por Emilio Godoy
México, 29 jul
2016 (IPS). En julio de 2015, el gobierno mexicano concedió un
permiso a una firma estadounidense sobre uso de material genético
obtenido en su territorio con fines comerciales y no comerciales, en
un caso de los que avivan la preocupación en América Latina sobre
el enfoque mercantil de la biodiversidad.
El acuerdo,
catalogado con el identificador único de Absch-Ircc-Mx-207343-2, fue
avalado por el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas y beneficia a la empresa estadounidense BioN2 Inc, de la que
no hay muchos detalles.
Se asegura que se
obtuvo el consentimiento previo e informado de la organización o
individuo que posee los derechos de acceso al material, pero el
expediente oculta, por ser confidenciales, la identidad de tal
titular y del material genético obtenido.
Este es un
ejemplo de prácticas de confidencialidad que generan inquietud sobre
la aplicación adecuada del Protocolo de Nagoya sobre Acceso a los
Recursos Genéticos y Participación Justa y Equitativa en los
Beneficios que se Deriven de su Utilización, firmado en esa ciudad
japonesa en 2010 y vigente desde 2014.
Ese instrumento,
complementario a la Convención sobre Diversidad Biológica que está
en vigor desde 1993, se enfoca en el cuidado de la biodiversidad y el
reparto de beneficios por el aprovechamiento de los materiales
genéticos de todos los seres vivos.
Por América
Latina y el Caribe, solo Cuba, Guatemala, Guyana, Honduras, México,
Panamá, Perú, República Dominicana, Uruguay lo han ratificado.
Entre otros
aspectos, el Protocolo estipula que cada país parte adoptará
medidas para asegurar el acceso a los conocimientos tradicionales
asociados a recursos genéticos que están en posesión de
comunidades indígenas y locales.
Ello se hará,
precisa, mediante “el consentimiento fundamentado previo o la
aprobación y participación” de esos grupos, y con el
establecimiento de condiciones mutuamente acordadas.
“Las
expectativas de los indigenas no están bien cubiertas por el
Protocolo”, sostuvo a IPS la investigadora Lily Rodríguez, del
Instituto para los Alimentos y Economía de los Recursos de la
pública y alemana Universidad de Bonn.
La experta
subrayó desde la ciudad alemana que el protocolo es “la
oportunidad de ‘reconocer” los conocimientos tradicionales como
parte del patrimonio de cada nación y de establecer mecanismos para
respetar las decisiones que ellos quieran tomar en cuanto a compartir
sus conocimientos o no”.
América Latina y
el Caribe es la región con la mayor diversidad biológica en el
planeta, al albergar a varios de los países megadiversos, como
Brasil, Colombia, Ecuador y México.
Los temas del
Protocolo de Nagoya formarán parte del debate de la 13 Conferencia de las Partes de la Convención, que se desarrollará en el
sudoriental balneario de Cancún entre el 4 y el 17 de diciembre.
Las críticas de
pueblos indígenas y organizaciones de la sociedad civil al Protocolo
versan sobre el reconocimiento de propiedad intelectual a los
llamados bioprospectores, los centros de investigación o empresas
que buscan la información biológica para su eventual
aprovechamiento.
Además, el
reparto de los eventuales beneficios monetarios y no monetarios a
pueblos y comunidades indígenas se basa en los “términos
mutuamente acordados”, pactados, en contratos con empresas e
investigadores. Eso puede situarlos en desventaja.
En Guatemala,
organizaciones de la sociedad civil y pueblos originarios han forjado
al rojo vivo su postura de excluir a ese país centroamericano del
Protocolo de Nagoya, al cual pertenece desde 2014.
En junio, una
resolución provisional de la Corte de Constitucionalidad, el máximo
tribunal nacional, suspendió esa incorporación.
“Nos oponemos
porque faltó el número necesario de diputados para aprobarla, no se
consultó a los pueblos indígenas y da permisividad para la
experimentación, trasiego y consumo de transgénicos”, resumió
Rolando Lemus, dirigente de la no gubernamental Red Nacional por la Defensa de la Soberanía Alimentaria en Guatemala.
