sábado, 28 de octubre de 2023

Es el saqueo, así de sencillo (22)

Por Mario Mazzitelli

Ambiente y futuro.*

Si tenemos compromiso con el futuro, deberíamos ser intransigentes en materia ambiental. Es justo lo que dice el proverbio: “Cuida bien la tierra. No te la han dado tus padres. La has tomado prestada de tus hijos.”

Si depredan el ambiente nos roban el futuro. Mirando hacia adelante, deberíamos elaborar un plan para la “transición” entre esta Argentina saqueada, colonial, explotada y una Argentina soberana, justa, próspera, moderna y ecológica.

A nadie se le ocurre que es una tarea de un día para el otro.

Lo importante es que para nosotros, la transición empieza hoy.

En tres etapas claras y distintas:

1.— La resistencia;

2.— Los planes de reconversión de las actividades más destructivas, extractivas y contaminantes;

3.— El proyecto de una nueva etapa para la Argentina.

1.— La resistencia.

Resistir es luchar. Todas las luchas son la misma lucha por la vida. Desde el “No a la mina” de oro en Esquel, Chubut, en 2003; hasta las luchas por el agua en Mendoza, en 2019/20. O el tercer Malón por la Paz, que desde la maniobra constitucional en Jujuy lucha sin cuartel por los bienes comunes, especialmente el agua disputada contra el pueblo por las grandes mineras del litio. Todas las movilizaciones, asambleas, acciones o planteos políticos y jurídicos, son una misma acción. Esas luchas deberían reunirse en un espacio político-ambientalista comprometido con la defensa irrestricta de la naturaleza.

Resistir es luchar contra 500 años de saqueo, donde el colonizador dispuso que los seres humanos y el ambiente fueran elementos de explotación para beneficio y enriquecimiento personal, grupal y de la metrópoli.

Resistir es luchar contra el actual contubernio entre el poder político y el económico, dupla a partir de la cual se depreda la naturaleza, por espurias ambiciones de dinero.

Resistir es luchar contra las fumigaciones con químicos tóxicos, contra la polución en el aire, contra la contaminación del agua de las altas cumbres, los ríos, los lagos, las cuencas hídricas, las nacientes y el mar; contra el vicio de no reciclar la basura; contra la destrucción de los humedales; contra la deforestación de bosques; contra la depredación de la biodiversidad y los ambientes originarios (barridos por la expansión de los negocios agrarios en las zonas rurales y la toma de terrenos amurallados para viviendas de los ricos en las zonas urbanas); contra la mega-minería y el fracking; contra la idea de que hay que quemar la última partícula de petróleo antes de iniciar la reconversión; contra el desarrollo de las grandes granjas de porcinos; contra la instalación de un nuevo reactor nuclear de tecnología desconocida para nosotros; etc.

Primero, entonces, resistir y luchar por la vida.

2.— Planes de reconversión para las actividades más destructivas, extractivas y contaminantes.

La realidad.

El desarrollo de las fuerzas productivas (vistas en el pasado como la panacea a partir de la cual la escasez daría paso a la abundancia sin costos colaterales) junto al aumento de la población, las pretensiones consumistas desatadas por el capitalismo y la voracidad insaciable por la acumulación y concentración de riqueza, se transformaron —en gran medida— en fuerzas destructivas, extractivas y contaminantes.

Así, para la extracción de minerales (Unos pocos gramos de oro implican: explosiones monumentales, llevar al aire millones de partículas contaminantes, gases de efecto invernadero, dejar para siempre un cráter gigante en la montaña, toneladas de roca molidas y lixiviadas en miles de litros de agua con cianuro, contaminación de los acuíferos, en algunos casos la destrucción de glaciares, etc.); para la obtención de hidrocarburos (gigantescos pasivos ambientales, contaminación de las napas, de tierras…); para la producción agropecuaria (Jorge Rulli, —extraordinario militante en defensa de la vida, la dignidad y la soberanía, falleció en mayo de este año— denunció la extensión del uso del herbicida 24D de Syngenta, mucho más tóxico que el glifosato. En su gran libro Pueblos Fumigados nos relata la devastación de los tóxicos sobre la población indefensa, del cáncer…) además sumemos el extractivismo agrario (El biólogo cordobés, premio Nobel alternativo, Raúl Montenegro, nos informa que: para formar 1 cm de suelo fértil en Tierra del Fuego, la naturaleza necesita alrededor de 800 años. En la pampa húmeda, en el mismo lapso, puede formar 3 cm de suelo fértil. En un año se le resta un alto porcentaje de los nutrientes que tanto le costaron a la biósfera. Y, antes de que puedan reponerse, ya se los vuelve al extraer. Solo agreguemos que sobre una producción de 100 millones de toneladas de granos, podemos calcular que 10 millones los nutrientes extraídos. Con las exportaciones salen del país sin posibilidad de reciclarse. Ya ahondaremos sobre este tema); para pescar se está usando el monstruoso método de arrastre (Degrada el lecho marino. Allí los sedimentos marinos resultan en importantes reservorios de carbono que ayudan a mitigar el calentamiento global, al liberar ese carbono se eleva a la atmósfera y contribuye al efecto invernadero con fuerte impacto en el clima. Destruye el hábitat de organismos que viven sobre el suelo marino. Lleva a especies a la extinción. Genera residuos biológicos al descartar toda materia viva que no van a comercializar, etc. Toda esta depredación queda impune en el fondo del mar. Con la complacencia, indiferencia o corrupción de los funcionarios de turno)

