La
periodista cordobesa Paula Mónaco Felipe es hija de desaparecidos.
Casi 40 años después, radicada en México, editó un libro sobre
los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Lo presentará en
Córdoba.
por
Daniel Santos
Paula
aprendió a caminar en una marcha, o casi, pero incluso desde antes
de poder hacerlo por sí misma marchó sobre los hombros de su abuelo
Gregorio. Él buscó siempre a su hija, Ester Silvia Felipe,
desaparecida durante la madrugada del 11 de enero de 1978 junto con
su pareja, Luis Carlos Mónaco. Eran los papás de Paula, quien tenía
entonces 25 días de vida.
Hoy,
Paula vive en un México convulsionado y violento. Se fue hace 12
años, luego de recibirse de Licenciada en Comunicación Social de la
UNC, sin la idea siquiera remota de convertirse en periodista, como
su papá. Y si bien lleva una vida de militancia dedicada que tiene,
como ella, 38 años, el último año y medio Paula sigue de cerca los
golpes y sufrimientos de los padres de 43 estudiantes normalistas de
Ayotzinapa, desaparecidos en septiembre de 2014 en Iguala.
Paula
Mónaco Felipe presentará en Córdoba su libro Ayotzinapa, horas
eternas, para el que se metió detrás de historias afines, dolores
comunes, reclamos idénticos, convencida de la necesidad de luchar
por la Memoria, la Verdad y la Justicia, allá y acá. Porque a Paula
le duele América en el Sur y en el Norte por igual.
“Encontré
unas fotos mías de cuando tenía 4 ó 5 años, cargando banderas. Es
muy fuerte ver hoy a otros niños haciendo eso, con esa
introspección, con la sensación de sentir que el mundo no te
entiende y que vos no entendés al mundo”, dice desde México, a
días de tomar un nuevo vuelo hacia Córdoba. Ella lo dijo con otras
palabras en su declaración en el juicio La Perla-La Ribera, en el
que es querellante: “Estas personas me deben una vida con mis
padres, la alegría de jugar con ellos, un abuelo y una abuela para
mi hijo”.
Las
vueltas de la vida, las vueltas de la muerte. Sin saberlo y sin
buscarlo con premeditación, ella terminó trabajando junto a los
padres de los 43 desaparecidos, enseñando a convivir con las
ausencias, tan parecidas a las propias. “Soy hija de desaparecidos
y este libro no pretende objetividad, pues mi propia historia
condiciona la que relato”, asegura. Ella asume las críticas que
puedan surgir de esa afirmación,
El
amor es lo único que puede sostener en estos casos, y lo veo en los
familiares de los chicos desaparecidos de México.
“Hay
quienes piensan que la objetividad es un propósito a alcanzar y que
es posible, yo creo que no. Habrá gente a la que eso le puede
molestar, pero me siento tranquila porque lo que hago es honesto.
Cuando uno es consciente de que todo tiene un por qué y un para qué,
es más valioso que el precepto de la objetividad. Yo, por ser mi
propia historia no sólo afín sino con muchos cruces con lo que se
relata en el libro, decidí decirlo. Todo el mundo tiene una mirada
desde la que cuenta, aunque no todos la hagan explícita”, asegura
Paula, quien se anima a agregar que la objetividad está
sobrevaluada: “Hay que apuntar a la honestidad y al rigor. Me
preocupa más eso”.
Preguntas
básicas
Nacida
en Villa María el 16 de diciembre de 1977, Paula fue criada por una
gran familia repleta de tíos y primos, y un abuelo a quien por
muchos años le tocó ser abuelo, abuela, madre y padre, y que la
crió entre frutas y verduras en el puesto del mercado de abasto que
aún conserva la familia y al que ella suele ir cada vez, para
reencontrarse con personas y con los olores de una infancia pese a
todo feliz.
En
tanto no nos conste que tengan un destino final que sea la muerte, no
tenemos por qué considerarlos así, mucho menos cuando la intención
de considerarlos muertos ha sido una estrategia del Estado, que lo
vuelve parte del mismo crimen.
