domingo, 4 de marzo de 2018

Argentina. Curiosa noticia: “Se murió La Muerte” (Artículo)



El martes falleció el ex general Luciano Benjamín Menéndez, sentenciado 13 veces a cadena perpetua. Hizo desaparecer a miles de argentinos. Tenía nexos con el actual ministro de Defensa del gobierno Macri. En los 70, diezmó a la familia de la ex embajadora argentina en México. Un texto de Miguel Bonasso.

por Miguel Bonasso
exclusivo para Aristegui Noticias

Los periódicos argentinos atribuyen la muerte del ex general (destituido) Luciano Benjamín Menéndez, a distintas causas: unos a su corazón (o lo que tuviera en la cavidad torácica); otros a un cáncer de hígado. Lo único cierto es que murió a los 90 años y no fue en una batalla (jamás participó en ninguna) sino en el Hospital Militar de Córdoba, adonde se trasladó hace unos días desde su cómoda prisión domiciliaria, en un country cordobés. No es el único genocida al que por razones de edad y por una política del derechista presidente Mauricio Macri se le permitió cumplir la reclusión en el calor del hogar. Un privilegio excesivo para el genocida que batió un récord mundial de sentencias con 13 condenas a reclusión perpetua y dos más suaves de “solo” veinte años.

Entre sus varios pseudónimos (Cachorro, El Chacal, la Hiena) sobresalía el de “La Muerte”, lo que permitió a los militantes de HIJOS publicar su necrológica con el título que copiamos para esta nota. Pero también era conocido como “La Hiena” y parece que a él le gustaba ese nom de guerre, hasta que la testigo de cargo Ana María Vaca Narvaja le recordó ante el Tribunal Oral Federal N° 1 de Córdoba, lo que decía el diccionario: “animal cobarde que se alimenta de carroña”. Allí saltó de su asiento y aparente calma para insultar, a los gritos, a esa mujer a la que le había asesinado el padre y uno de sus hermanos. Y la hubiera estrangulado, posiblemente, de no haber intervenido el juez con la amenaza de echarlo de la audiencia.

Dicen algunos cronistas políticos que hasta el dictador Jorge Rafael Videla le temía más que a otros “halcones” de la dictadura militar. Sin embargo, en setiembre de 1979, se alzó en armas contra sus pares Videla y Roberto Viola, al considerar que se habían “ablandado” y la Hiena se rindió en una mañana sin mediar ningún combate.

Acusado por primera vez en 1984, su imagen recorrió el mundo, cuando se bajó de un auto frente a un grupo de manifestantes que le gritaban “asesino”, amenazándolos con un cuchillo de bayoneta. Una de sus clásicas matoneadas, que no le impidieron al presidente peronista Carlos Menem, indultarlo en diciembre de 1989, sin que hubiera todavía sentencia.

Valiente frente a hombres, mujeres y niños desarmados, la Hiena Menéndez fue un partidario desbocado de la guerra contra Chile en el conflicto del Canal de Beagle: “Si nos dejan atacar a los chilotes (decía con notorio chovinismo), los corremos hasta la Isla de Pascua, el brindis de fin de año lo haremos en el Palacio de la Moneda y después iremos a mear el champagne en el Pacífico”. Lo salvó de un nuevo papelón -esta vez frente al ejército del dictador Augusto Pinochet- la exitosa mediación del Papa Juan Pablo II.

Amante de los gestos desmesurados, cuando comandaba el Tercer Cuerpo de Ejército, el segundo más poderoso del país en los años setenta, ordenó una gigantesca quema de libros “subversivos”, sin preocuparse por las inmediatas reminiscencias del nazismo que semejante barbaridad provocaría en la memoria de muchos ciudadanos. Rendía tal vez homenaje a su tío, también llamado Luciano Benjamín Menéndez que, en setiembre de 1951, se alzó en armas contra el presidente constitucional Juan Domingo Perón y participó de una conspiración para asesinarlo.