El dilema

Esta metamorfosis pone a la humanidad frente a un dilema: subordinar la vida a la economía (Como quieren los sectores conservadores, ricos y privilegiados; muchas veces asociados a planes diabólicos de disminución compulsiva de la población) o, en cambio, iniciar la transición hacia una producción sana y reparadora (Del ambiente, la fauna, la flora y los seres humanos) Elegir el lado correcto no parece tan difícil, a no ser por el aturdimiento que genera una propaganda sin cuartel en favor del consumo y el régimen que lo acompaña.

Planificación democrática.

Decididamente estos planes deben provenir de un debate abierto (todos los sectores deben participar) transparente (para que la corrupción no haga su trabajo de topo) y con carácter resolutivo (para que no quede en declaraciones que nunca se cumplen y tenga pasos estrictos de cumplimiento inflexible)

Necesariamente deberá tener su origen en el Poder Ejecutivo, en el Congreso, en un Centro Nacional de Planificación Estratégica o en una Gran Asamblea de las Asambleas, donde concurran agrupaciones, corrientes, personalidades, profesionales ambientalistas...

La transición

La transición implica la prohibición inmediata de algunas actividades (minería a cielo abierto y fracking donde todavía no se haya iniciado, etc.) y los planes correspondientes de reconversión. Por ejemplo: nueva ley de minería, creación de Yacimientos Mineros Fiscales; un gigantesco plan para la generación de energías provenientes de fuentes limpias (Que demandarán ingentes cantidades de trabajo); incremento de impuestos sobre químicos tóxicos para la agricultura hasta volver inviable su uso; un plan para controlar y evitar que los desechos industriales contaminen las napas o cursos de agua; debatir que hacer con los residuos nucleares cuya degradación demanda milenios; mirar con atención si la energía nuclear tiene o no un papel en el futuro; cuidados especiales de los bosques —con gran número de guarda-parques y la infraestructura de seguridad correspondiente— para garantizar que la biodiversidad existente pueda reconquistar espacios de los que fue desalojada (Por la creencia torpe que el “hombre puede someter a la naturaleza”), igual cuidado de los glaciares, iniciar un debate sobre la ocupación y uso del suelo, donde algunos proponen “ruralizar lo urbano y urbanizar la ruralidad”. En fin. Nuevos equilibrios que den un horizonte de siglos a la acción actual. La transición a un desarrollo sano y reparador debería ser la próxima misión para una nueva etapa de la Argentina.

3.— El proyecto de una nueva etapa para la Argentina.

El necesario salto adelante desde la competencia fratricida a la cooperación constructiva.

El pasado.

La lucha por la vida.

Si resulta cierto que en la mayor parte de los 200.000 años que los homo sapiens llevamos sobre el planeta, la lucha principal fue con el medio físico-biológico y con las otras especies; resulta verificable que en los últimos 10.000 años (con la aparición de la ganadería, la agricultura, las artesanías, el comercio, la propiedad privada y el Estado) la lucha principal se trasladó al interior de la sociedad humana.

Esto se agravó, digamos, en los últimos 5 siglos. A partir de la conquista de América y otras regiones; una minoría privilegiada, poderosa y arrogante, empezó a llevar a los extremos la explotación de seres humanos, animales, bosques, montañas, tierra, mares, diversidad biológica, etc. con un nivel de crueldad y desaprensión propia de una oligarquía enajenada, cegada por el oro, la plata y la riqueza en general; cargada de ambiciones absurdas. Imperio y dominio pasaron a ser sus dogmas. El saqueo su método.

