lunes, 28 de julio de 2014

La primera Gran Guerra

Soldado de la caballería alemana en Saint Quentin y Laon, Francia. La Primera Guerra Mundial alumbró uno de los más brutales métodos de combate: el lanzamiento de gases venenosos contra las líneas enemigas. Después de la contienda la industria química comenzó a producir agrotóxicos.

Espantosa como fue, anticipó una fracción del horror que vendría apenas 20 años después. Las diferencias entre los viejos y nuevos criterios sobre armas y estrategias marcaron el desarrollo de la contienda.

por Luis Heredia

Con casi 10 millones de soldados muertos en cuatro años de combate, la Primera Guerra Mundial se ubica entre las más sangrientas de la nutrida historia bélica de la humanidad. La cantidad de países y la magnitud de los ejércitos lanzados a los campos de batalla explican en buena medida tanta mortandad: Alemania llegó a reclutar nueve millones de soldados; Francia, cuatro millones; Rusia tenía seis millones de tropas tan sólo al comienzo de la guerra.

Sin embargo, las razones profundas de la carnicería que se desarrolló en Europa entre 1914 y 1918 obedecieron a una letal incoherencia: la aplicación de tácticas, especialmente de ataque, que venían de épocas napoleónicas, para una guerra de trincheras en las que se utilizaban armas cada vez más sofisticadas propias de la guerra moderna como la ametralladora, gases venenosos y concentraciones de cañones en número y calibre que jamás se habían visto.

Los generales de uno y otro bando, formados en las guerras del siglo XIX, no lograron resolver esta cuestión a lo largo de toda la contienda, lo que dio lugar a que las batallas se cobraran decenas de miles de muertos en cuestión de horas y que se difundiera la opinión de que se trataba de una guerra “de leones guiados por burros”.

Hubo casos extremos, como el de Rusia, que estuvo a punto de lanzarse contra los ejércitos alemanes, y del Imperio Austro-Húngaro en el frente oriental, con un ministro de Guerra, Vladimir Sukhomlinov, que estaba convencido de la supremacía de la lanza, el sable y la bayoneta sobre las armas de fuego. En un rapto de lucidez extraño en él, el zar Alejandro lo reemplazó pocos días antes de que se iniciaran las acciones. Las cosas no mejoraron demasiado para los soldados rusos, que conformaban uno de los ejércitos más atrasados de Europa.

Pero no eran los únicos, algunas unidades francesas entraron en combate vistiendo pantalones y kepis rojos, y chaquetas azules con botones dorados. Estos uniformes revelaban que algunos de sus mandos galos no habían evolucionado desde la guerra franco-prusiana de 1870 y no tenían idea de lo que iban a enfrentar. Pasaría un tiempo para que el soldado francés comenzara a utilizar el inexpresivo pero menos visible uniforme “azul horizonte” que caracterizaría a los “ poilus ” a lo largo de la guerra, y que en homenaje al centenario de la contienda vistieron algunos soldados en el reciente desfile del 14 de Julio en París.

Cargas suicidas
De todos modos, y a pesar de estos ejemplos atávicos, todos los ejércitos entraron en combate portando ametralladoras de distintos modelos (Maxim, Hotchkiss, Browning, Vickers, etcétera), que disparaban entre 450 y 600 balas por minuto.

Con la guerra estancada en trincheras, la única idea que se les caía a los generales para romper las cada vez más sofisticadas fortificaciones era lanzar oleadas masivas de soldados al ataque, ofensivas y cuerpos que terminaban desmenuzados por el fuego de las ametralladoras y dejaban los campos sembrados de cadáveres que nadie se atrevía a recoger. Sobre ese terreno había que seguir luchando. Literalmente, se atacaba pisando cadáveres y restos humanos insepultos en distintos grados de descomposición.

Sobran ejemplos de estas ofensivas suicidas en los que primaba un absoluto desprecio de los superiores por la vida de los soldados.

Un caso emblemático fue la Ofensiva del Somme, que le valió a su conductor, el mariscal de campo lord Douglas Haig, jefe de las fuerzas británicas en el frente occidental, el poco envidiable titulo de “el Carnicero del Somme”, pese a lo cual un club argentino de fútbol lleva su nombre.

