sábado, 25 de junio de 2016

El último juicio a un nazi

por Alison Smale

Detmold, Alemania. Por muchos motivos, parece justo que el último juicio en Alemania a un exoficial de la SS en Auschwitz se desarrolle en una bella ciudad de provincias, lejos de los reflectores.

Fue desde rincones rurales como este, en Renania del Norte-Westfalia (uno de los estados más poblados del país), que los nazis formaron sus bases, millones de hombres y mujeres que se unieron a la causa aparentemente victoriosa de Hitler y que, sin preguntar mucho, ejecutaron sus órdenes asesinas.

Se trataba de personas como Reinhold Hanning, de 94 años, sentenciado a cinco años por ser cómplice de al menos 170.000 muertes durante la época en que fue oficial de la SS en el campo de concentración Auschwitz-Birkenau, entre enero de 1943 y mediados de 1944.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Hanning fue prisionero de los británicos, fue liberado en 1948 y pasó el resto de su vida en su ciudad natal, Lage, a 10 kilómetros de Detmold. Hanning afirma que nunca ha hablado acerca de Auschwitz con nadie, ni con su esposa, sus dos hijos o nietos.

Su juicio, que duró cuatro meses, dio como resultado una disculpa breve y cuidadosamente elaborada por las cosas que hizo al ser miembro de “una organización criminal responsable de la muerte de mucha gente inocente, de la destrucción de innumerables familias, así como de la miseria, tortura y pena de las víctimas y sus familias”.

Esa disculpa quedó muy lejos del reconocimiento que buscaban los 57 demandantes, supervivientes del Holocausto, como Leon Schwarzbaum, también de 94, quien, el día de inicio del juicio, en febrero, pidió a Hanning que rompiera el silencio, pues “ambos encontraremos pronto nuestro fin”.

Su declaración no fue suficiente para mí”, afirmó Schwarzbaum al final del juicio.

Debió haber hablado más acerca de lo que hizo, en qué participó y qué vio; no hubo nada nuevo”.

Ese mismo día, me senté con Thomas Walther, el abogado alemán responsable de los últimos procesos -que llegan setenta años tarde- en contra de los oficiales de la SS en Auschwitz-Birkenau, el campo de exterminio donde más de un millón de personas fueron asesinadas con gas, a tiros, colgadas o inyectadas.

Después de retirarse como juez, Walther se fue a trabajar a la oficina del gobierno alemán para los crímenes nazis en Ludwigsburg. Durante décadas, los juristas alemanes han argumentado que el enjuiciamiento de los oficiales del campo de exterminio solo es posible si estos pueden ser vinculados con crímenes específicos. Esa fue la consecuencia del seguimiento, tardío, de las acusaciones de crímenes de guerra por parte del sistema de justicia de Alemania occidental, plagado de abogados y jueces que eran antiguos nazis.

El año pasado esa falta de persecución fue el tema de una película de éxito “The State vs Fritz Bauer”, que narra la lucha solitaria del fiscal del estado de Fráncfort que abrió los juicios de Auschwitz en la década de los sesenta. Fue la persona que avisó al Mossad de que Adolf Eichmann estaba en Argentina.

De entre aproximadamente 6500 oficiales de la SS que trabajaron en Auschwitz, solo 29 personas fueron llevadas a juicio en Alemania occidental. (Otras veinte fueron juzgadas en el oriente comunista).

Durante su trabajo con Eli Rosenbaum, un investigador del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, Walther reinterpretó la ley alemana en un movimiento que permitiría el enjuiciamiento de John Demjanjunk, un estadounidense nacido en Ucrania, finalmente fue extraditado a Alemania y sentenciado en 2011 a cinco años de cárcel por ser cómplice de 28.000 asesinatos en el campo de exterminio de Sobibor. Murió al año siguiente.

La oficina de Ludwigsburg persiguió a otros oficiales y, el año pasado, logró el juicio y la sentencia de Oskar Groening, de 95 años, y ahora de Hanning. Dos personas más han sido acusadas; sin embargo, su estado de salud ha hecho que sea poco probable llevar el juicio a cabo.

Otro exoficial de la SS en Auschwitz murió en abril, justo antes de que se iniciara su juicio en Hanau, cerca de Fráncfort.

Solo el futuro dirá si en 30 o 40 años estos juicios aparecerán en la historia política y jurídica como una nota al pie o como todo un capítulo”, comentó Walther.

En 1981, me tocó informar sobre el final del último gran juicio por crímenes de guerra contra nueve acusados que trabajaron en el campo de exterminio de Maidanek, donde 250.000 personas fueron asesinadas.

Después de seis años en los tribunales, Hermine Braunsteiner Ryan, que se casó con un estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial, fue la única que recibió cadena perpetua.

La sala se vació una vez que la sentencia se pronunció. Horas después, yo era prácticamente la última persona que se quedó a escuchar las justificaciones de los jueces. Todo parecía muy meticuloso -Alemania occidental se ocupaba de su historia, al servicio de la justicia-, pero no había escapatoria a la impresión de que lo que en realidad hacían era dejar una simple acotación.

Mi siguiente encuentro con juicios por crímenes de guerra ocurrió en la Unión Soviética, en junio de 1986, en Simferópol, la capital de Crimea.

Fyodor Fedorenko, ucraniano, el primer sospechoso de crímenes de guerra extraditado de Estados Unidos a la Unión Soviética, fue a juicio acusado de trabajar para los nazis en el campo de concentración de Treblinka. Originario de la misma región que Demjanjuk, Fedorenko no recibió nada parecido a la meticulosa audiencia de un tribunal alemán.

Su exesposa, una campesina de quien llevaba separado mucho tiempo, fue convocada y sugirió que Fedorenko se había opuesto a la colectivización. Fue descrito como un servidor leal de los nazis invasores. La justicia soviética fue sumaria: lo declararon culpable y fue ejecutado.

El juicio de Groening, el año pasado, en otra bella ciudad de provincias, Luenenbur, quizá pareció poco espectacular. Sin embargo, como el resto, fue un recordatorio de cómo la historia del siglo XX pasa por verdugos y víctimas. Nos recuerda que siempre hay opciones y se elige.

La opción de Hanning fueron las SS. Fue herido en batalla cerca de Kiev; convaleció en las instalaciones usadas por los oficiales en Auschwitz y después se les unió en circunstancias que no fueron aclaradas en el juicio.

Leonie Figge, de 16 años, y Stina Ulbrich, de 17, parte de un grupo de 25 adolescentes que visitaron Israel en marzo, estuvieron presentes en algunas sesiones del juicio de Hanning.

Estoy contento por la oportunidad de estar aquí”, afirmó Ulbrich. “Impresiona”.

Tenían ganas de aprender de Leon Schwarzbaum que, como otros supervivientes del Holocausto, visita escuelas para compartir sus experiencias en la guerra. Ulbrich se imaginó transmitiendo sus palabras a sus propios hijos algún día.

Ese puede ser el logro más trascendente de este juicio.

Mientras tanto, Walther y yo, nos sentamos en el viejo y prístino pueblo de Detmold, de edificios con finos detalles en madera. Cuando los nazis dominaron lugares como estos, Walther reflexionaba, “había tantas esvásticas colgadas que no se podían ver las vigas”.
Fuente:
Alison Smale, El último juicio a un nazi, 22/06/16, The New York Times.

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