Esta oligarquía se fue tras-nacionalizando, adoptando distintas formas según su lugar en el mundo, cargando con conflictos y guerras o alcanzando alianzas estratégicas para la defensa de sus intereses. Pero constituyendo una clase dominante a nivel mundial. Esta preeminencia les facilitó impulsar ideas, principios y valores que fueron creando el contexto cultural propicio para su dominación. Así su pedagogía impregnó todos los estamentos sociales. Nos contagió, de alguna manera, a cada uno de nosotros. Haciendo que naturalizáramos la imagen de que “todo lo que nos rodea está allí para ser exprimido sin consideración”.

Esto ha puesto, en el último medio siglo, la vida de los seres humanos pendiendo de un hilo. El asunto es que cada día ese hilo es más fino y es tensado con gran desaprensión.

El futuro desde nuestro lugar en el mundo.

Población estimada por el INDEC al día de hoy 46.044.703 habitantes. Para el 2040 proyecta una población de 53 millones de habitantes. Es probable que para 4 décadas después estemos redondeando los 100 millones. Número mágico con el que, durante el siglo XIX y cuando apenas superábamos el millón de habitantes, se soñó como ideal para la realización plena de la vida, buena y digna vida.

Si los argentinos creyéramos valioso recuperar ese proyecto de vida, procedente de la Revolución de Mayo, de nuestra independencia y emancipación, de nuestra organización nacional; deberíamos darnos una política de crecimiento poblacional muy superior. Llenar de vida el territorio es el gran proyecto. Gobernar, sigue siendo poblar, según la máxima de Alberdi. La idea de un país Justo, Próspero y Ecológico, sería inevitable.

La disputa por los bienes comunes.

Para abastecer a una población creciente necesitaremos más agua dulce, más alimentos, más minerales, etc. todos bienes apetecibles por otros pueblos, reunidos en potencias de distinta dimensión y carácter. La lucha por la vida permanecerá y saldrán victoriosos los pueblos que mejor sepan adaptarse a la nueva realidad, abrirse al mundo con inteligencia, realizar las políticas de alianza más convenientes (América Latina tendrá que unirse, en mejores condiciones que Europa, que logró su “unidad” después de siglos de guerras y aún no las superó. Mejorar la relación con todos los pueblos originarios que tienen una cosmovisión y una cultura amigable con el ambiente), etc.

Los argentinos deberíamos tener una orientación clara en este sentido. Trabajar desde las ideas para cambiar la lógica dominante: explotadora, machista y supremacista; por otra del equilibrio, la armonía, la igualdad y el cuidado mutuo. En una palabra cambiar la afamada competencia destructiva-concentradora del poder y la riqueza, por una “cooperación fraterna en el marco de la libertad creadora”. Libertad ético creadora como capacidad excluyente de los humanos; de la cual prescindimos la mayor parte de las veces. Y trabajar desde lo material para superar el atraso decadente y desintegrador al que nos han sometido.

Es claro que la Argentina no puede habilitar la continuidad de un desarrollismo dependiente, depredador, contaminante y de saqueo. El camino es el desarrollo económico sano y reparador para que todos los habitantes puedan contar con los bienes y servicios necesarios para llevar adelante una vida digna.

Agreguemos que la corrupción con su capacidad de aceitar en las altas esferas los depredadores negocios urbanos, rurales, mineros, pesqueros, etc. es parte del arsenal del enemigo.

Nuestro compromiso.

Esa Argentina Justa, Prospera y Ecológica es un proyecto; no sabemos cuán lejos está. Hoy solo sabemos que es el camino de la vida.

Para esa Argentina el compromiso empieza por nuestro hogar, nuestro barrio, el municipio, la región y sigue por el mundo (Desde la separación de la basura en nuestra casa, y el cuidado del agua y los árboles del barrio, hasta las resoluciones políticas más significativas)

Lo interesante es que depende de cada uno de nosotros, y de otros iguales a nosotros que habitan otras regiones del planeta. En 2023 reafirmamos una lección de la historia: lo que le pasa a una persona cualquiera, por alejada que parezca, nos puede pasar a nosotros. Nada de lo humano nos es ajeno.

¿Por qué dependería de nosotros? Porque nosotros somos más. Somos el pueblo. Si estamos unidos somos invencibles. Como pueblo sabemos todo lo que pasa, de una u otra manera. Como pueblo podemos vigilar y detectar las actividades contaminantes y dañinas. Como pueblo debemos organizarnos de una y mil maneras. Como pueblo debemos informarnos sobre las propuestas electorales respecto al cuidado del ambiente y las personas. Podemos controlar a los políticos para que no queden atrapados en los tentáculos del poder económico.

