La eficiencia energética se plantea como una de las
políticas de freno para el cambio climático y la consecución de sociedades
sostenibles, junto con el desarrollo de energías renovables y una política de
transporte menos agresiva con el medio.
Ello no implica renunciar a la calidad de vida, sino la
obtención de los mismos bienes y servicios energéticos empleando para ello
menos recursos. Esto se consigue con la mejora de los procesos, la
cogeneración, el reciclaje, el uso de productos menos contaminantes y un
consumo inteligente, es decir, utilizar solo aquella energía que realmente
necesitemos.
¿Por qué no se logra eficiencia energética?
En la actualidad se actúa sobre la urgencia pero
hay que armar programas que vean a la eficiencia en sí misma como una fuente de
energía.
por Pablo Bertinat
El 5 de marzo se conmemora el día de la eficiencia
energética. Pero ¿qué es la llamada eficiencia energética, cuándo se la convoca
y por qué nunca se alcanza?
El uso eficiente de la energía se asocia a un conjunto de
acciones que apuntan a obtener los mismos servicios o más pero con menores
cantidades de energía. Esto significa satisfacer nuestras necesidades de calor,
frío, transporte, iluminación, etc. cada vez con menores cantidades de energía.
Esto se puede lograr a través de mejores tecnologías, diseños óptimos, buenas
prácticas y concientización y educación. Esto debería ser parte de un proceso
continuo de mejora.
Estamos habituados que se convoque a la eficiencia
energética en momentos críticos. O sea, por ejemplo, cuando la demanda
eléctrica del verano amenaza con colapsar los sistemas de distribución de la
energía. En este caso la preocupación mayor no es en sí misma consumir menos
sino, solo evitar daños mayores ya que de producirse el colapso no se podría
seguir vendiendo energía. Una vez que pasa el peligro los programas de
eficiencia energética se deprimen.
Este no es un problema local, sino que ocurre en toda
América latina. En el trabajo "Situación y perspectivas de la eficiencia
energética en América latina y el Caribe" elaborado por Cepal en 2009 se
concluye que la situación de los diferentes programas en los distintos países
es muy dispar. Se marca también la falta de conocimiento de los usuarios y la
idea de que la mera existencia de leyes, decretos, regulaciones o programas no
garantiza el éxito de los mismos. Además, se indica la dificultad para
monitorear los resultados. Más allá de algunos éxitos parciales se observa un
fracaso general en los programas de eficiencia energética.
Seguramente son muchas las causas del fracaso global de
estos programas. Pero existe una causa principal. Es la profunda contradicción
entre un sistema que se sostiene en la medida de que venda energía cada vez en
mayores cantidades y la ambición de los programas de eficiencia de que en
definitiva intentan que se venda menos.
La lógica mercantil incorporada en un bien que debería ser
realmente un servicio público impregna toda la operatoria energética y no solo
para el caso de la energía eléctrica sino para los combustibles líquidos,
sólidos y gaseosos. Es muy probable, por ejemplo, que si los sectores
residenciales de mayores consumos de electricidad en nuestra provincia
redujeran sus consumos, las cuentas de la empresa de distribución eléctrica se
vean afectadas drásticamente a riesgo de que no cierren. Vemos aquí una
contradicción intrínseca entre apuntar a la eficiencia energética y sostener el
sistema mismo.
Se trata de repensar el sistema en sí mismo, de desarticular
la lógica mercantil alrededor de la energía y fortalecer estructuras
regulatorias y normativas que incorporen el objetivo de la energía como un
medio de satisfacer necesidades y no como un objetivo en sí mismo. Las nuevas
estructuras regulatorias debieran privilegiar el servicio público, el acceso,
el derecho, la satisfacción de necesidades anudando esto al objetivo de
lograrlo cada vez con menos cantidad de energía. No es bueno que crezca la
cantidad de energía que necesita el país sino poder decir que podemos estar
mejor con menos cantidad de energía.
En el trabajo "Reducir emisiones ahorrando
energía" publicado por la Fundación Vida Silvestre en 2007 se indica que el
potencial de ahorro de energía en nuestro país en el sector eléctrico es del
orden del 18 al 30 por ciento y del 21 al 30 por ciento en el sector de gas
natural. Seguramente los ahorros posibles en el transporte podrían alcanzar
valores similares. Mientras se estima que el déficit de la balanza comercial en
el sector energético este año superará los 6.000 millones de dólares el retorno
de la inversión en eficiencia energética puede alcanzar una relación de veinte
a uno. O sea por cada peso puesto en eficiencia podemos ahorrarnos veinte en la
infraestructura nueva evitada y los combustibles ahorrados.
Avanzar en procesos de eficiencia energética requiere
indefectiblemente del hecho de concebir la eficiencia en sí misma como una
fuente de energía. En este sentido, concebirla como una fuente presupone hacer
trabajos de exploración y búsqueda de la eficiencia. En términos más sencillos
estamos diciendo que debemos buscar eficiencia, debemos invertir para buscar
eficiencia. Mientras se anuncian decenas de miles de millones de dólares para
la exploración de combustibles fósiles no convencionales con los gigantescos
impactos del proceso de extracción y quema de los mismos no existen programas
de exploración de eficiencia en nuestro país.
Debemos entonces repensar la lógica alrededor de la energía,
fortalecer la idea de derechos, construir un nuevo horizonte asociado a
satisfacción de necesidades y no a consumo y en este marco concebir a la
eficiencia energética como un proceso necesario pero no suficiente.
Pablo Bertinat es ingeniero electricista, magister en sistemas ambientales
humanos, integrante del Taller Ecologista
Fuente:
Pablo Bertinat, ¿Por qué no se logra eficiencia energética?, 03/03/13, La Capital.

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