Australia
ha sufrido incendios forestales durante milenios. Pero el infierno
del Sábado Negro de 2009 fue inigualable en términos de pérdida de
vidas. Casi una década después, los supervivientes aún sufren las
secuelas.
por Stuart
Braun
Cuando
recibí el SMS de mi vecino, llovía ceniza del cielo. En su mensaje,
me advertía que un incendio podría estar descendiendo sobre el
valle en nuestra dirección.
Cuando
subimos al coche para huir, no podíamos ver humo en las
inmediaciones, pero las cenizas eran una clara señal de que algo iba
mal. Diez minutos más tarde, buscamos resguardo junto a un río y
desde allí observamos, a salvo, cómo el fuego devoraba nuestra
montaña, y por último nuestra casa.
En
realidad, vivimos en la ciudad. Nos habíamos retirado a nuestra
cabaña en las montañas densamente arboladas de las afueras de
Melbourne, para escapar de una ola de calor extrema. Se esperaba que
las temperaturas urbanas aumentaran a 47 grados centígrados, según
los pronósticos. Sería el día más caluroso desde que se iniciaran
los registros meteorológicos. La semana anterior, las temperaturas
habían rondado ya los 40 grados. Según los científicos el cambio
climático está dando lugar a olas de calor que baten récords y
provocan incendios forestales.
La
advertencia oficial de "peligro extremo de incendio” para ese
día ya era generalizada a esa hora. Debido a los vientos de 100
kilómetros por hora y a una prolongada sequía, que había
convertido los vastos bosques de la región en un polvorín, el
primer ministro de Victoria advirtió que el 7 de febrero sería
probablemente el "peor día de la historia del estado”.
Muchos, incluido yo mismo, no recibimos esa advertencia.
Al
final, parece que un cambio de viento salvó nuestro valle. Sin
embargo, tuvimos que observar impotentes cómo otras ciudades del
noreste ardían en llamas. Muchos residentes estaban mal preparados.
Muchos no saldrían con vida.
"Como
media docena de motores a reacción gigantes"
David
Barton y su entonces esposa Jennifer, también trataron de capear el
calor extremo en su casa de Marysville, un pequeño pueblo conocido
por sus antiguas y pintorescas casas de huéspedes y las vastas
extensiones circundantes de altos bosques de eucalipto. Alrededor de
las 15:45 horas, la pareja notó el humo que se elevaba desde las
colinas al cielo a cierta distancia.
El
fuego se encontraba a unos 35 kilómetros (22 millas) de distancia y
se dirigía hacia el sur, todavía en mi dirección. Pero entonces un
giro en los vientos cambió el curso de las llamas en la dirección
opuesta. La encantadora aldea, donde David y Jennifer habían
iniciado un negocio de antigüedades el año anterior, pronto se
encontraría al paso de un gran fuego.
En
ese momento los vientos eran de unos 120 o 130 kilómetros por hora.
En la ciudad, la temperatura ascendió a 56 grados centígrados. La
pareja ayudó a evacuar a enfermos y ancianos. Cuando Jennifer se
encontraba de camino al hospital con una mujer mayor, David decidió
irse también; eran alrededor de las 18:45 horas.
"El
cielo se volvió completamente negro”, cuenta a DW, describiendo la
escena en la que huyó. "Un rugido increíble se extendió por
toda la ciudad, como media docena de motores a reacción despegando”,
explica.
"Miré
hacia la calle principal de Marysville y pude ver una pared de fuego,
un gran resplandor de llamas anaranjadas brillantes de unos 46 o 61
metros de altura (150 o 200 pies). Sobre ella se elevaban otros 91 o
122 metros (300 o 400 pies) de humo negro gris, agitado y
arremolinado”, recuerda.
"Pensé,
¡vaya!, eso no se ve muy bien”, cuenta David. La escena fue tan
"surrealista” para él que no fue del todo consciente de lo
que estaba sucediendo. Excepto su perro y un poco de agua, no se
llevó nada más.
Respirar
se hacía cada vez más difícil porque el fuego absorbía el oxígeno
de la atmósfera. Aún así, David no creía que el fuego llegaría
al centro de la ciudad. Media hora después, prácticamente todo
Marysville se había reducido a cenizas. Fue una escena apocalíptica
parecida a las calles bombardeadas de Siria, según David. Como
muchos otros, perdió todo en el incendio. Ninguna casa se mantuvo en
pie.
Lidiando
con las secuelas
David
advirtió a amigos y residentes de la ciudad, pero muchos de los que
creían que podían defender sus pertenencias murieron en el incendio
más mortífero de la historia australiana. Algunos fueron
encontrados sosteniendo mangueras fundidas en sus manos, con las que
intentaron extinguir el fuego.
Un
total de 34 personas murieron ese día en Marysville. En todo el
país, el incendio cobró 173 vidas. La magnitud de los daños
causados a la comunidad es incalculable. Alrededor del 60 por ciento
de los residentes de Marysville, incluyendo a David y Jennifer,
decidieron no regresar, y en su lugar se mudaron más cerca de
Melbourne. El matrimonio de los Barton terminó dos años después.
No
fueron los únicos cuya relación se rompió como resultado del
trágico Sábado Negro, según David. Desde entonces ha escrito una
tesis doctoral sobre las formas en que los supervivientes han
experimentado "afecto, pérdida y dolor”, describiendo su
propia lucha contra el trastorno de estrés postraumático.
El
australiano cree que las cosas entre él y su esposa podrían haber
sido diferentes si la pareja hubiera regresado a Marysville para
reconstruir la aldea junto con el resto de la comunidad. En 2012,
David regresó solo y se sintió aliviado de estar entre amigos, a
pesar de la ausencia de muchos.
Señales
de advertencia y complacencia
Casi
diez años después, la estrategia oficial del gobierno consiste en
pedir a la gente "salir cuanto antes”, cuando hay una amenaza
extrema de incendio. Muchos, sin embargo, no se prepararon para lo
inevitable, según David. Especialmente los antiguos habitantes de la
gran ciudad, que se habían mudado al campo en busca de paz y
tranquilidad.
En
enero, me encontraba de vuelta en mi casa para hacer unas
reparaciones. Una vez más, las temperaturas ascendieron a 40 grados.
Para ser honesto, no tenía un plan sistemático si ocurría un
incendio. Mi única idea sería huir.
Tras
la publicación del informe de la Comisión Real de Incendios
Forestales de Victoria de 2009, se mejoraron mucho los sistemas de
alerta avanzada, incluyendo una nueva alerta "código rojo”,
que se envía como mensaje de texto a los residentes en zonas
propensas a incendios forestales en caso de emergencia.
A
pesar de todo, un centenar de casas en Nueva Gales del Sur y Victoria
Occidental fueron destruidas de nuevo por incendios forestales en
2018. Milagrosamente, nadie murió.
A
David le preocupa que los acontecimientos del Sábado Negro se
olviden con el tiempo. "Todo podría suceder de nuevo”, teme.
Y en realidad es suficiente con un cambio en la dirección del
viento.
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Fuente:
Stuart Braun, La vida después del incendio forestal más devastador de Australia, 10/04/18, Deutsche Welle. Consultado 13/04/18.
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