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| Vista del sitio de construcción de la presa Belo Monte, sobre el río Xingú, Brasil, el 13 de marzo de 2014 |
Cuando
la narrativa del soborno se impone a la de la violación de los derechos
humanos, se denuncian las contradicciones en juego en este momento histórico.
por Eliane
Brum
Y
Belo Monte por fin ha llegado a los titulares de la prensa -y a los corazones y
mentes de los “ciudadanos de bien” de este Brasil- como denuncia. Según el
diario Folha de S.Paulo, Otávio Marques de Azevedo, expresidente de Andrade
Gutierrez, una de las mayores empresas de construcción del país, reveló a la
Operación Lava Jato una trama de sobornos de 150 millones de reales (41
millones de dólares) que implicaba a la hidroeléctrica. El dinero se habría
repartido a partes iguales entre el PT y el PMDB y las empresas contratistas
involucradas en la obra de la hidroeléctrica lo habrían entregado en forma de
donaciones legales a las campañas electorales de 2010, 2012 y 2014.
Básicamente, lavado de dinero de sobornos por medio de la financiación de campañas.
Si se comprueba la trama expuesta en la delación premiada -y solo después de
eso-, Belo Monte podrá alcanzar a la presidenta Dilma Rousseff.
Hay
algo, sin embargo, que la relación entre las delaciones premiadas de la
Operación Lava Jato sobre Belo Monte ya expone de forma explícita. Dónde está
el valor, o dónde están las prioridades. La hidroeléctrica solo se convierte en
objeto de denuncia cuando la ponen en relación con una trama de sobornos que
aún tiene que probarse. A continuación, sectores que siempre han defendido la
construcción de Belo Monte y la ensalzaron como una “magistral obra de la
ingeniería”, como si se tratara de la parte buena del Gobierno de Dilma
Rousseff, pasan a denunciar la planta con la expectativa de, esta vez, alcanzar
a la presidenta.
Sucede
con Belo Monte lo que sucedió con el tema de la corrupción: la derecha pasa a
apropiarse de él. O, dicho de otro modo: se secuestran las denuncias
relacionadas con la construcción de la hidroeléctrica y se ponen bajo el amplio
paraguas de la corrupción. Con más entusiasmo, porque, si se comprueban, Belo
Monte puede llevar a lo que faltaba, una conexión con la campaña de 2014. Ante
las denuncias, Dilma Rousseff y Norte Energia, la empresa concesionaria, han
negado que se hayan producido irregularidades.
Esta
apropiación es particularmente interesante porque señala las dificultades de
una parte de la izquierda en este momento. Si la trama de sobornos aún está por
comprobar, las violaciones de los derechos humanos y la destrucción ambiental
producidas por la hidroeléctrica están ampliamente documentadas. Pero la
izquierda vinculada al PT silenció esta violencia a lo largo de todos estos
años. Y la silenció una vez más cuando se le concedió a la hidroeléctrica la
licencia de funcionamiento sin que la empresa hubiese cumplido la totalidad de
las condicionantes que, como su nombre indica, eran las condiciones para que
pudiese funcionar. Si el tema de los derechos humanos no es exclusivo de un
campo ideológico, es cierto que siempre ha sido un tema querido por la
izquierda. Por haberlo silenciado, esta izquierda se deslegitima. Y ya no sabe
qué es en un momento en el que necesita desesperadamente probar su diferencia
con relación a los que le apuntan un dedo acusador.
Belo
Monte se convierte, así, en un problema también para todos aquellos que, de
forma suprapartidista, se presentan “contra el golpe” y “en defensa de la
democracia”. El punto defendido está claro: al posicionarse en contra de la
destitución de Dilma Rousseff porque no hay una base legal para la misma, se
defiende la elección de las urnas, el voto, la democracia. Pero, aun así, la
mayoría de los participantes en estos actos y manifiestos necesitan repetir
todo el tiempo que la defensa de la democracia no se confunde con la defensa
del Gobierno, en la medida en que varios aspectos de este Gobierno son
indefendibles. Es todo menos fácil manifestarse por la democracia y el
cumplimiento íntegro del mandato de Dilma Rousseff mientras, al mismo tiempo,
la presidenta sanciona la ley antiterrorismo que, según la interpretación de
quienes aplican la ley, puede criminalizar precisamente manifestaciones y
movimientos sociales.
