Maestras,
fumigadores y banderilleros, los casos testigo en las filas obreras
del lado más oscuro del agronegocio.
por Roberto
Andrés
Fabián Tomassi
fue fumigador y su caso es el más emblemático del daño causado a
los obreros por los agrotóxicos. Hoy sufre polineuropatía tóxica
severa y atrofia muscular generalizada, y está jubilado por
incapacidad. Ana Zabaloy es maestra y exdirectora de la escuela N°
11 José Manuel Estrada de San Antonio de Areco, una escuela testigo
permanentemente fumigada. La primera vez que fumigaron estuvo 15 días
con adormecimiento facial. Jorge Salvador Guillaume fue banderillero,
asistente de aplicación aérea de agrotóxicos. En 2007 contrajo
carcinoma labial inferior. Hoy se encuentra fallecido.
“Hemos
condenado la vida de nuestras generaciones venideras por solamente
hacer de esto un negocio”
Fabián
recientemente dio una entrevista a Canal 9 Litoral y su imagen es
portada del libro Envenenados, una bomba química nos extermina en
silencio, de Patricio Eleisegui, libro que según denunció su autor
es objeto de censura por la editorial distribuidora Galerna. Fabián
fue fumigador rural en Basavilbaso, Entre Ríos. Trabajó durante
años en tareas de carga y bombeo en una empresa de aplicación
aérea. Hoy, con 50 años, sufre polineuropatía tóxica severa y es
tratado por atrofia muscular generalizada, lo que lo obliga a estar
postrado.
“Me envenenaron
y me metieron en una prisión domiciliaria. Mi vida transcurre en mi
casa. Me jubilé por incapacidad y me detectaron polineuropatía
tóxica severa, la ‘enfermedad del zapatero’. Es aspirar los
solventes que traen las sustancias, que son todas similares y afectan
el sistema nervioso periférico”. “Ahora también me está
afectando la conciencia. No sabía que el veneno modificaba el ser
consciente. Estoy perdiendo la vida”, le dijo a Canal 9 Litoral.
Tomasi estuvo en
contacto con glifosato, tordon, propanil, endosulfán, cipermetrina,
2,4D, metamidosfos, cloripirfos, coadyuvantes, fungicidas, gramozone y
otros químicos. La mayoría están prohibidos en muchos países del
mundo por su alto grado de toxicidad (solo el glifosato está
prohibido en 74 países), pero en Argentina no hay ninguna ley
nacional que regule el uso de herbicidas. El hermano de Fabián
falleció luego de haber sufrido las consecuencias de estar expuesto
a las fumigaciones.
“Tendríamos
que poder ofrecer, en mi caso, el dolor corporal para que entiendan
por qué es mi rechazo absoluto a esta matanza que está generando la
multinacional Monsanto y todos sus consecuentes que ganan dinero con
esto. Son sustancias diseñadas en laboratorios para matar. Si no lo
hacen no sirven”. “Tenemos una igualdad genética con los
vegetales de casi un 70 %. Explíquenme cómo hacemos para que esas
sustancias distingan entre el pasto y un humano”, enfatizó.
Efectivamente los
agotóxicos son utilizados para matar todo lo que no esté
predeterminado genéticamente por empresas biotecnológicas como
Monsanto para resistir. Forman parte del paquete tecnológico de
producción agrícola de siembra directa con barbecho químico y
semillas transgénicas, y pueden llegar a ser más de 400 millones de
litros de agrotóxicos por año los que se riegan en las zonas
rurales, con terribles consecuencias para la población circundante.
Fabián Tomasi es
consciente de su rol en la lucha contra el agromodelo, descarta
posibilidades de reforma y sus principales críticas apuntan contra
“la complicidad del Estado, la Justicia, gran parte de la
medicina”. “Hemos condenado la vida de nuestras generaciones
venideras por solamente hacer de esto un negocio“, sostuvo. “No
creo en un progreso que sacrifique a tantos seres involuntarios. No
solo hay que pedir que paren de fumigar en las escuelas, sino que
dejen de fumigar. Creo que estoy en la misma pelea que muchos. Estoy
totalmente convencido de que el daño ocasionado es imposible de
evitar. No sé cuánto tiempo tendrá que pasar”, concluyó.
“Esa inhalación
me produjo un adormecimiento facial que me duró quince días, tos de
dos meses y una toma de conciencia terrible de lo que estaba pasando
en la escuela”.
Ana Zabaloy
pertenece a la Escuela n° 11 de San Antonio de Areco. Esta escuela
padece el flagelo de la contaminación por agrotóxicos en una de las
zonas núcleo de la actividad sojera bonaerense. Lejos de tener las
comodidades de cualquier otra institución educativa de la ciudad,
sufre a diario los embates de los grandes productores agropecuarios,
ya que el edificio está rodeado de cultivos agrícolas. Es una de
las tantas escuelas fumigadas del país.