Pero esa audacia verbal y simbólica, que escamoteaba la cobardía física de “la Hiena” no debe llamar a engaño: su récord de condenas está más que merecida, es uno de los mayores genocidas de la historia argentina y su formación y trayectoria condenan tanto a la Francia colonialista, que fue su inspiración con la doctrina de la guerre sale (la guerra sucia), como a los organismos de contrainsurgencia de los Estados Unidos, que lo formaron para el terrorismo de Estado en Fort Lee, en el estado de Virginia. Y, también, como se verá más adelante, a los dirigentes políticos de los dos partidos principales, que lo trataron, lo perdonaron y lo cortejaron sin pudor.

Las cifras del terror
Menéndez fue el general más joven en la historia del ejército argentino moderno. Tenía apenas 45 años cuando recibió las palmas del generalato. Y su carrera represiva empezó en el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, alias Isabelita, cuando condujo la guerra sucia contra la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en la provincia montañosa y boscosa de Tucumán. El tristemente célebre Operativo Independencia. Allí comenzó a desplegar las tácticas contrainsurgentes inculcadas por sus maestros internacionales: las desapariciones forzadas, la tortura, la violación de prisioneras, el robo de niños, el magnicidio contra figuras públicas etiquetadas como terroristas, las aldeas estratégicas y el fusilamiento sin juicio de los prisioneros desarmados. Tarea esta última en la que le gustaba participar personalmente como para decirles a sus subordinados: “ven, aquí nos jugamos todos, desde el último soldado hasta el Comandante del Tercer Cuerpo”. Una forma de tenebroso juramento tácito: estamos todos unidos en el crimen, nadie puede denunciar nada.

Su debut en un gobierno formalmente constitucional lo impulsaría a decir después, ante sus jueces, que había cumplido órdenes legales de un gobierno legal, omitiendo agregar que él y sus pares derribarían a ese gobierno constitucional muy pocos meses después de iniciar el Operativo Independencia. También aprovechó la orden de Isabelita para deslizar otra mentira, repetida hasta hoy por los políticos que enarbolan la teoría de los dos demonios: que había sido el “demonio” de izquierda el que había comenzado la violencia en la Argentina.

Como comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, con sede en Córdoba, Menéndez controlaba las provincias de Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Salta, Jujuy y, ya se ha dicho, Tucumán. Casi la mitad del territorio argentino que totaliza unos 3 mill0nes de kilómetros cuadrados. En los dominios de este “señor de la guerra” funcionaban 240 centros clandestinos de detención por los que pasaron hacia una muerte ignota cerca de cinco mil ciudadanos. Entre ellos se destacaron los campos de concentración de La Perla, Malagueño, La Ribera y La Escuelita.

Por la cadena de atrocidades perpetradas en esos vastos dominios, el ex general Menéndez fue imputado en 800 causas causas por crímenes de lesa humanidad. El 24 de julio de 2008, en la primera de esas causas que llegó a juicio, el Tribunal Oral Federal No 1 de la Ciudad de Córdoba lo condenó a prisión perpetua por el secuestro, tortura y desaparición de cuatro militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en el campo de La Perla. El tribunal, decente, revocó su prisión domiciliaria y ordenó su traslado a una cárcel común.

Alguien vio como La Hiena ordenaba fusilar
Hasta que regresó la democracia (diciembre de 1983) y, paulatinamente y a los tropezones, se iniciaron los juicios por los crímenes de lesa humanidad, Luciano Menéndez ignoró que había un testigo directo de su macabra sensualidad para hacer formar a los prisioneros frente a una fosa común y ordenar su fusilamiento sin juicio. Por pura casualidad, José Solanille, un humilde peón rural, observó detrás de unas matas la terrible escena que se producía a pocos metros de su escondite y se dijo que si lo descubrían no tardaría en ir a parar con sus huesos a la misma fosa. Durante años esperó temblando el momento en que caerían sobre él para secuestrarlo. Solanille no era un héroe de película pero, como diría Rodolfo Walsh era un hombre que se atrevió y, en el momento oportuno, rindió su decisivo testimonio ante la justicia.