Esa
dificultad aumenta cuando Belo Monte despunta en el noticiario y en el discurso
del oponente como una denuncia de corrupción. Es fácil afirmar que este
Gobierno está siendo atacado, y con él la democracia, porque “ha defendido los
derechos de los más pobres”, como se ha repetido en todos los actos y
manifestaciones que he seguido. Esta es una parte de la verdad, pero está muy
lejos de ser el todo. Es mucho más difícil decir algo como “este Gobierno ha
violado los derechos de los más desamparados para construir la hidroeléctrica
de Belo Monte” o “la hidroeléctrica de Belo Monte, una de las mayores obras de
la PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento), ha producido el etnocidio de
pueblos indígenas”. Y concluir: “Pero aun así es necesario defender a
democracia y la elección de las urnas”. Es posible afirmar eso, pero la
argumentación se complica. Debemos enfrentarnos a la complicación, y pronunciar
todas las palabras, abandonando de una vez por todas las mistificaciones que
facilitan el discurso.
Belo
Monte se convierte en lo inevitable en este momento. Cuando el proceso de
implantación de la hidroeléctrica entra en la agenda de la derecha, abrigado
bajo el paraguas de la corrupción, ¿qué van a hacer los sectores de la
izquierda? Hay dos alternativas: reorganizar las prioridades, lo que significa
incluir la posible trama de corrupción en el campo de los derechos humanos y
ambientales, o silenciarla una vez más.
Debido
a la secuencia de silencios embarazosos, cuando no cobardes, a las
contradicciones no enfrentadas, a los enfrentamientos pospuestos porque había
una elección a ganar, una disputa a vencer, un giro a la izquierda por hacer o
un “menos peor” que defender, todo lo mejor que los que se posicionan “en
defensa de la democracia” pueden decir hoy es que defender la democracia no
significa defender al Gobierno. Es eso o asumir que se está a servicio del
borrado.
Pero,
es necesario alertar una vez más, Belo Monte es lo inevitable. El proceso
histórico ya ha probado que silenciar las verdades que convienen para ganar una
disputa en el campo de la política es una elección peligrosa. Solo parece
posible defender la democracia, sin defender al Gobierno, si se enfrentan las
contradicciones de este acto. En el caso de Belo Monte, esto significa afrontar
las violaciones de derechos consumadas antes, durante y después de la obra.
Hacerles frente a las violaciones de los derechos humanos y la destrucción
ambiental que están ocurriendo ahora, en este momento, en el Xingú. Y que no
pueden, una vez más, hacerse invisibles en nombre de las conveniencias, o ser
reducidas a una trama de sobornos aún por comprobar.
He
escrito, más de una vez, a lo largo de los últimos años, que Belo Monte, cuando
se desvele por completo, será el nudo que revele Brasil. Esta obra gigantesca
contiene la anatomía entera de las relaciones entre las constructoras y los
Gobiernos (en plural), que señala la historia del país desde la construcción de
Brasilia, a mediados del siglo pasado. Que esa operación entre el Estado y las
empresas contratistas se comenzase a dibujar durante la construcción de la
capital del país, un monumento modernista erigido sobre la destrucción de la
naturaleza representada por la ecorregión del cerrado, es de un simbolismo
explícito. Y aquí estamos nosotros, más de medio siglo después, ante Belo
Monte, un monumento fuera de lugar en medio del Xingú, uno de los ríos más
ricos en biodiversidad de la Amazonia, en un momento de la historia en el que
ya no es posible negar la acción del hombre sobre el cambio climático.
