionar nada.
Llegando al mediodía se acerca el final del encuentro. Rita parece haber sido ubicada por sus pares un escalón más arriba que el resto: como autoridad, como ejemplo por ser una luchadora incesante, como modelo a copiar por su generosidad. Tras 17 años consecutivos trabajando en una empresa de limpieza, hoy se encuentra desocupada. Un problema de salud le impide conseguir empleo. Orgullosa de su familia, previo al almuerzo que no va a dejar que nadie se pierda, con una mirada que rebalsa de alegría, aprovecha para contarme que esta por ser bisabuela.
Ofrece sándwiches de milanesa que atrapan de solo verlos. Cuando se acerca la bandeja, el olor me hace recordar el hambre que venía padeciendo desde hace rato.
-¡Que rica está la comida, Rita!- declara alguien que ya no tiene la boca llena. Pero ella, lejos de adueñarse de ese halago, dice: ¡Yo no las hice, fue mi hija!
Dueña y defensora a muerte de lo suyo, jamás aceptara un crédito que no le pertenece.
Ella es Rita. Rita de Joelito.
Fuente:
Manuel Barroso, Los que viven con miedo, 11/10/13. Llueve sobre mojado.
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