Instruido gozosamente en la didáctica del terror que se enseña en academias europeas y norteamericanas, Menéndez borró o intentó borrar del mapa a familias enteras. Fue sin duda el caso de los Vaca Narvaja, bien conocido en México por varias razones. La madrugada del 10 de marzo de 1976, los horribles de Menéndez, conducidos por el capitán Héctor Pedro Vergez (alias Vargas), cayeron sobre la casa solariega de Villa Warcalde y se llevaron al “Viejo” Miguel Hugo Vaca Narvaja, que estaba acompañado por su esposa Susana Yofre y el menor de sus hijos, Gonzalo, de 16 años. El “Viejo” era una figura pública: a fines de los años 50 había sido ministro del Interior de Arturo Frondizi. Unos meses antes de secuestrar al “Viejo”, habían arrasado la casa de su primogénito Miguel Hugo Vaca narvaja (h.) un abogado de 35 años, al que atormentaron durante meses, al estilo nazi, hasta que lo fusilaron, ley de fugas mediante, cuando pesaba poco más de 30 kilos.

Sabia, oportuna, esa increíble matrona que fue Susana Yofre de Vaca Narvaja, se metió a la brava en la residencia del embajador mexicano en la porteña calle Arcos, junto con otros 25 miembros de la familia Vaca Narvaja, entre los que había 13 chicos, el menor de los cuales tenía 9 años. Entre los mayores se encontraba Patricia, que años más tarde sería embajadora argentina en México.

Ya se encontraban a salvo en el refugio mexicano, cuando se enteraron del fusilamiento de Huguito. Tardarían algo más en saber que su padre, el “Viejo” había sido decapitado y su cabeza, un trofeo para Vergez y Menéndez, había sido conservada en formol.

Insaciables en el impulso exterminador de las familias integradas por revolucionarios, los hombres de Menéndez y Vergez, cayeron sobre los familiares directos de Mariano Pujadas, uno de los guerrilleros que en 1972 fue fusilado por un supuesto intento de fuga en Trelew, y los secuestraron, torturaron y asesinaron. No satisfechos con la ordalía de sangre, los arrojaron a un pozo y los volaron con dinamita.

La complicidad de la clase política
Además del indulto de Menem a Menéndez en 1989, es decisivo rescatar otras complicidades más recientes. Las imágenes de mediados de los 90 son elocuentes: abrigados con sendos “sobretodos”, las manos cruzadas a la altura del vientre, codo con codo, comparten el palco de honor, tendido por el gobernador radical Ramón Bautista Mestre, el genocida Menéndez y el entonces ministro de Asuntos Institucionales de la provincia de Córdoba, Oscar “El Milico” Aguad. Ex presidente de la bancada de la Unión Cívica Radical en Diputados, Aguad es actualmente ministro de Defensa en el gobierno conservador de Mauricio Macri.

El Milico”, como le pusieron por su formación en el Liceo Militar, no solo se codeaba con el genocida en los palcos de honor, también defendía a capa y espada a su amigo Carlos Alfredo “El Tucán” Minicelli, por entonces Director de Inteligencia Criminal en la policía de la provincia de Córdoba y actualmente condenado por delitos de lesa humanidad perpetrados en la D2.

Y, tal vez esto es lo más importante de esta nota: lo que Cortázar llamaría “la continuidad de los parques”. El poder detrás del trono ya no necesita bestias vociferantes como Menéndez, sino a “demócratas” pulcros y elocuentes, como Aguad, que no grita, pero con buenos modos, acaba de poner fin al programa de Derechos Humanos en la formación de los militares. Al cabo, a quién benefician los militares que respetan los derechos humanos...
Fuente:
Miguel Bonasso @bonassomiguel, Argentina. Curiosa noticia: “Se murió La Muerte” (Artículo), 02/03/18, Aristegui Noticias.

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