domingo, 28 de febrero de 2016

Historias de dolor: el libro de Paula Mónaco Felipe sobre las desapariciones en México

Foto: Miguel Tovar.

La periodista cordobesa Paula Mónaco Felipe es hija de desaparecidos. Casi 40 años después, radicada en México, editó un libro sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Lo presentará en Córdoba.

por Daniel Santos

Paula aprendió a caminar en una marcha, o casi, pero incluso desde antes de poder hacerlo por sí misma marchó sobre los hombros de su abuelo Gregorio. Él buscó siempre a su hija, Ester Silvia Felipe, desaparecida durante la madrugada del 11 de enero de 1978 junto con su pareja, Luis Carlos Mónaco. Eran los papás de Paula, quien tenía entonces 25 días de vida.

Hoy, Paula vive en un México convulsionado y violento. Se fue hace 12 años, luego de recibirse de Licenciada en Comunicación Social de la UNC, sin la idea siquiera remota de convertirse en periodista, como su papá. Y si bien lleva una vida de militancia dedicada que tiene, como ella, 38 años, el último año y medio Paula sigue de cerca los golpes y sufrimientos de los padres de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos en septiembre de 2014 en Iguala.

Paula Mónaco Felipe presentará en Córdoba su libro Ayotzinapa, horas eternas, para el que se metió detrás de historias afines, dolores comunes, reclamos idénticos, convencida de la necesidad de luchar por la Memoria, la Verdad y la Justicia, allá y acá. Porque a Paula le duele América en el Sur y en el Norte por igual.

Encontré unas fotos mías de cuando tenía 4 ó 5 años, cargando banderas. Es muy fuerte ver hoy a otros niños haciendo eso, con esa introspección, con la sensación de sentir que el mundo no te entiende y que vos no entendés al mundo”, dice desde México, a días de tomar un nuevo vuelo hacia Córdoba. Ella lo dijo con otras palabras en su declaración en el juicio La Perla-La Ribera, en el que es querellante: “Estas personas me deben una vida con mis padres, la alegría de jugar con ellos, un abuelo y una abuela para mi hijo”.

Las vueltas de la vida, las vueltas de la muerte. Sin saberlo y sin buscarlo con premeditación, ella terminó trabajando junto a los padres de los 43 desaparecidos, enseñando a convivir con las ausencias, tan parecidas a las propias. “Soy hija de desaparecidos y este libro no pretende objetividad, pues mi propia historia condiciona la que relato”, asegura. Ella asume las críticas que puedan surgir de esa afirmación,

El amor es lo único que puede sostener en estos casos, y lo veo en los familiares de los chicos desaparecidos de México.

Hay quienes piensan que la objetividad es un propósito a alcanzar y que es posible, yo creo que no. Habrá gente a la que eso le puede molestar, pero me siento tranquila porque lo que hago es honesto. Cuando uno es consciente de que todo tiene un por qué y un para qué, es más valioso que el precepto de la objetividad. Yo, por ser mi propia historia no sólo afín sino con muchos cruces con lo que se relata en el libro, decidí decirlo. Todo el mundo tiene una mirada desde la que cuenta, aunque no todos la hagan explícita”, asegura Paula, quien se anima a agregar que la objetividad está sobrevaluada: “Hay que apuntar a la honestidad y al rigor. Me preocupa más eso”.

Preguntas básicas

Nacida en Villa María el 16 de diciembre de 1977, Paula fue criada por una gran familia repleta de tíos y primos, y un abuelo a quien por muchos años le tocó ser abuelo, abuela, madre y padre, y que la crió entre frutas y verduras en el puesto del mercado de abasto que aún conserva la familia y al que ella suele ir cada vez, para reencontrarse con personas y con los olores de una infancia pese a todo feliz.

En tanto no nos conste que tengan un destino final que sea la muerte, no tenemos por qué considerarlos así, mucho menos cuando la intención de considerarlos muertos ha sido una estrategia del Estado, que lo vuelve parte del mismo crimen.

- ¿Recordás cuándo tuviste conciencia de lo que les pasó a tus papás?

- No recuerdo un antes y un después. Es algo que estuvo presente toda mi vida, en el medio de esa nebulosa eterna que es la desaparición forzada de personas, repleta de preguntas y de más preguntas. Hay tantas dudas, desde lo más básico, como el color favorito de mi mamá hasta cómo era la voz de mi papá o cómo hubiera reaccionado cada uno en tal situación. Hoy siento que todo lo que es verdad es lo único que te sostiene. Por eso en este libro me propuse buscarla con detalles chiquitos que quizás para otros son irrelevantes: cuál es la comida favorita de alguno de los chicos desaparecidos, a quién le gusta jugar al fútbol, cómo les gusta vestirse o a qué lugar les gusta ir.