El activista,
cuya organización surgió en 2004 y que agrupa a unas 60 entidades,
manifestó a IPS, desde el departamento guatemalteco de
Chimaltenango, que el uso de la biodiversidad es parte de la cultura
y la vida diaria de los grupos ancestrales mayas, en cuya cosmovisión
“no se permite lucrar con el conocimiento ancestral”.
Guatemala había
acogido tres solicitudes de investigación con la planta medicinal
b’aqche’ (Eupatorium semialatum), cedro y caoba. La primera,
usada contra dolencias estomacales como los parásitos, estaba en
evaluación y las otras dos recibieron el aval en octubre de 2015
para su investigación por la privada Universidad del Valle de Guatemala.
Al ser
subsidiario de la Convención, el Protocolo acoge también
actividades que se realizaron desde la década pasada, reguladas por
las legislaciones nacionales, en diferentes países de América
Latina y que recoge un estudio regional publicado en 2014.
Por ejemplo,
Brasil ha concedido al menos 1.000 permisos para investigación no
comercial desde 2003 y 90 no comerciales desde 2000.
Entre 2000 y
2005, Bolivia autorizó 10 contratos de acceso, de unas 60
solicitudes presentadas y de las cuales varias versaron sobre la
quinoa y otros cultivos andinos.
De ellos, dos
fueron para fines comerciales. Pero a partir de leyes aprobadas desde
2010, en la nación sudamericana se veta que los sistemas de vida y
los procesos que los sustentan se puedan mercantilizar, ni
convertirse en propiedad privada. Eso supone un freno a su adhesión
al Protocolo.
En Colombia
existen permisos para recolectar muestras y para enviar material al
extranjero. Desde 2003, esa nación ha otorgado 90 contratos, sobre
199 solicitudes, y ha rubricado un contrato para investigación
comercial.
Aunque Costa Rica
no ha avalado licencias para acceso al conocimiento tradicional o
recursos genéticos en territorios indígenas, ha posibilitado 301
permisos para investigación básica para el acceso a recursos
genéticos y 49 para bioprospección y acceso a recursos genéticos
desde 2004.
La bioprospección
define la búsqueda sistemática, clasificación e investigación de
nuevos elementos con valor económico en el material genético. El
Protocolo debe evitar que ella no prive a los guardianes originarios
de su conocimiento y de sus beneficios.
Ecuador ha
recibido 19 solicitudes desde 2011 y en 2013 negoció un contrato
comercial.
Por su parte,
México ha autorizado 4.238 permisos para colección científica
desde 1996, con un bajo porcentaje de peticiones denegadas.
Finalmente, Perú
requiere un contrato para todos los tipos de acceso. Desde 2009, ha
autorizado 10 contratos, de más de 30 solicitudes, y 180 permisos
para investigación de recursos biológicos.
Ecuador es un
buen ejemplo regional del expolio de material genético, según la
denuncia de sus propias autoridades.
En el “Primer informe sobre biopiratería en el Ecuador”, divulgado en junio por
la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e
Innovación, se reveló que Alemania, Australia, Bélgica, Corea del
Sur, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda e Israel han
explotado indebidamente esa riqueza biológica.
De 128 patentes
identificadas, empresas estadounidenses poseen 35, alemanas 33,
holandesas 17, australianas 15 y el resto se reparte entre varias
naciones.
“Todo depende
de cómo los gobiernos de cada país protegen a los indígenas, según
sus propios marcos legales”, planteó Rodríguez.
A su juicio, “si
la legislación dice que ellos solos van a negociar el consentimiento
fundamentado previo -incluyendo cláusulas de condiciones
mutuamente acordadas- si no están en la capacidad de negociar, sería
bueno que el gobierno los apoye para que esa negociación sea más
equitativa y favorable para los pueblos tradicionales”.
Lemus confía en
que la suspensión en Guatemala quede en firme. “Pensamos en otras
acciones. Los pueblos deben poder tener mecanismos para protegerse de
la propiedad intelectual y la contaminación genética”, aseveró.
Editado por
Estrella Gutiérrez
Fuente:
Emilio Godoy, Enfoque mercantil de la biodiversidad preocupa en América Latina, 29/07/16, Inter Press Service. Consultado 02/08/16.
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