-
¿Recordás cuándo tuviste conciencia de lo que les pasó a tus
papás?
-
No recuerdo un antes y un después. Es algo que estuvo presente toda
mi vida, en el medio de esa nebulosa eterna que es la desaparición
forzada de personas, repleta de preguntas y de más preguntas. Hay
tantas dudas, desde lo más básico, como el color favorito de mi
mamá hasta cómo era la voz de mi papá o cómo hubiera reaccionado
cada uno en tal situación. Hoy siento que todo lo que es verdad es
lo único que te sostiene. Por eso en este libro me propuse buscarla
con detalles chiquitos que quizás para otros son irrelevantes: cuál
es la comida favorita de alguno de los chicos desaparecidos, a quién
le gusta jugar al fútbol, cómo les gusta vestirse o a qué lugar
les gusta ir.
-
Tiene que ver con una decisión editorial hablar de ellos en
presente...
-
Hay tres decisiones editoriales centrales: la primera es quiénes son
los que hablan. Elijo hablar únicamente con víctimas y
sobrevivientes. No hay voces de funcionarios, y la versión oficial
está como trasfondo de la narración. Lo hice consciente de que la
construcción del relato histórico está integrado por fuerzas
hegemónicas y contrahegemónicas, y hago mi trabajo desde aquellas
invisibilizadas, calladas, ninguneadas. La otra es hacer explícita
mi situación particular de ser hija de desaparecidos; y la tercera
es hablar de los desaparecidos en presente. En tanto no nos conste
que tengan un destino final que sea la muerte, no tenemos por qué
considerarlos así, mucho menos cuando la intención de considerarlos
muertos ha sido una estrategia del Estado, que lo vuelve parte del
mismo crimen.
El
proceso de investigación de Ayotzinapa, horas eternas fue doloroso,
con momentos de profunda tristeza y angustia. No era la primera vez
que Paula se había sentido conmovida en alguna cobertura
periodística que tocara fibras tan sensibles a su propia historia,
pero el trabajo, largo y en profundidad, le generó un compromiso
diferente y la inevitable sensación de estar viviendo la misma
historia. “No solamente fue como revivir lo que me tocó vivir
antes, sino también vivir lo que no me había tocado, como las
primeras horas en que desaparecieron mis padres”, asegura.
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| Foto: Miguel Tovar |
Paula
insiste en que su vida ha sido feliz, al resguardo de una familia
enorme de lazos sanguíneos y del corazón. Y se considera, pese a
todo, una persona afortunada. “Me tocó la desaparición de mis
padres no por una cuestión de azar sino de destino, y aunque me
encantaría tenerlos no siento ningún rencor. Me siento orgullosa de
ellos aún sin haberlos conocido”, dice. “El amor es lo único
que puede sostener en estos casos, y lo veo en los familiares de los
chicos desaparecidos de México”.
Recuerdos
de infancia
De
aquella infancia entre las ausencias, Paula recuerda el mercado de
abasto, las frutas, el campo, las vacas, jugar con los primos, y
también estar en marchas y manifestaciones en las que todavía eran
unas pocas personas a quienes muchos miraban con recelo. “También
era estar en la escuela, donde no se hablaba del tema; algunos siento
que fue por estigmatizarte, otros por silencio de solidaridad
también. Pero tuve una infancia de chica de pueblo como cualquiera,
feliz gracias a la verdad y al amor, que siempre terminan
sobreponiéndose”.
Hoy,
a ella le toca vivir situaciones que jamás imaginó, que se las
contaron cuando empezó a reconstruir su propia historia, como hacer
conexiones y ayudar a gente a salir del país, para salvar sus vidas.
En 15 años mataron en México a más de 100 periodistas, y unos 15
están desaparecidos, y hasta las Naciones Unidas se pronunció al
respecto.