- Tiene que ver con una decisión editorial hablar de ellos en presente...

- Hay tres decisiones editoriales centrales: la primera es quiénes son los que hablan. Elijo hablar únicamente con víctimas y sobrevivientes. No hay voces de funcionarios, y la versión oficial está como trasfondo de la narración. Lo hice consciente de que la construcción del relato histórico está integrado por fuerzas hegemónicas y contrahegemónicas, y hago mi trabajo desde aquellas invisibilizadas, calladas, ninguneadas. La otra es hacer explícita mi situación particular de ser hija de desaparecidos; y la tercera es hablar de los desaparecidos en presente. En tanto no nos conste que tengan un destino final que sea la muerte, no tenemos por qué considerarlos así, mucho menos cuando la intención de considerarlos muertos ha sido una estrategia del Estado, que lo vuelve parte del mismo crimen.

El proceso de investigación de Ayotzinapa, horas eternas fue doloroso, con momentos de profunda tristeza y angustia. No era la primera vez que Paula se había sentido conmovida en alguna cobertura periodística que tocara fibras tan sensibles a su propia historia, pero el trabajo, largo y en profundidad, le generó un compromiso diferente y la inevitable sensación de estar viviendo la misma historia. “No solamente fue como revivir lo que me tocó vivir antes, sino también vivir lo que no me había tocado, como las primeras horas en que desaparecieron mis padres”, asegura.

Foto: Miguel Tovar

Paula insiste en que su vida ha sido feliz, al resguardo de una familia enorme de lazos sanguíneos y del corazón. Y se considera, pese a todo, una persona afortunada. “Me tocó la desaparición de mis padres no por una cuestión de azar sino de destino, y aunque me encantaría tenerlos no siento ningún rencor. Me siento orgullosa de ellos aún sin haberlos conocido”, dice. “El amor es lo único que puede sostener en estos casos, y lo veo en los familiares de los chicos desaparecidos de México”.

Recuerdos de infancia

De aquella infancia entre las ausencias, Paula recuerda el mercado de abasto, las frutas, el campo, las vacas, jugar con los primos, y también estar en marchas y manifestaciones en las que todavía eran unas pocas personas a quienes muchos miraban con recelo. “También era estar en la escuela, donde no se hablaba del tema; algunos siento que fue por estigmatizarte, otros por silencio de solidaridad también. Pero tuve una infancia de chica de pueblo como cualquiera, feliz gracias a la verdad y al amor, que siempre terminan sobreponiéndose”.

Hoy, a ella le toca vivir situaciones que jamás imaginó, que se las contaron cuando empezó a reconstruir su propia historia, como hacer conexiones y ayudar a gente a salir del país, para salvar sus vidas. En 15 años mataron en México a más de 100 periodistas, y unos 15 están desaparecidos, y hasta las Naciones Unidas se pronunció al respecto.

Presentar el libro en México no resulta sencillo, pero tampoco imposible, aún cuando el “tema Ayotzinapa” salió de la agenda pasados más de 17 meses. “Hay un bloqueo mediático, pero pese a todo hay toda una red de medios que ha dado cobertura. La versión oficial no es sólo del gobierno sino de todos los poderes, y entre esos poderes hay vínculos que hicieron posible lo que pasó en Ayotzinapa. En el caso de los medios no porque tengan responsabilidad, pero la impunidad tiene muchos garantes”.

Repensar los medios

- ¿Tenés una mirada pesimista sobre el rol de los medios?

- No. En el último año se ha demostrado que hay redes de información que crecen, y que hay públicos, ciudadanos más formados o en formación con una conciencia de que la verdad se construye desde distintos 2 ángulos y que no basta con ver lo que pasan en la tele abierta.

- ¿Cuando terminaste Comunicación pensaste que ibas a hacer algo como esto?

- ¡No! Decía: por supuesto que jamás voy a entrar en los medios. Eran el enemigo. Estábamos en pleno menemismo, con el neoliberalismo más cruel y más plástico que me ha tocado en mis años en la Argentina, y los medios servían al poder completamente. Pero cuando llegué a México, hace 12 años, pude entender que hay que pelear los espacios. No nos sirve de nada demonizar a los medios, tenemos que repensarlos, replantearlos. También a la profesión: ojalá que no sólo definamos metodologías, géneros periodísticos, sino que también discutamos cosas más profundas, como el hecho de cómo se enfrenta un periodista a una situación de dolor.

