![]() |
| Los restos del edificio de promoción industrial de la Prefectura de Hiroshima en septiembre de 1945, actualmente se lo conoce como el domo de la bomba atómica. Foto: AFP/ Getty Images |
por Ariel Dorfman
La noticia de que
Estados Unidos va a gastar un trillón de dólares en modernizar su
fuerza nuclear ha provocado preguntas acerca de si tal estrategia,
que incluye misiles “stealth” (furtivos) que no podrían ser
detectados por fuerzas enemigas, no terminará desestabilizando la
relación con los otros gobiernos que poseen bombas atómicas,
generando una peligrosa carrera armamentista. Pero otra interrogante,
una que nos ronda hace más de siete décadas, es, a mi parecer, más
importante y primigenia: ¿fue Hiroshima un crimen de guerra?
Responder a tal
pregunta ha cobrado urgencia debido a la promesa de Donald Trump de
desatar “furia y fuego como el mundo nunca ha visto antes” contra
Corea del Norte así como debido al ultimátum igualmente insensato
de parte de Kim-Jong-Un, amenazas mutuas que indican que un nuevo
genocidio en nuestros tiempos ya no es inconcebible.
Por mi parte, no
me cabe duda de que el bombardeo de Hiroshima el 6 de agosto de 1945,
que mató, por lo menos, a 146.000 hombres, mujeres y niños y dejó
muchos miles más dañados de por vida, constituyó, en efecto, un
crimen de guerra. Contrariamente a la tesis de que tal asalto era la
única manera de esquivar una invasión de las tierras enemigas que
hubieran llevado a innumerables bajas entre las tropas Aliadas,
investigadores han constatado que la razón por la cual Japón
capituló fue por temor a que la Unión Soviética (que acababa de
declararle la guerra al Imperio del Sol Naciente) se apoderara de la
mitad del territorio nipón. Los hallazgos y conclusiones de Gar
Alperovitz, Murray Sayle y Tsyuyoshi Hasegawa, entre otros, arrasan
con el mito de que el primer ataque nuclear de la historia -al que
hay que añadir el segundo contra Nagasaki el 9 de agosto- era
inevitable.
Y, sin embargo,
aquel mito persiste. Dos años atrás una encuesta del Pew Research
Center indicó que el 56 por ciento de los estadounidenses creía que
ese bombardeo estaba justificado, un número considerable, aunque muy
disminuido del 85 por ciento que defendía esas atrocidades en 1945.
Mi propia experiencia avala tales cifras. Cuando escribí en The New
York Times hace unas semanas (en un artículo que publiqué también
en estas páginas) que Hiroshima era un crimen de guerra, recibí una
serie incesante de mensajes destemplados de parte de gringos
iracundos: ¿cómo me atrevía yo (un sucio chileno) a dudar acerca
de la benevolencia de una maniobra militar que tantas vidas había
salvado?
¿Acaso esas
personas no se dan cuenta de que al insistir en la inocencia de los
Estados Unidos no sólo tratan de mitigar su culpa por el genocidio
de centenares de miles de seres humanos, sino que facilitan y
alientan la retórica belicosa de Trump (“todas las opciones están
abiertas”, es su última andanada) y, también, por cierto, el
gasto de un trillón de dólares letales para remozar el arsenal
nuclear?
Aquellos que
juran estar a favor de tales métodos salvajes deberían comprender
que, aun si las embestidas mortales que asolaron a Hiroshima y
Nagasaki fueron, como se supone equivocadamente, un “mal
necesario”, eso no obviaría que tal asalto se condene como un
crimen contra la humanidad. Tal como lo fue la masacre japonesa de
Nanking, y los horrores alemanes procesados en Nuremburg, los
incendios aéreos intensivos de los Aliados contra Dresden y
Hamburgo, el asesinato masivo de prisioneros perpetrados por los
soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción a
mansalva de Vietnam de parte de Johnson y Nixon, y los ataques de gas
de Saddam Hussein contra Irán y Bashar al Assad en Siria. Y tal como
lo sería cualquier uso norcoreano de su arsenal minúsculo, con su
“mar de fuego” y las absurdas bravatas de aniquilar a los Estados
Unidos o al territorio colonial de Guam, que solo incrementan la
eventualidad de una catástrofe.
La discusión en
torno a si Hiroshima fue un crimen de guerra no es un ejercicio
académico. Es esencial para que tengan sentido las palabras “nunca
más” que una humanidad consternada pronunció después de las
primeras detonaciones nucleares, esencial para que no tengamos que
presenciar, como lo profetizó el filósofo Federico Nietzsche en
1888, “guerras como las que el mundo nunca ha visto antes”.
Dudo, por cierto,
de que Trump sepa quién es Nietzsche, ni menos que haya leído esa
frase de Ecce Homo que aturdidamente, y sin conocer su origen, ha
repetido en estos días al blandir la posibilidad de desencadenar una
ola de “fuego y furia”.
Pero el nombre de
Einstein debe tener alguna resonancia para Trump, hasta para alguien
tan iletrado como él. Einstein, cuyos descubrimientos de los
secretos del universo condujeron a las bombas que este Presidente
insano ofrece con tanto desparpajo soltar sobre sus rivales, dijo,
cuatro años después de que Washington destruyó aquellas dos
ciudades japonesas, “No sé con qué armas se ha de llevar a cabo
la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será una pelea con piedras
y palos”.
Si todo el
planeta se vuelve como Hiroshima, si no podemos impedir un nuevo
crimen de guerra que puede terminar en un apocalipsis para todos, que
nadie declare -si acaso alguien queda con vida- su inocencia.
Entrada relacionada:Ariel Dorfman es autor de La Muerte y la Doncella, y más recientemente de la novela Allegro. Vive con su mujer en Chile y en Estados Unidos, donde es profesor emérito de literatura de la Universidad de Duke.
Hiroshima, nuestro amor
Fuente:
Ariel Dorfman, Preparando otro crimen contra la humanidad, 04/09/17, Página/12. Consultado 04/09/17.

No hay comentarios:
Publicar un comentario