Presentar
el libro en México no resulta sencillo, pero tampoco imposible, aún
cuando el “tema Ayotzinapa” salió de la agenda pasados más de
17 meses. “Hay un bloqueo mediático, pero pese a todo hay toda una
red de medios que ha dado cobertura. La versión oficial no es sólo
del gobierno sino de todos los poderes, y entre esos poderes hay
vínculos que hicieron posible lo que pasó en Ayotzinapa. En el caso
de los medios no porque tengan responsabilidad, pero la impunidad
tiene muchos garantes”.
Repensar
los medios
-
¿Tenés una mirada pesimista sobre el rol de los medios?
-
No. En el último año se ha demostrado que hay redes de información
que crecen, y que hay públicos, ciudadanos más formados o en
formación con una conciencia de que la verdad se construye desde
distintos 2 ángulos y que no basta con ver lo que pasan en la tele
abierta.
-
¿Cuando terminaste Comunicación pensaste que ibas a hacer algo como
esto?
-
¡No! Decía: por supuesto que jamás voy a entrar en los medios.
Eran el enemigo. Estábamos en pleno menemismo, con el neoliberalismo
más cruel y más plástico que me ha tocado en mis años en la
Argentina, y los medios servían al poder completamente. Pero cuando
llegué a México, hace 12 años, pude entender que hay que pelear
los espacios. No nos sirve de nada demonizar a los medios, tenemos
que repensarlos, replantearlos. También a la profesión: ojalá que
no sólo definamos metodologías, géneros periodísticos, sino que
también discutamos cosas más profundas, como el hecho de cómo se
enfrenta un periodista a una situación de dolor.
Paula
intenta poner luz sobre sombras a un caso tan estremecedor como el de
los estudiantes de Ayotzinapa, al mismo tiempo como un espejo de su
propia historia y de la de mucha gente en la Argentina y para sacar
al mundo una realidad avasallante. “No se había logrado que se
discutiera antes en México este tema, pese a que no fue el primer
caso. Ni siquiera se hacía público”, asegura.
Ella
fue al lugar a la semana de ocurridos los hechos para una cobertura
periodística que más tarde se convertiría en una obsesión
personal detrás de la verdad. “Enseguida hubo conexión,
existieron preguntas, inquietudes, sentimientos mezclados. Desde la
primera vez, perdí la cuenta de cuántos viajes hice, sin conocer a
nadie, sin recursos... con el desgaste emocional que eso implica.
Todavía sigo yendo al menos una vez por mes, y estoy en todas las
actividades que se realizan en México DF”.
-
¿Hacés conexiones entre los padres de los estudiantes y lo que
recordás de tu familia hace casi cuatro décadas?
-
Hay mucho de eso en el libro. No para comparar, sino para mostrar que
no son coincidencias sino parte de lo mismo. Veo en ellos la mirada
vidriosa, lejana, perdida muchas veces de la nostalgia, como una
fuerza centrífuga que te chupa, y no podés salir de ahí. Veo la
tristeza cuando no tiene límites, cuando no se le puede poner un fin
porque no hay verdad; la tristeza que te consume la salud. Como a mi
abuela, que murió de tristeza, no de otra cosa.
-
¿En tus palabras hacia ellos hay más resignación o hay más
esperanza?
-
Trato de inculcarles la esperanza, pero no porque no la sientan.
Quien tiene un ser querido desaparecido tiene la tensión entre la
pulsión de la esperanza y la de la resignación. Pero si no hubiera
esperanza no se puede seguir. Qué significa esa esperanza es muy
diferente con el tiempo. La primera esperanza es la de encontrar con
vida a su ser querido; la segunda es que, haya pasado lo que haya
pasado, no haya sufrido tanto; la siguiente es, si están muertos,
poder encontrar sus restos para llorarlos; y luego que exista una
justicia social y legal para levantar sus nombres y que no le pase a
más personas. Pero trato de no ponerme en un lugar de qué decirles,
sólo a alentarlos a cuidar el cuerpo para seguir adelante, aferrarse
a los recuerdos que los alimenten y no a los que los entristezcan.