Paula intenta poner luz sobre sombras a un caso tan estremecedor como el de los estudiantes de Ayotzinapa, al mismo tiempo como un espejo de su propia historia y de la de mucha gente en la Argentina y para sacar al mundo una realidad avasallante. “No se había logrado que se discutiera antes en México este tema, pese a que no fue el primer caso. Ni siquiera se hacía público”, asegura.

Ella fue al lugar a la semana de ocurridos los hechos para una cobertura periodística que más tarde se convertiría en una obsesión personal detrás de la verdad. “Enseguida hubo conexión, existieron preguntas, inquietudes, sentimientos mezclados. Desde la primera vez, perdí la cuenta de cuántos viajes hice, sin conocer a nadie, sin recursos... con el desgaste emocional que eso implica. Todavía sigo yendo al menos una vez por mes, y estoy en todas las actividades que se realizan en México DF”.

- ¿Hacés conexiones entre los padres de los estudiantes y lo que recordás de tu familia hace casi cuatro décadas?

- Hay mucho de eso en el libro. No para comparar, sino para mostrar que no son coincidencias sino parte de lo mismo. Veo en ellos la mirada vidriosa, lejana, perdida muchas veces de la nostalgia, como una fuerza centrífuga que te chupa, y no podés salir de ahí. Veo la tristeza cuando no tiene límites, cuando no se le puede poner un fin porque no hay verdad; la tristeza que te consume la salud. Como a mi abuela, que murió de tristeza, no de otra cosa.

- ¿En tus palabras hacia ellos hay más resignación o hay más esperanza?

- Trato de inculcarles la esperanza, pero no porque no la sientan. Quien tiene un ser querido desaparecido tiene la tensión entre la pulsión de la esperanza y la de la resignación. Pero si no hubiera esperanza no se puede seguir. Qué significa esa esperanza es muy diferente con el tiempo. La primera esperanza es la de encontrar con vida a su ser querido; la segunda es que, haya pasado lo que haya pasado, no haya sufrido tanto; la siguiente es, si están muertos, poder encontrar sus restos para llorarlos; y luego que exista una justicia social y legal para levantar sus nombres y que no le pase a más personas. Pero trato de no ponerme en un lugar de qué decirles, sólo a alentarlos a cuidar el cuerpo para seguir adelante, aferrarse a los recuerdos que los alimenten y no a los que los entristezcan. Más que hablar, lo que importa es estar.

El miedo paraliza

- ¿Tenés miedo?

- Tenemos miedo. Es normal y natural sentirlo en un país que en el que en 15 años han matado a 100 periodistas, y que ha perseguido a los luchadores sociales y militantes. Tenemos miedo, pero reconocerlo es el primer paso para vencerlo. Sí he pensado en salir del país; nos ha pasado tener que organizar exilios de amigos y compañeros.

Junto a Miguel Tovar, su compañero (fotógrafo y camarógrafo con quien trabajó durante toda la investigación y llevó un registro audiovisual) vendrán a Córdoba la semana próxima, y se quedarán para el 40ª aniversario del golpe de 1976. Además de destacar que en esta fecha se puede celebrar que haya más de 500 genocidas presos, con juicios en marcha y una apropiación de gran parte de la sociedad de los conceptos de Memoria, Verdad y Justicia, rescata el desafío que viene. “El triunfo del macrismo marca la entrada a otra etapa. Los organismos de derechos humanos tienen un desafío interesante. Hay varias generaciones que nacieron después de la dictadura, formadas en el menemismo, en el kirchnerismo. Y hay que ver cómo hacer que la memoria no dependa sólo de los sobrevivientes o de los familiares”.

Ayotzinapa, horas eternas se presentará el jueves 3 de marzo a las 19 en el Centro Cultural España Córdoba (Entre Ríos 40). Graciela Bialet entrevistará a Paula Mónaco Felipe y se proyectarán fotografías producidas por Miguel Tovar.

Una niña mitad cocodrilo: Paula Mónaco

Paula Mónaco Felipe vendrá a Córdoba a presentar su libro. Foto: Miguel Tovar

La escritora mejicana Elena Poniatowska, ganadora del Premio Cervantes, escribió un conmovedor retrato de la cordobesa Paula Mónaco Felipe y de su trabajo en el libro sobre los estudiantes desaparecidos en México.

por Elena Poniatowska Amor

Era previsible que Paula Mónaco se apasionara por el caso de Ayotzinapa y sus 43 normalistas desaparecidos que ahora todos queremos encontrar. Era previsible porque ella nunca dejó de pensar en sus padres a lo largo de 37 años ya que la Junta Militar argentina se los llevó cuando sólo tenía 25 días de nacida.