Si
se reduce Belo Monte a un capítulo de la Operación lava Jato, se borran libros
enteros. Esto es lo que, de nuevo, no se puede permitir que suceda. Solo hay la
oportunidad de “refundar la democracia en Brasil” —o la República—, como
algunos han defendido, si Belo Monte se mira tal y como es en realidad. Mucho
más allá de lo que la Operación Lava Jato puede mostrar. Hay que mirar al “Belo
Monstro”, como le llaman en la región del Xingú, a los ojos. Para descubrir que
están todos allí, amarillos y rojos, blancos, de cualquier color. Derecha,
izquierda. Belo Monte es un monumento que expone las contradicciones tanto de
los que gritan “contra la corrupción” y “por la destitución de Dilma Rousseff”
como de los que gritan “en defensa de la democracia” y “contra el golpe”. En
Belo Monte, hay poca gente que no tenga las manos manchadas de sangre.
Vale
la pena recordar algunos episodios de esta historia en movimiento.
- ¡Belo
Monte se va a construir!
Esta
fue la frase de Dilma Rousseff, entonces ministra de Minas y Energía de Lula,
en 2004. Es importante prestar atención a la fecha: esta escena se produjo
durante el segundo año del primer mandato de Lula. La declaración fue seguida
de un puñetazo en la mesa. Entonces Dilma se levantó y les dio la espalda a los
representantes de los movimientos sociales de la región, que le exigían
coherencia al PT, el partido al que habían apoyado y al que la mayoría estaban
afiliados. Esta escena, contada por Antonia Melo, la mayor líder viva del
Xingú, es la síntesis de la elección hecha por el partido, allá atrás, al
anunciar que se construiría la hidroeléctrica, de cualquier forma y antes de
escuchar a los directamente afectados por ella, en una decisión previa, anterior
al análisis de las consecuencias. Allí ya se había dicho casi todo, si no todo.
Para quien estuviese dispuesto a escuchar, claro está. Casi nadie lo estaba.
Esa escena explica también la elección de Dilma Rousseff como sucesora de Lula.
Entre
el puñetazo de la ministra y el inicio de la generación de energía por Belo
Monte, que se produjo la semana pasada, han pasado 12 años. Y una de las
mayores colecciones de violaciones de derechos de la historia reciente de
Brasil. Belo Monte es más que un muestrario de crímenes socioambientales: es un
monstruario. Ya lo era mucho antes de que las primeras delaciones premiadas
revelasen presuntos sobornos relacionados con la obra, ya lo era mucho antes de
que el juez Sergio Moro, de que los fiscales y la Policía Federal, siquiera
soñasen con la Operación Lava Jato. Y nadie, de ningún lado, puede decir que no
sabía, que no había sido informado. La desinformación es un lujo no disponible
en este momento.
En
2011, por ejemplo, Célio Bermann, profesor de la Universidad de São Paulo (USP)
especializado en el sector energético, afirmó en una entrevista: “No se trata
de construir una planta para producir energía eléctrica. Una vez construida,
alguien tendrá que producir energía eléctrica, pero Belo Monte no se está construyendo
para eso. Lo que está en juego es el uso del dinero público y especialmente
durante el período de cinco, seis años en que se construirá el proyecto. Es en
ese momento cuando se factura. En la construcción es cuando corre el dinero. Es
cuando se compra a alcaldes, concejales, gobernadores y se mantiene esa
situación. Estoy siendo muy claro al exponer mi percepción de lo que es una
central hidroeléctrica como Belo Monte”. Y después: “Están las personas que
ganan por la obra: los fabricantes de equipos, las empresas contratistas. Y hay
quienes ganen no financieramente, sino políticamente, por permitir que esa
articulación sea posible, porque es esa gente la que va a pagar la campaña al
próximo mandato”.
Bermann
tenía credenciales para afirmar lo que afirmaba. Había participado en los
debates del área energética y ambiental para la elaboración del programa de
Lula en la campaña de 2002 y fue asesor de Dilma Rousseff entre 2003 y 2004, en
el Ministerio de Minas y Energía. Se desafilió del PT, según él, cuando “el
bigote de Sarney estaba apareciendo mucho en las fotos”. En 2011, declaraciones
como las del profesor, fuera de las redes socioambientales, sufrían fuertes
descalificaciones. A quien señalaba las ya clarísimas contradicciones de Belo
Monte se le acusaba de no comprender las necesidades de desarrollo del país.
