
Antonio Brailovsky, especialista en temas medioambientales, opinó para Télam sobre la contaminación de la Cuenca Matanza-Riachuelo, tras la audiencia pública convocada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación para recibir información sobre el plan de saneamiento de la cuenca.
por Antonio
Brailovsky
El penoso
desempeño de los funcionarios de Acumar en la Audiencia convocada
por la Corte Suprema de Justicia, refleja mucho más que la debilidad
de la gestión actual y la que la antecedió. Muestra también el
bajo grado de prioridad del tema ambiental en la agenda pública de
nuestro país.
El periodismo lo
refleja: al día siguiente hubo ocho noticias sobre esa Audiencia y
varios centenares sobre las posibles reformas al Impuesto a las
Ganancias. La diferencia: el impuesto sólo habla de dinero y en la
Audiencia se habló de la salud y la vida de miles de personas.
Desde hace
décadas, quienes trabajan el tema ambiental vienen insistiendo en
que el país está cada vez más retrasado en este tema, con respecto
a cualquier otro país del mismo o de menor nivel de desarrollo. Se
trata de una situación de desastre crónico, pero no de origen
natural, sino de origen humano.
Si relacionamos
el nivel de contaminación con la cantidad de afectados, la del
Riachuelo es una de las peores situaciones ambientales del mundo.
¿Por qué es necesario repetir lo mismo, año tras año, como si lo
dijéramos por primera vez?
En estos años,
Acumar logró empezar a ordenar lo que antes había sido un caos
administrativo, donde 14 municipios, una Provincia, una Ciudad
Autónoma y una Nación tomaban decisiones contradictorias sobre la
cuenca.
Pero los avances
en los papeles requieren de avances simétricos sobre el ecosistema,
que se demoran hasta la exasperación. Por ejemplo, las empresas que
antes volcaban clandestinamente sus efluentes al río, ahora lo hacen
con permiso oficial. Acumar permite el volcado de la misma cantidad
de tóxicos que antes estaba prohibida.
Las ONG´s que
integran el Cuerpo Colegiado señalaron la falta de una visión de
conjunto. Se hacen acciones pensadas en forma individual. Pero no hay
un mapa de riesgo ambiental, ni un mapa de pasivos ambientales, ni
una propuesta de ordenamiento territorial.
Hace 15 años,
cuando yo era Defensor del Pueblo Adjunto de la Ciudad pedí un
estudio epidemiológico. Los funcionarios del sistema de Salud
contestaron que era muy caro y que no lo iban a hacer. La Corte lo
volvió a pedir en su sentencia del 2008. El Cuerpo Colegiado lo
reitera cada vez que puede. Después de varias gestiones políticas y
de 5.200 millones de dólares gastados, nadie informó si el estudio
epidemiológico se comenzó a hacer ni con qué metodología.
El Riachuelo no
es un tema de recursos naturales. Es una cuestión de salud pública.
Alli hay gente que enferma por la contaminación, y, sin duda, hay
gente que muere por culpa de ella. El mejor indicador de la
negligencia oficial es la reiterada negativa de las autoridades de
hacerlos.
Del mismo modo
que una decisión equivocada en la guerra provoca muertes inútiles,
el no detectar a los contaminados a tiempo hará que muchos de ellos
enfermen y mueran. Recordemos que el cáncer solo es curable si hay
una detección precoz, y que cientos de miles de personas están
sujetos a una importante exposición a cancerígenos.
No sólo hay que
pensar en las debilidades e incumplimientos de los organismos de
gestión. Si en 8 años, la Corte Suprema logró sólo el
cumplimiento del 20 por ciento de la sentencia, eso significa que, a
este ritmo, tardará 40 años en cumplirse. ¿Alguien cree que la
gente puede esperar tanto tiempo en que se resuelvan sus problemas?
Se me ocurre que
la Corte está pensando en los tiempos y en los procedimientos de
otro tipo de juicios. Desde la Audiencia con Romina Picolotti en
2007, se repite la misma coreografía: los funcionarios dicen lo
suyo, la Corte los reta por incumplimiento y (a veces) algún juez
los multa. Lo que me parece claro es que la Corte aún no sabe cómo
lograr el cumplimiento de su propia sentencia.
Creo que es
tiempo de revisar el enfoque: el Riachuelo tiene graves problemas de
salud pública, que han sido subestimados por muchos de los actores
intervinientes. La sentencia de 2008 señaló que la contaminación
provocaba enfermedades y posiblemente muertes. Cualquier abogado (y,
en realidad, cualquier persona con un mínimo de criterio) sabe que
una conducta deliberada que enferme o mate a las personas puede ser
calificada como delito. Sin embargo, en su sentencia la Corte omitió
ordenar que se investigara si se habían cometido delitos por acción
o por negligencia.
El escritor
Sergio Federovisky, que hoy integra el Directorio de ACUMAR, señala
que nadie pretende combatir la inseguridad educando a los asaltantes
para que no asalten o a los narcos para que dejen de vender cocaína.
¿Por qué se sigue la ficción de que todos los problemas
ambientales se resuelven con educación?
Ocho años más
tarde, es el momento de preguntarse si no hay que revisar ese
criterio y comenzar a pensar en detectar y eventualmente sancionar
los delitos cometidos.
Antonio Elio Brailovsky es escritor, economista y profesor especializado en historia ambiental argentina.
Fuentes:
Antonio Elio Brailovsky, El Riachuelo y las prioridades de nuestra sociedad, 13/12/16, Télam. Consultado 13/12/16.
La obra de arte que acompaña esta entrada es "El Puerto", de Víctor Cunsolo.
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