Era previsible el fervoroso interés de Paula en el caso no solo de su desaparición el 26 de septiembre de 2014 sino el asesinato de tres de sus compañeros porque tiene que ver con su propia historia.

En Ayotzinapa, tomó entre sus brazos a la recién nacida Melanny, hija del normalista Israel Caballero Sánchez de 20 años y de Rocío Locena de 20 años y ese solo gesto la devolvió a su propia historia.

A Paula la criaron sus abuelos en medio de una familia numerosa y una multitud de tías. Jesusa Rodríguez cuenta que ella y Liliana Felipe, en las vacaciones en Villa María, Córdoba, paseaban en las playas de arena fina en el Río Tercero y fingían ser cocodrilos dentro del agua que les llegaba al tobillo. La niña lo disfrutaba -su alegría siempre ha sido sonora- y luego se perdía entre una ronda de chiquillos de la misma edad que reían felices y tomaban la vida a manos llenas como si fuera una gran fiesta. Para Jesusa, Paula -todavía hoy- es una niña mitad cocodrilo.

Era previsible que Paula Mónaco se indignara con la desaparición de los 43 normalistas -algunos de su edad- y abrazara a los padres de familia de los “ayotzis” como a ella la abrazaron sus abuelos Ester y Gregorio que tomaron el lugar de sus padres.

Era previsible que Paula buscara los estudiantes vivos, examinara sus fotos y volviera a hacerlo sentada al lado de los padres y los hermanos en Ayotzinapa y preguntara una y otra vez si José Ángel era alto o tenía buen carácter y si Leonel recordaba con gusto la Costa Chica. Era previsible que quisiera pasar el Año Nuevo con ellos, llevándoles de comer y repartiéndoles platos de guisado y arroz con una generosidad y una determinación muy poco comunes. “Tiene que comer, no se deje ir, vamos a encontrarlos”. Paula, en Argentina, militó en H.I.J.O.S y desde muy joven ayudó a los familiares a sobrevivir al dolor.

Era previsible porque apenas tuvo uso de razón, a la hora en que los adolescentes se encierran sobre sí mismos y se preocupan por el largo de su cabello o por su acné, Paula encontró a otros jóvenes igual a ella y se integró a H.I.J.O.S., una asociación de todas las víctimas que se propusieron quitarle el sueño a la Junta Militar argentina y a sus colaboradores parapetados tras los muros de su casa en Buenos Aires, en Mendoza, en Córdoba, en Santa Fe, en Salta y en otras grandes ciudades de Argentina.

En cambio, en México los asesinos siguen libres y a escasos días de que se cumpla un año de la desaparición de los normalistas, los peritos revelan para nuestro escándalo que las “verdades históricas” no son lo que nos quieren hacer creer. La Comisión Internacional de Derechos Humanos determinó que los normalistas no fueron quemados en el basurero de Cocula. Resulta imposible que se redujeran a cenizas entre 13 y 15 horas de cremación. Se habría producido un incendio imposible de no ver. A esto hay que sumarle la larga lista de errores, omisiones y ocultamiento de evidencias de procuradurías y policías involucradas en la investigación.

Entre todos, los hijos inventaron el escrache, palabra que viene del lunfardo, el habla de los barrios rioplatenses. En Argentina, Uruguay y en España, muchos activistas escogieron el escrache para marcar la casa del militar o del funcionario y responsabilizarlo ante la opinión pública. En 1995, H.I.J.O.S decidió actuar a la vista de todos y marcar con pintura roja el domicilio de quienes habían cometido acciones en contra de hombres y mujeres pensantes como la joven y bella Ester Felipe y su esposo Luis Mónaco que el régimen decidió encarcelar, torturar y matar. Así como los militares ejercieron una acción directa y persiguieron y asesinaron a argentinos por sus ideas políticas, así también los hijos se abocaron a exhibir a los militares ante la opinión pública. “Asesino a dos cuadras” ponían sobre el nombre de la calle.

Paula resultó una pieza clave en el grupo de H.I.J.O.S. porque, como lo cuenta Jesusa, “ya a los cuatro años sabía todo de la desaparición de sus padres y manejaba el archivo mejor que nadie. Cuando el abuelo Gregorio le pedía, por ejemplo, un ‘habeas corpus’, sin vacilar un segundo lo encontraba, ante el asombro de todos”.