Vale
la pena retroceder algunos años más y releer la entrevista concedida por el
economista Delfim Netto, un exministro de la dictadura civil-militar, a la
revista Veja, a principios de 2007. Al defender el Programa de Aceleración del
Crecimiento de Lula, su nuevo amigo, Delfim Netto afirmó: “El mérito del plan
fue recuperar un proyecto de desarrollo económico y buscar encender el espíritu
animal de los empresarios.El sector privado necesita dos garantías para
invertir: la de que habrá crecimiento y la de que no faltará energía. Si
existen estas dos garantías, las inversiones vendrán. Vea el caso del complejo
hidroeléctrico de Belo Monte, en el río Xingú. Por más noble que sea la
cuestión indígena, es absurdo exigirles a los inversores que reduzcan a la
mitad la potencia de energía prevista en un proyecto gigantesco porque una
docena de indígenas cocorocós viven en la región y un jesuita quiere publicar
una gramática cocorocó en alemán”.
Según
Folha de S.Paulo, Flávio Barra, un alto ejecutivo de la constructora Andrade
Gutierrez, afirmó en una delación premiada que Delfim Netto habría recibido 15
millones de reales (4 millones de dólares) como soborno para que acomodase los
intereses de las empresas contratistas en la formación de los consorcios de la
planta de Belo Monte. Sin embargo, según el mismo periódico, Delfim Netto
“refutó con vehemencia” las acusaciones por medio de sus abogados.
La
“acomodación” de las empresas contratistas en la obra de Belo Monte fue
explícita. En 2010, poco antes de la subasta de la planta, grandes
constructoras, como Camargo Corrêa y Odebrecht, abandonaron la disputa de
repente y alegaron falta de “condiciones económico-financieras”. Ganó la
subasta un grupo de empresas contratistas más pequeñas, bajo el nombre Norte
Energia. Para simular una competición, había otro grupo, en el que participaba,
al menos, una de las grandes, Andrade Gutierrez. Este grupo fue derrotado.
Dos
operaciones se llevaron a cabo a continuación. En una de ellas, las empresas
contratistas pequeñas fueron dejando el consorcio vencedor, hasta que este
asumió la configuración actual de Norte Energia: principalmente, estatales del
sector, como Eletrobras y Eletronorte, y fondos de pensiones. En otra
operación, Norte Energia contrató a las grandes constructoras para que
ejecutasen la obra, así como a las empresas contratistas más pequeñas que
habían abandonado el consorcio. El conjunto de empresas contratistas formó el
tercer elemento, además del estado y de Norte Energia: el llamado Consorcio
Constructor Belo Monte. Es en la construcción, como se sabe, donde está el
dinero.
Esta
ingeniería no es ninguna novedad. Todo esto se contó, pero pocos creyeron que
valiese la pena al menos un espanto. Lo que importaba era el desarrollo. Y,
para algunos sectores, el mantenimiento de la creencia de que el PT, aunque
asociado a las viejas oligarquías políticas, seguía siendo un partido de
izquierdas. Y así, sin mayores extrañezas, con escasez de preguntas —por parte
de todos los lados y también por parte de la prensa—, Belo Monte fue construida
en gran parte con dinero público, enviado desde el BNDES (Banco Nacional de
Desarrollo Económico y Social). Cabe recordar que, entre la subasta de la
planta y el inicio de la operación, el costo estimado de la obra pasó de 19 a
más de 30 billones de reales (de 5.221 a 8.245 millones de dólares).
La
presunta trama de sobornos acaba de empezar a investigarse. Una delación es un
comienzo, no una conclusión. Pero la violación de los derechos humanos y la
destrucción ambiental que resultaron de esta articulación entre lo público y
privado están, como ya se ha dicho, ampliamente documentadas. Esta ingeniería
ya era bien conocida, y tuvo, cabe subrayarlo, respaldo del Poder Judicial. Es
una vergüenza que solo a partir de las delaciones premiadas de la Operación
Lava Jato exista espanto, porque eso es muy revelador de que la vida de los más
vulnerables poco importa. No solo para este Gobierno, sino para la mayoría de
la población brasileña, independientemente del lado en el que esté o del color
de la ropa que vista. Y eso, me gustaría advertirles a los que claman contra la
corrupción, es corrupción. La suya, y no solo la del Gobierno.