La Argentina Ecológica exige volver a la naturaleza. No ya en el primitivismo espontáneo con el que pudimos habitar el territorio en el pasado, sino en el marco de un plan de avanzada. Debatiendo la ocupación y uso del suelo con criterio ambiental, social, económico, tecnológico y geopolítico.

Volver a la naturaleza, es atemperar la pulsión a la compra de mercaderías. Sentir que acumular objetos inútiles no tiene gran sentido (Como dice Silvio Rodrígez: Vaya con suerte quien se cree astuto porque ha logrado acumular objetos, pobre mortal que desalmado y bruto perdió el amor y se perdió el respeto) Que podemos vivir en abundancia con pocas cosas. Que la vida siempre tiene sentido. Que dignificarla y multiplicarla es nuestra misión. Que la alegría es mejor que el dolor, aunque nada sea para siempre. Saber que se puede vivir mejor. Eso es muy bueno.

Se trata de encontrar los equilibrios inteligentes para que el nuevo vínculo con la naturaleza nos saque de la ficción de ser algo distinto. Somos naturaleza. (Si algunos economistas dicen que las fuentes de riqueza son la tierra, el capital y el trabajo, y otros responden que el propio capital es fruto del trabajo; alguien aún más audaz podría decir que: el trabajo corporizado en los humanos es un fruto evolutivo de la naturaleza) Toda la producción tiene sentido si es para obtener bienes y servicios que mejoren la calidad de vida. No para reproducir y multiplicar el capital de unos pocos. La economía social habrá de prevalecer.

¿Qué habría que hacer? De alguna manera ya lo hemos dicho. Con seguridad cambiar el capitalismo depredador por otro sistema amigable con las personas y el ambiente. Bajar el consumo de aquellos que lo hacen en exceso. Ser más justos en la distribución de los bienes y servicios. Apoyar la natalidad con inteligencia (En un territorio despoblado nosotros debemos multiplicarla) Orientar el crecimiento económico y el desarrollo por caminos que faciliten la restauración, reparación o recreación de aquello que sea posible. Generar nuevos hábitats afectuosos con el ambiente. Defender el aire, el agua y la tierra con gran esmero.

Cambiemos todo lo que haya que cambiar; desde la Quiaca hasta la profundidad de los hielos Antárticos, desde el Parque Nacional Los Glaciares, Provincia de Santa Cruz, hasta Bernardo de Irigoyen, en Misiones; para que, vivir aquí sea apetecible para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Y las mujeres y varones de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino. Por todo el tiempo. Hasta donde alcance nuestra vista. Para volver a sentir el orgullo de vivir en esta querida Argentina.

Dos aclaraciones.

1.— Puesto hoy como punto de partida; a nadie se le ocurre que se pueden frenar los suministros de energía, las fuentes de trabajo, los contratos vigentes, las obligaciones jurídicas del Estado, etc. de un día para el otro. Será una transición que durará décadas. Superarán varios períodos de gobierno. Los jóvenes, adolescentes y niños de hoy son los principales destinatarios del cambio. Entonces ¿Cuándo empezar? Hoy.

Si ya conocemos que la dirección y el sentido en el que marchamos, con sus efectos sobre el aire, el agua, la biodiversidad, el calentamiento global, etc. nos lleva a la extinción como especie ¿Cuándo vamos a empezar? Hoy.

Planes con objetivos claros área por área, no tienen por qué esperar a mañana.

2.— Nuestro paso por la vida deja huella. Una es subjetiva, hace a la trascendencia, a la emoción que nos dice que no todo termina con nuestra muerte individual, que la vida sigue en las próximas generaciones. Nos da esperanza, fuerza y alegría para luchar hasta el último aliento de nuestra existencia. La otra es objetiva, toda nuestra existencia deja huella, mucho más cuando se trata de una ruta, una represa, un automóvil o un barco. No se trata de idealizar un paso inmaterial e inmaculado sobre la tierra. Se trata de hacer un balance a la hora de planificar. De observar ventajas y desventajas junto a los impactos en el largo plazo.

Estos temas no deben verse como elucubraciones teóricas. Son cuestiones absolutamente prácticas a la hora de comprometerse en perpetuar la vida humana sobre el planeta.

*Esta nota se basa en otra que escribí meses atrás, pero me pareció importante sumarla a la actual saga sobre el saqueo.


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