“La primera
fumigación y muy traumática, se hizo en pleno horario escolar a las
9 de la mañana, un día de mucho frío y niebla. El productor que
trabaja el campo vecino fumigaba con 2,4D, que como todos sabemos es
uno de los componentes del agente naranja de Vietnam. Estábamos
adentro muy encerrados por el frío. Empezamos a sentir un olor
terrible, fuertísimo. La primer señal de alarma es que los nenes
inmediatamente lo identificaron, y ellos me dijeron ‘seño, es el
olor del veneno de los mosquitos’”. “Salgo un par de minutos a
la puerta de la escuela a atender un llamado y ahí inhalo
accidentalmente la neblina. Esa inhalación me produjo un
adormecimiento facial que me duró 15 días, tos de 2 meses y una
toma de conciencia terrible de lo que estaba pasando en la escuela”.
Hace tiempo que
Ana Zabaloy maestra rural y exdirectora del establecimiento viene
denunciando las fumigaciones que llevan a cabo los productores, a tan
solo veinte metros de donde sus alumnos juegan a diario.
“De repente yo
perdí mi inocencia, porque cuando fui a denunciar esta situación
pensaba ¿quién podía no estar a favor de la salud de los chicos?
¿Quién podía no condenar esta conducta? Y bueno, me encontré con
una realidad que desconocía. Ahí se generó todo un debate. Se
escucharon muchas cosas. Dudaban de mi afección. Salieron los
productores a decir que las fumigaciones eran totalmente inocuas, que
las derivas no existían”
A partir de un
estudio realizado en la escuela por el Espacio Multidisciplinario de
Interacción Socio-Ambiental (EMISA) perteneciente al Programa
Ambiental de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de
La Plata, encontraron presencia de más de siete químicos, todos
relacionados a la actividad agrícola, en muestras tomadas en el
suelo de las hamacas donde los alumnos pasan sus recreos, en las
pruebas de agua de lluvia, en el sector de la huerta, entre otros.
“Ese análisis
sirvió mucho, porque la escuela es un caso testigo de lo que pasa
cuando las escuelas, los territorios, son fumigados sin piedad.
Cuando los intereses económicos arrasan con todos los demás
intereses, el de la salud, el de la vida, el de los derechos de los
niños”, sostuvo Zabaloy.
La maestra rural
también apunta contra la burocracia sindical: “Los grandes
ausentes en la provincia de Buenos Aires son los gremios docentes. Es
vergonzoso. No se pronuncian en este sentido por más que se elevan
notas. Tampoco existe el compromiso de la Dirección General de
Escuelas. Las inspectoras reciben las notas y las elevan. Siempre las
elevan. Deben estar por el cielo las notas”.
“En una década,
los casos de cáncer en niños y las malformaciones en recién
nacidos aumentarán un 400 %”
Pueblos enteros
son fumigados con los aviones aplicadores de agroquímicos, los
cuales sobrevuelan los sembradíos, o por aplicadores terrestres
conocidos como “mosquitos”, que transitan por zonas prohibidas
como rutas o calles vecinales.
“En 2012 se
utilizaron 370 millones de litros de agroquímicos sobre 21 millones
de hectáreas, el 60 % de la superficie cultivada del país. Esto
significó que, en una década, los casos de cáncer en niños y las
malformaciones en recién nacidos aumentarán un 400 %”, denunció
el fotógrafo Pablo Piovano en su exposición El costo humano de los
agrotóxicos.
Las personas
afectadas habitan en zonas rurales, o pueblos, que están ubicados
muy cerca de las zonas de fumigación. Muchas de ellas han trabajado
en esas empresas, y otras son contaminadas a través del agua que
beben, o el aire que respiran, como el caso de las escuelas rurales,
las cuales han denunciado incansablemente que dejen de fumigar, ya
que el viento transporta los químicos tóxicos.
“Estoy
perdiendo la vida”
Lamentablemente
las palabras de Fabián Tomasi no son una metáfora, sino la realidad
de un sector de la clase obrera. Ya lo había dicho Karl Marx en el
Capital, al analizar la agricultura capitalista: “No desarrolla la
técnica y la combinación del proceso de producción social más que
socavando al mismo tiempo las dos fuentes de donde mana toda riqueza:
la tierra y el trabajador”.
Jorge Salvador
Guillaume fue banderillero, asistente de aplicación aérea de
agrotóxicos, y en 2007 contrajo carcinoma labial inferior, un tipo
de cáncer a la boca. Pero no contamos con su testimonio. Jorge
falleció.
Fuente:
Fuente:
Roberto Andrés @RoberAndres1982, La sangre obrera envenenada por el agromodelo: “Estoy perdiendo la vida”, 05/08/16, La Izquierda Diario.


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