Cuando
los indígenas, los ribereños y los pescadores afectados, así como los
residentes en las áreas bajas de Altamira, llevaron a cabo protestas contra
Belo Monte, este Gobierno puso a la Fuerza Nacional a defender a Norte Energia.
Se criminalizó a los líderes y a los movimientos sociales. Se expulsó a miles
de personas de sus casas y también de islas del Xingú, haciéndoles perder, así,
su modo de vida, sus relaciones comunitarias, su pertenencia.
Este
Gobierno dejó a esa población sin ninguna protección jurídica para enfrentarse
a los abogados de Norte Energia. Y, por lo tanto, sin posibilidades de negociar
en términos mínimamente aceptables su “remoción obligatoria”. Los analfabetos
firmaron con el dedo documentos que no eran capaces de leer. Solo cuando la
obra se aproximaba a su fin, a principios de 2015, un grupo itinerante de la
Defensoría Pública de la Unión logró vencer todas las resistencias y llegar a
Altamira.
Esta
violencia fue vivida por Otávio das Chagas, el pescador sin río y sin letras,
por Raimunda, cuya casa fue incendiada por Norte Energia, por João, a quien se
le trabaron la voz y las piernas en la oficina de la empresa, y por Antonia
Melo, que casi perdió el corazón antes de perder su casa. Tan solo algunos
ejemplos, cuyas historias se pueden leer entre los miles de refugiados en su propio
país generados por Belo Monte.
¿Por
qué se han indignado tan pocos? Quienes denuncian un golpe contra la democracia
deben plantearse esta cuestión. Quienes defienden la destitución de Dilma
Rousseff también. En el momento en que Don Erwin Kräutler, el obispo de Xingú,
que desde hace más de diez años se ve obligado a andar con escolta policial
para que no lo asesinen debido a su lucha por la selva, afirmó que “Lula y
Dilma pasarán a la historia como traidores a la Amazonia”, ¿los sectores de la
izquierda que se callaron concluyeron que Don Erwin estaba a servicio de la
derecha? Y los indignados con la corrupción, ¿piensan que el problema son solo
los presuntos sobornos?
Veamos
lo que pasó con aquellos a quienes Delfim Netto llamó “una docena de indígenas
cocorocós”. Norte Energia les dio, durante dos años, una “mensualidad” de
30.000 reales (8.245 dólares) en mercancías a las aldeas indígenas afectadas.
Fue lo que los técnicos denominaron “el mayor proceso de cooptación de líderes
indígenas y desestructuración social”. Las aldeas se dividieron, los indígenas
dejaron de cultivar sus campos porque la comida llegaba en latitas, incluso
pueblos de contacto reciente comenzaron a consumir azúcar, aperitivos
industrializados y refrescos.
En
vez de destinar los recursos a reducir y compensar los impactos causados por la
obra, se usó el dinero para la distribución de espejitos modernos, más de 500
años después de la invasión de los europeos, en plena democracia. La
desnutrición infantil en las aldeas indígenas aumentó un 127% entre 2010 y
2012, pero los pequeños indígenas desnutridos por obra de una empresa
financiada con dinero público no parecen conmover a los “ciudadanos de bien”.
Nadie ha hecho caceroladas por ellos.
La
lógica determinaría que, en el momento en que una de las obras más grandes del
PAC llegase a las aldeas indígenas, el Gobierno, al menos, fortaleciese al
órgano de protección. Curiosamente, durante ese período, se vació la FUNAI
(Fundación Nacional del Indígena): en Altamira, se redujo el personal de 60 a
23 funcionarios. Los caciques pasaron a negociar directamente con Norte
Energia, Belo Monte se convirtió en un mostrador en el que se cambiaban
derechos por televisores.