Más que hablar, lo que importa es estar.
El
miedo paraliza
-
¿Tenés miedo?
-
Tenemos miedo. Es normal y natural sentirlo en un país que en el que
en 15 años han matado a 100 periodistas, y que ha perseguido a los
luchadores sociales y militantes. Tenemos miedo, pero reconocerlo es
el primer paso para vencerlo. Sí he pensado en salir del país; nos
ha pasado tener que organizar exilios de amigos y compañeros.
Junto
a Miguel Tovar, su compañero (fotógrafo y camarógrafo con quien
trabajó durante toda la investigación y llevó un registro
audiovisual) vendrán a Córdoba la semana próxima, y se quedarán
para el 40ª aniversario del golpe de 1976. Además de destacar que
en esta fecha se puede celebrar que haya más de 500 genocidas
presos, con juicios en marcha y una apropiación de gran parte de la
sociedad de los conceptos de Memoria, Verdad y Justicia, rescata el
desafío que viene. “El triunfo del macrismo marca la entrada a
otra etapa. Los organismos de derechos humanos tienen un desafío
interesante. Hay varias generaciones que nacieron después de la
dictadura, formadas en el menemismo, en el kirchnerismo. Y hay que
ver cómo hacer que la memoria no dependa sólo de los sobrevivientes
o de los familiares”.
Ayotzinapa,
horas eternas se presentará el jueves 3 de marzo a las 19 en el
Centro Cultural España Córdoba (Entre Ríos 40). Graciela Bialet
entrevistará a Paula Mónaco Felipe y se proyectarán fotografías
producidas por Miguel Tovar.
Una
niña mitad cocodrilo: Paula Mónaco
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| Paula Mónaco Felipe vendrá a Córdoba a presentar su libro. Foto: Miguel Tovar |
La
escritora mejicana Elena Poniatowska, ganadora del Premio Cervantes,
escribió un conmovedor retrato de la cordobesa Paula Mónaco Felipe
y de su trabajo en el libro sobre los estudiantes desaparecidos en
México.
por
Elena Poniatowska Amor
Era
previsible que Paula Mónaco se apasionara por el caso de Ayotzinapa
y sus 43 normalistas desaparecidos que ahora todos queremos
encontrar. Era previsible porque ella nunca dejó de pensar en sus
padres a lo largo de 37 años ya que la Junta Militar argentina se
los llevó cuando sólo tenía 25 días de nacida.
Era
previsible el fervoroso interés de Paula en el caso no solo de su
desaparición el 26 de septiembre de 2014 sino el asesinato de tres
de sus compañeros porque tiene que ver con su propia historia.
En
Ayotzinapa, tomó entre sus brazos a la recién nacida Melanny, hija
del normalista Israel Caballero Sánchez de 20 años y de Rocío
Locena de 20 años y ese solo gesto la devolvió a su propia
historia.
A
Paula la criaron sus abuelos en medio de una familia numerosa y una
multitud de tías. Jesusa Rodríguez cuenta que ella y Liliana Felipe, en las vacaciones en Villa María, Córdoba, paseaban en las
playas de arena fina en el Río Tercero y fingían ser cocodrilos
dentro del agua que les llegaba al tobillo. La niña lo disfrutaba
-su alegría siempre ha sido sonora- y luego se perdía entre una
ronda de chiquillos de la misma edad que reían felices y tomaban la
vida a manos llenas como si fuera una gran fiesta. Para Jesusa, Paula
-todavía hoy- es una niña mitad cocodrilo.
Era
previsible que Paula Mónaco se indignara con la desaparición de los
43 normalistas -algunos de su edad- y abrazara a los padres de
familia de los “ayotzis” como a ella la abrazaron sus abuelos
Ester y Gregorio que tomaron el lugar de sus padres.
