martes, 3 de marzo de 2015

Política ambiental inexistente

por Sergio Federovisky

Siempre es bueno recordarlo: un evento meteorológico no es sinónimo de desastre natural. Un desastre natural es un proceso político, económico y social detonado por un evento físico (lluvia por exceso o ausencia, incendio forestal, huracán, terremoto) y su nivel de gravedad está determinado por la vulnerabilidad de la sociedad sobre la que impacta. Culpar a la naturaleza por aquello que viene haciendo desde hace millones de años (aunque le agregue algunas dosis de agresividad coyuntural) es ignorar tanto el impacto de la actividad humana como la posibilidad de trabajar sobre la forma de atenuar ese impacto.

En pocas días en la Patagonia cordillerana se quemó una superficie equivalente a una vez y media la ciudad de Buenos Aires. Esa pérdida no solo supone un perjuicio paisajístico sino un drama sobre ecosistemas de elevado valor por el servicio ambiental que prestan (regular la humedad en la cara oriental de la cordillera) y el aporte económico (turismo, actividad maderera) que ofrecen.

Estos desastres son esperables (la zona es proclive a los incendios) como lo son las inundaciones de verano en Córdoba, las sequías en Chaco y Formosa o los aludes en el noroeste. Solo que el cambio climático, con esa tendencia agudizar extremos que han pronosticado los científicos, los ha potenciado.

¿Alguien sabe de la existencia, a nivel nacional, de alguna política pública determinada por esta realidad, además de correr tras la emergencia? No hay.

La pérdida de los bosque nativos en la Patagonia es la muestra no solo de la inoperancia del Plan de Manejo del Fuego en la acción ante la emergencia -llegaron cinco días tarde- sino la confirmación del fracaso de la política ambiental de esta última década, que deja una herencia de degradación ecológica inédita.

La discusión acerca de si se fue un rayo o si el fuego se inició de manera intencional tiene valor periodístico y eventualmente judicial si es que alguna vez se decide perseguir a quienes hacen uso de una calamidad para la especulación inmobiliaria. Pero es anecdótica en términos de política ambiental y solo busca, de parte de la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación, eludir su responsabilidad en la gestión del riesgo de un factor propio y recurrente de los ecosistemas boscosos de la Patagonia: en verano, por la baja de la humedad y el alza de la temperatura, hay enormes riesgos de incendio forestal.

El programa encargado de lidiar con los incendios forestales (Plan de Manejo del Fuego) lleva en su denominación una palabra clave: manejo. Para los ecólogos, eso supone que el fuego es un actor en la dinámica de ese ecosistema y que se debe trabajar para atenuar sus efectos en caso de que se dispare. Es claro que al haber nombrado a un piloto de aviones militares al frente de ese organismo (dando por sentada la lectura de que solo se trata de salir con baldes a apagar el incendio ya desatado) la palabra "manejo" no entra más que en el título del plan que acaba de demostrar su inoperancia: sería interesante conocer cuántos reservorios de agua, cuántos cortafuegos preventivos, cuántos simulacros de evacuación, cuántos planes de contingencia se han hecho en una zona que es proclive a los incendios, máxime en tiempos de calentamiento global.

La política sobre desastres responde a una máxima que parece una paradoja: el fuego se combate con éxito si se actúa entre incendio e incendio. Al igual que los efectos de una inundación (lo sabe Buenos Aires, lo sabe La Plata y ahora lo sabe Córdoba) se enfrentan entre lluvia y lluvia generando condiciones urbanísticas, sociales y de infraestructura que permitan enfrentan el evento climático.

El calentamiento global no es una entelequia sino algo que está ocurriendo. Y la política ambiental supone adoptar medidas que mitiguen el riesgo que ese cambio climático amplifica. El territorio del país no es una sucesión de islas a las que el poder político nacional acude en ayuda cuando se prenden fuego o las tapa el agua (con la discrecionalidad que eso ofrece). Por eso, como ocurre en países serios que acuden a las políticas de adaptabilidad para enfrentar el cambio climático, debiera crearse un Sistema Federal de Mitigación de Desastres Naturales que actúe en todas las etapas de las catástrofes naturales que se expresan en todo el país. Pero para que eso sea posible debe haber política ambiental como concepción moderna y no solo gente que ocupe cargos para los que no están preparados.

Alguien dijo alguna vez que la mejor política ambiental no es la que acude a remediar un problema ya desatado sino la que evita que esos problemas se expresen o morigera sus efectos. Esta frase no integra el relato oficial.

El autor es biólogo, periodista y asesor de temas ambientales del Frente Renovador

Fuente:
Sergio Federovisky, Política ambiental inexistente, 03/03/15, Infobae.

No hay comentarios:

Publicar un comentario