Todo
esto sucedió, y sucede. A lo largo de los últimos meses, los impactos causados
por el llenado del lago de la central comenzaron a hacerse evidentes: toneladas
de peces murieron y las aldeas indígenas fueron tomadas por una infestación de
mosquitos. Las familias ribereñas, más invisibles todavía que los indígenas,
luchan para que se cumplan las acciones que les permitan retomar su modo de
vida mientras ven, día tras día, cómo encogen sus posibilidades de
supervivencia. En este momento la situación es aún peor, con una empresa que ya
ha conseguido todo lo que quería y un Gobierno que no gobierna.
Quien
mejor ha explicado la anatomía de Belo Monte, en la que se mezclan
perversamente el estado y el emprendedor, ha sido Thais Santi, fiscal de la
República en Altamira. “Belo Monte es el caso perfecto para estudiar el mundo
en el que todo es posible. Hannah Arendt leía los estados totalitarios. Leía el
mundo del genocidio judío. Y creo que es posible leer Belo Monte de la misma
manera”, afirmó en una entrevista concedida a esta columna. “El sustentáculo de
Belo Monte no es jurídico. Está en el Hecho, que cada día se consuma más. El
mundo del todo es posible es un mundo aterrador, en el que el Derecho no pone
límites. El mundo del todo posible es Belo Monte”.
Los
fiscales de la República en Pará denunciaron las violaciones de la ley cometidas
en el proceso de Belo Monte en más de 20 acciones en la Justicia. Una parte de
ellas obtuvieron medidas cautelares favorables en primera instancia, que
algunos presidentes de tribunales derribaron en seguida mediante un instrumento
autoritario llamado “suspensión de seguridad”. Mediante la alegación de que hay
un peligro de que “se produzca grave daño al orden, a la salud, a la seguridad
y a la economía públicas”, el mérito de la acción no se juzga en estas
decisiones. Así fue, también, como el Gobierno de Dilma Rousseff consiguió, con
el beneplácito de una parte del Poder Judicial, garantizar que Norte Energia
convirtiese Belo Monte en un hecho consumado en medio del Xingú, represando el
río y toda posibilidad de cuestionar las ilegalidades en el proceso de
implantación de la hidroeléctrica. Cuando por fin se juzgue el mérito de las
acciones contra Belo Monte, la destrucción de la selva y de vidas humanas ya
estará consumada hace mucho tiempo.
Tal
vez la hipocresía que atraviesa la sociedad brasileira quede aún más explícita
en la acción que denuncia el etnocidio indígena. En 121 páginas, los fiscales
revelan paso a paso la destrucción cultural de los pueblos indígenas promovida
por Norte Energia y el estado, con la consiguiente vulnerabilidad física. Y
piden el reconocimiento de que “el proceso de implementación de la Planta
Hidroeléctrica de Belo Monte constituye una acción etnocida del estado
brasileño, de la concesionaria Norte Energia y de la FUNAI”.
La
acción, presentada ante el Poder Judicial en diciembre de 2015, no tiene
precedentes en la Justicia brasileña, pero fue ignorada por la mayor parte de
la prensa. Las manifestaciones, de un lado y del otro, estaban en curso, pero
el etnocidio indígena nunca entró en su agenda.Que Delfim Netto, como se ha
visto, manifieste que poco le importan la vida y el destino de hombres, mujeres
y niños indígenas se entiende al recordar que fue ministro de una dictadura que
exterminó aldeas enteras. Pero, ¿y los brasileños que quieren “moralizar” a
este país? ¿O los que defienden “la democracia, contra el golpe”?
En
este momento, los refugiados de Belo Monte están ahí, enfrentándose, día tras
día, a una catástrofe humanitaria ignorada por el resto del país. En una carta
oficial datada del 7 de abril, la fiscal Thais Santi alerta: “por la forma como
se hizo (y se hace), el proyecto de Belo Monte se materializa como un motor de
eliminación de la vida humana en Volta Grande do Xingu”. Quien crea que su vida
va muy mal necesita recordar que todo lo que empeora lo hace mucho más para los
más vulnerables. Más aún si su dolor está geográficamente lejos del centro de
las decisiones políticas y económicas del país.