Bajo el lema de “Si no hay justicia, hay escrache”, H.I.J.O.S se preparó durante meses para denunciar al torturador en el barrio, seguirlo, conocer su rutina y por fin acusarlo y exponerlo ante la comunidad. Antes del escrache una banda callejera repartía volantes y folletos que advertían que un sujeto indeseable contaminaba el entorno ya que entre ellos vivía un torturador criminal. Lo denunciaban en las casas, en las tienditas cercanas, en los parques públicos. Muchas veces gracias al escrache el torturador se iba del barrio.

Hasta el día de hoy esta organización horizontal sigue en pie y en gran medida son ellos, los hijos de los desaparecidos y los asesinados quienes han logrado que se enjuicie a los torturadores. Gracias a H.I.J.O.S, los verdugos hoy purgan sentencias a perpetuidad en cárceles para delincuentes comunes.

Que Paula Mónaco decidiera formar su propia familia el día que el responsable de la muerte de sus padres fuera condenado a prisión perpetua resulta significativo.

En la ciudad de México, doña Rosario Ibarra de Piedra, los H.I.J.O.S. y Jesusa Rodríguez adoptaron el “escrache” y marcaron la puerta de madera en San Jerónimo Lídice de la casa del ex presidente Luis Echeverría Álvarez, a quién los estudiantes del 68, Raúl Álvarez Garín y Félix Hernández Gamundi, lograron sentar en el banquillo de los acusados por la masacre del 2 de octubre de 1968.

¿Qué tienen en común Córdoba, Argentina y Ayotzinapa, Guerrero? Paula, periodista y luchadora contra la desaparición forzada en nuestro país, se inclinó muy pronto hacia la crónica de tragedias como el tifón en Filipinas y el encarcelamiento del profesor Patishtán en Chiapas. ¿Qué tienen que ver los normalistas desaparecidos y heridos en Iguala, hijos de campesinos, migrantes, albañiles, vendedores ambulantes con jóvenes argentinos víctimas de la dictadura militar? ¿Qué sueños comparten? ¿Qué fotografías de infancia? De Paula Mónaco se podría decir que tiene muchos amigos, que le gusta el teatro, que disfruta ir al cine, tomar mate, bailar, que adora a los perros, le encanta manejar su coche, ríe a carcajadas, come milanesas, empanadas y alfajores y es súper amorosa. Al joven normalista Abel García Hernández le encantaba jugar a las canicas tanto como Abelardo Vázquez Peniten celebró estudiar, hacer la mezcla, acomodar los ladrillos y preparar los castillos de una construcción al lado de su papá albañil. Adán Abraján de la Cruz es, al igual que Paula, buen bailador, y Alexander Mora Venancio tenía pasión por el futbol. Antonio Santana Maestro gritaba apasionado al ver partidos por televisión y Benjamín Ascencio Bautista hacía reír a todos con sus ocurrencias. Bernardo Flores Alcaraz recogía a animales heridos y se las ingeniaba para curarlos como lo hace Paula en Coyoacán, donde habita feliz. Carlos Iván Ramírez Villareal trabajaba en el campo arreando vacas mientras Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, portero de un equipo de futbol, disfrutaba bailar los sábados y César Manuel Gonzáles Hernández regresaba a casa sin chamarra porque la regalaba y a todos trataba de “usted”. Christian Alfonso Rodríguez Telumbre zapateaba canciones tradicionales como El zopilotito, La Iguana y Te va Cirila y Christian Tomás Colón Garnica muy aplicado para el estudio se tapaba los oídos para seguir concentrándose en su lectura. Paula canta los tangos de Julio Sosa y la Lunita tucumana al igual que el Nos tienen miedo porque no tenemos miedo y Elotitos tiernos de su tía Liliana Felipe. Cutberto Ortiz Ramos hacía reír a todos y Doriam González Parral se la vivía con un lápiz en la mano. Jorge Luis González Parral, peluquero, un día les cortó el cabello a todos y Everardo Rodríguez Bello a los diez años estudió música. Paula Mónaco también sabe mucho de música y ha organizado con maestría los conciertos de su tía Liliana Felipe, la hermana de su madre Ester, en varias ciudades de Argentina. Podríamos seguir así ad infinitum pero ahora sólo nos queda presentar este libro de una chava que sabe cuidar a los demás, jugársela con los que menos tienen, indignarse por la injusticia y tener dentro del pecho algo que a todos nos beneficia: un gran corazón.

(*) Prólogo del libro Ayotzinapa, horas eternas.

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Fuentes:
Daniel Santos, Historias de dolor: el libro de Paula Mónaco Felipe sobre las desapariciones en México, 25/02/16, La Voz del Interior. Consultado 28/02/16.
Elena Poniatowska Amor, Una niña mitad cocodrilo: Paula Mónaco, 25/02/16, La Voz del Interior. Consultado 28/02/16.

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