Era
previsible que Paula buscara los estudiantes vivos, examinara sus
fotos y volviera a hacerlo sentada al lado de los padres y los
hermanos en Ayotzinapa y preguntara una y otra vez si José Ángel
era alto o tenía buen carácter y si Leonel recordaba con gusto la
Costa Chica. Era previsible que quisiera pasar el Año Nuevo con
ellos, llevándoles de comer y repartiéndoles platos de guisado y
arroz con una generosidad y una determinación muy poco comunes.
“Tiene que comer, no se deje ir, vamos a encontrarlos”. Paula, en
Argentina, militó en H.I.J.O.S y desde muy joven ayudó a los
familiares a sobrevivir al dolor.
Era
previsible porque apenas tuvo uso de razón, a la hora en que los
adolescentes se encierran sobre sí mismos y se preocupan por el
largo de su cabello o por su acné, Paula encontró a otros jóvenes
igual a ella y se integró a H.I.J.O.S., una asociación de todas las
víctimas que se propusieron quitarle el sueño a la Junta Militar
argentina y a sus colaboradores parapetados tras los muros de su casa
en Buenos Aires, en Mendoza, en Córdoba, en Santa Fe, en Salta y en
otras grandes ciudades de Argentina.
En
cambio, en México los asesinos siguen libres y a escasos días de
que se cumpla un año de la desaparición de los normalistas, los
peritos revelan para nuestro escándalo que las “verdades
históricas” no son lo que nos quieren hacer creer. La Comisión
Internacional de Derechos Humanos determinó que los normalistas no
fueron quemados en el basurero de Cocula. Resulta imposible que se
redujeran a cenizas entre 13 y 15 horas de cremación. Se habría
producido un incendio imposible de no ver. A esto hay que sumarle la
larga lista de errores, omisiones y ocultamiento de evidencias de
procuradurías y policías involucradas en la investigación.
Entre
todos, los hijos inventaron el escrache, palabra que viene del
lunfardo, el habla de los barrios rioplatenses. En Argentina, Uruguay
y en España, muchos activistas escogieron el escrache para marcar la
casa del militar o del funcionario y responsabilizarlo ante la
opinión pública. En 1995, H.I.J.O.S decidió actuar a la vista de
todos y marcar con pintura roja el domicilio de quienes habían
cometido acciones en contra de hombres y mujeres pensantes como la
joven y bella Ester Felipe y su esposo Luis Mónaco que el régimen
decidió encarcelar, torturar y matar. Así como los militares
ejercieron una acción directa y persiguieron y asesinaron a
argentinos por sus ideas políticas, así también los hijos se
abocaron a exhibir a los militares ante la opinión pública.
“Asesino a dos cuadras” ponían sobre el nombre de la calle.
Paula
resultó una pieza clave en el grupo de H.I.J.O.S. porque, como lo
cuenta Jesusa, “ya a los cuatro años sabía todo de la
desaparición de sus padres y manejaba el archivo mejor que nadie.
Cuando el abuelo Gregorio le pedía, por ejemplo, un ‘habeas
corpus’, sin vacilar un segundo lo encontraba, ante el asombro de
todos”.
Bajo
el lema de “Si no hay justicia, hay escrache”, H.I.J.O.S se
preparó durante meses para denunciar al torturador en el barrio,
seguirlo, conocer su rutina y por fin acusarlo y exponerlo ante la
comunidad. Antes del escrache una banda callejera repartía volantes
y folletos que advertían que un sujeto indeseable contaminaba el
entorno ya que entre ellos vivía un torturador criminal. Lo
denunciaban en las casas, en las tienditas cercanas, en los parques
públicos. Muchas veces gracias al escrache el torturador se iba del
barrio.
Hasta
el día de hoy esta organización horizontal sigue en pie y en gran
medida son ellos, los hijos de los desaparecidos y los asesinados
quienes han logrado que se enjuicie a los torturadores. Gracias a
H.I.J.O.S, los verdugos hoy purgan sentencias a perpetuidad en
cárceles para delincuentes comunes.
Que
Paula Mónaco decidiera formar su propia familia el día que el
responsable de la muerte de sus padres fuera condenado a prisión
perpetua resulta significativo.