La
Operación Lava Jato probablemente revelará por completo la trama de sobornos de
Belo Monte. Pero, ¿qué pasa con el resto? ¿Cómo se combate la corrupción de
tantos que se han callado todos estos años? ¿La corrupción como ciudadano, como
persona, la corrupción íntima?¿Cómo se combate la corrupción que atraviesa
todos los lados del Brasil falsamente polarizado? Este es el nudo que hay que
desatar. Si no, una vez más, todo cambiará para seguir igual.
Si
no se le hace frente a Belo Monte, en la totalidad de lo que representa, en lo
tanto que dice acerca de las fracturas históricas de este país, mucho más allá
de los presuntos sobornos, ninguna propuesta es seria. No hay cómo acusar solo
al otro en esta historia. Esta es la parte incómoda. A nadie le gusta no
sentirse tan limpio, o pensar que su lado bueno no es tan bueno. Belo Monte es
inevitable en cualquier manifiesto o manifestación, de cualquier lado y también
más allá de los lados.
Restringir
la tragedia de Belo Monte a los sobornos es también una forma de eludir la
cuestión. Es posiblemente lo que va a suceder. Porque la podredumbre de Brasil
también está expuesta en el hecho de que los sobornos causan conmoción y
revuelta, pero la destrucción de la vida de los indígenas, los ribereños y los
pobres urbanos, así como la del río y el bosque, se ha mostrado, en la
práctica, perfectamente aceptable a lo largo de todos estos años.
La
mayor denuncia es precisamente el hecho de que Belo Monte solo se convierte en
denuncia cuando aparece en una trama de sobornos que, si se comprueba, puede
llegar a la última campaña presidencial. Ahí es donde se revela lo que tiene
valor. Y cuán selectiva es la indignación y cómo depende de los fines. Si contemporizamos
que este es el valor en lo que se refiere a Belo Monte, en nombre del que se
aniquilaron las vidas de tantos para que siguiesen moviéndose los engranajes,
no seremos diferente de aquellos a quienes acusamos. Si no hay cambio en lo que
tiene valor, no habrá cambio ninguno.
Como
defiendo, artículo tras artículo, situarse fuera del Brasil falsamente
polarizado es una posición. No la rehúyo. Lo más difícil este momento de Brasil
es afrontar las contradicciones, y resistir a la tentación de eludirlas. Sería
mucho más fácil si hubiese un lado bueno y otro malo. Pero no los hay. Cada
posición es espinosa, es una silla de clavos. El clavo más grande, casi una
estaca, es Belo Monte, aunque muchos siguen negándose a verlo. Belo Monte es la
versión más completa de las contradicciones de los Gobiernos Lula-Rousseff y
también del país, por eso es inevitable en este momento. Está allá, miles de
toneladas de cemento y de acero sobre el Xingú, que cuentan una historia
terrible.
Por
eso, es duro. Pero la única posición honesta conlleva asumir y afrontar las
contradicciones. Mi posición sigue siendo contra el proceso de destitución,
mientras no haya una base legal para la destitución, según lo que está previsto
en la Constitución. Y hasta ahora no la hay. Es una pequeña ironía personal,
pero, como ciudadana, tengo el deber de defender el voto de todos aquellos que
ignoraron lo que se contó sobre Belo Monte. Y así, o por ignorarlo
deliberadamente o por considerarlo poco importante, eligieron a esta presidenta
y este proyecto para la Amazonia. Defender el voto de la mayoría no es
facultativo, sino una obligación. Defiendo que se mantenga el estado de derecho
porque defendí que se mantuviese el estado de derecho que los Gobiernos Lula y
Rousseff rompieron para materializar Belo Monte.
Belo
Monte es inevitable. La historia lo mostrará. Que vengan los días.
Eliane
Brum es escritora, periodista y documentalista. Autora de los libros de no
ficción Coluna Prestes - o avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da
rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas.
Sitio
web: desacontecimentos.com
Email: elianebrum.coluna@gmail.com
Twitter: brumelianebrum
Email: elianebrum.coluna@gmail.com
Twitter: brumelianebrum
Traducción
de Óscar Curros
Fuente:
Fuente:
Eliane Brum, Lo que Belo Monte delata sobre todos los lados, 12/04/16, El País. Consultado 24/04/16.

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