
por Luís Ferreirim
La semana pasada se publicaron los datos sobre las pérdidas de colonias de abejas melíferas en Estados Unidos para el año 2014-2015 (mortandad de verano e invernal). Los resultados son desoladores. La pérdida total media de colonias en el continente fue del 42,1 % pero el rango va desde el 25,2 % en el estado con menos pérdidas hasta el 63,4 %. La excepción es Hawai con unas pérdidas del 13,9 % (hasta un 15 % los apicultores las consideran “normales”).
Esto es lo que sabemos de las abejas de miel que tienen a los apicultores que las deberían cuidar y que multiplican sus colonias para poder mantener su actividad comercial, pero ¿qué pasa con los polinizadores silvestres? ¿aún existen en Estados Unidos?
Sin duda, este es la demostración de un fracaso más de la agricultura industrial que tira piedras sobre su propio tejado. Más de un tercio de la producción mundial de alimentos depende de la polinización por insectos, y en cuanto a diversidad de alimentos, el 75 % de los cultivos depende también de este tipo de polinización. La polinización por insectos supone solo para la agricultura a nivel mundial unos 265.000 millones de euros anuales, 22.000 millones para Europa y, en un cálculo realizado por Greenpeace por primera vez, para España más de 2.400 millones de euros anuales.
No solo hablamos de la pérdida de unos seres vivos fascinantes y de todo lo que implica su labor para el equilibrio ecológico del Planeta, pero también de nuestra propia seguridad alimentaria.
Aunque son muchos los factores que influyen en el complejo declive de las abejas, no hay duda que el modelo de agricultura industrial, donde Estados Unidos es uno de sus máximos representantes, es uno de los principales responsables de esta situación.
Este es un año clave para las abejas y para la agricultura en Europa. En diciembre de este año terminan las prohibiciones temporales y parciales de cuatro plaguicidas demostradamente peligrosos para las abejas. De los malos ejemplos se puede aprender mucho, y si no queremos seguir los malogrados pasos de Estados Unidos, es vital que las actuales restricciones se transformen en una prohibición permanente y total. Además, se deben extender a otros plaguicidas igualmente peligrosos no solo para las abejas como para nuestra propia salud y abrir la puerta a una apuesta decidida por la agricultura ecológica.
Estados Unidos, y el resto de países donde aún no se han tomado medidas para prohibir los neonicotinoides, debería aprender de la UE y no dilatar más, para empezar, la prohibición de estos peligrosos insecticidas.
Entrada de blog por: Luís Ferreirim
Responsable de la campaña de Agricultura en @Greenpeace_esp. Perfil en Google+
Fuente:
Las abejas siguen muriéndose #SOSabejas, 22/05/15, Greenpeace España. Consultado 23/05/15.
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