En
la ciudad de México, doña Rosario Ibarra de Piedra, los H.I.J.O.S.
y Jesusa Rodríguez adoptaron el “escrache” y marcaron la puerta
de madera en San Jerónimo Lídice de la casa del ex presidente Luis
Echeverría Álvarez, a quién los estudiantes del 68, Raúl Álvarez
Garín y Félix Hernández Gamundi, lograron sentar en el banquillo
de los acusados por la masacre del 2 de octubre de 1968.
¿Qué
tienen en común Córdoba, Argentina y Ayotzinapa, Guerrero? Paula,
periodista y luchadora contra la desaparición forzada en nuestro
país, se inclinó muy pronto hacia la crónica de tragedias como el
tifón en Filipinas y el encarcelamiento del profesor Patishtán en
Chiapas. ¿Qué tienen que ver los normalistas desaparecidos y
heridos en Iguala, hijos de campesinos, migrantes, albañiles,
vendedores ambulantes con jóvenes argentinos víctimas de la
dictadura militar? ¿Qué sueños comparten? ¿Qué fotografías de
infancia? De Paula Mónaco se podría decir que tiene muchos amigos,
que le gusta el teatro, que disfruta ir al cine, tomar mate, bailar,
que adora a los perros, le encanta manejar su coche, ríe a
carcajadas, come milanesas, empanadas y alfajores y es súper
amorosa. Al joven normalista Abel García Hernández le encantaba
jugar a las canicas tanto como Abelardo Vázquez Peniten celebró
estudiar, hacer la mezcla, acomodar los ladrillos y preparar los
castillos de una construcción al lado de su papá albañil. Adán
Abraján de la Cruz es, al igual que Paula, buen bailador, y
Alexander Mora Venancio tenía pasión por el futbol. Antonio Santana
Maestro gritaba apasionado al ver partidos por televisión y Benjamín
Ascencio Bautista hacía reír a todos con sus ocurrencias. Bernardo
Flores Alcaraz recogía a animales heridos y se las ingeniaba para
curarlos como lo hace Paula en Coyoacán, donde habita feliz. Carlos
Iván Ramírez Villareal trabajaba en el campo arreando vacas
mientras Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, portero de un equipo de
futbol, disfrutaba bailar los sábados y César Manuel Gonzáles
Hernández regresaba a casa sin chamarra porque la regalaba y a todos
trataba de “usted”. Christian Alfonso Rodríguez Telumbre
zapateaba canciones tradicionales como El zopilotito, La Iguana y Te
va Cirila y Christian Tomás Colón Garnica muy aplicado para el
estudio se tapaba los oídos para seguir concentrándose en su
lectura. Paula canta los tangos de Julio Sosa y la Lunita tucumana al
igual que el Nos tienen miedo porque no tenemos miedo y Elotitos
tiernos de su tía Liliana Felipe. Cutberto Ortiz Ramos hacía reír
a todos y Doriam González Parral se la vivía con un lápiz en la
mano. Jorge Luis González Parral, peluquero, un día les cortó el
cabello a todos y Everardo Rodríguez Bello a los diez años estudió
música. Paula Mónaco también sabe mucho de música y ha organizado
con maestría los conciertos de su tía Liliana Felipe, la hermana de
su madre Ester, en varias ciudades de Argentina. Podríamos seguir
así ad infinitum pero ahora sólo nos queda presentar este libro de
una chava que sabe cuidar a los demás, jugársela con los que menos
tienen, indignarse por la injusticia y tener dentro del pecho algo
que a todos nos beneficia: un gran corazón.
(*)
Prólogo del libro Ayotzinapa, horas eternas.
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Fuentes:
Daniel Santos, Historias de dolor: el libro de Paula Mónaco Felipe sobre las desapariciones en México, 25/02/16, La Voz del Interior. Consultado 28/02/16.
Elena Poniatowska Amor, Una niña mitad cocodrilo: Paula Mónaco, 25/02/16, La Voz del Interior. Consultado 28/02/16.



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