Ese ataque inglés de 1916 contra las fuerzas alemanas fue precedido de un bombardeo de artillería de una semana de duración, período durante el cual 1.500 cañones de todos los calibres arrojaron 1,6 millones de proyectiles sobre las posiciones enemigas. Convencido de que no había quedado nada del otro lado después del infierno que había desatado, Haig mandó a sus tropas de “paseo”, pero muchos alemanes habían sobrevivido en profundos hoyos de los que emergieron, plantaron sus ametralladoras y comenzaron a disparar. Las consecuencias fueron espantosas: 30 mil bajas en la primera hora del asalto, algo así como 500 muertos o heridos por minuto.

El baño de sangre continuó todo el día porque se siguieron lanzando regimientos enteros contra la cortina de fuego enemiga, hasta que al final de la jornada el ejército inglés contabilizaba 20 mil muertos y 40 mil heridos.

Se trató de la mayor pérdida de hombres en un día combate en toda la historia del ejército británico. Tal fue la magnitud del desastre que la opinión pública de la isla recién conoció lo sucedido una vez finalizada la guerra.

Pese a este cataclismo, Douglas Haig siguió al frente de la Fuerza Expedicionaria Británica, y ya anciano y retirado mantenía su desprecio por los tanques y la aviación, al tiempo que aseguraba que “la ametralladora jamás sustituirá al caballo como instrumento de guerra”.

Vale todo
El aporte del desarrollo tecnológico de la industria bélica (no en vano se enfrentaban potencias industrializadas) mantuvo firme su saldo mortífero a las batallas durante toda la guerra.

La artillería fue una de las armas que más evolución demostró, por lo que fue una gran destructora de vidas en los dos frentes: cada vez se fabricaban más cañones y mayor calibre, como el caso del emblemático Gran Bertha alemán.

Ese artefacto era un obús de 420 mm que pesaba 42 toneladas, disparaba proyectiles de 820 kilos a 12 kilómetros. Recibió su nombre de Bertha Krupp, heredera del imperio de armamentos Krupp que abasteció de armas a Alemania en las dos guerras mundiales.

Los artilleros germanos lo llamaban, sin embargo, Dicke Bertha, literalmente la “gorda Bertha”, aunque no queda claro si por las dimensiones del artefacto o las de su nominadora.

Frente a este tipo de cañones pesados, como los Skoda austríacos, la única forma de sobrevivir en las trincheras era excavando cada vez más profundo, con el riesgo de que las galerías se desmoronaran y enterraran vivos a sus ocupantes.

La “Gran Guerra” significó también el debut de otros devastadores artefactos, como el caso de los lanzallamas, mortal esfuerzo tecnológico destinado a limpiar trincheras con el lejano argumento del fuego.

Esta desesperación de uno y otro bando por barrer las imperturbables fortificaciones enemigas alumbró uno de los más brutales métodos de combate: el lanzamiento de gases venenosos contra las líneas de enfrente.

Primero fueron lacrimógenos, pero después aparecieron los mortales: fue el 22 de abril de 1915, en la segunda batalla de Ypres; cuando el viento sopló para el lado de las trincheras francesas, los alemanes levantaron las tapas de cientos de tachos y una nube verde llenó de muerte y espanto a sus enemigos, era gas de cloro. La guerra química había nacido.

El químico alemán Fritz Haber, Nobel de Química en 1918, supervisó el ataque, lo que le valió el dudoso reconocimiento de “padre de la guerra química”.

“En tiempo de paz un científico pertenece al mundo; en tiempo de guerra, a su país”, fue la justificación de Haber. Sin embargo, este cuestionable argumento patriótico no convenció a su mujer, también química, quien se suicidó en el jardín de su casa porque no pudo soportar la participación de su marido en la matanza (años después, la imitó el hijo del matrimonio, avergonzado de su padre).

Tampoco sedujo años después a la patota nazi, y Haber debió abandonar Alemania por sus orígenes judíos.

Como corolario de todas estas trágicas contradicciones en la vida del científico, los nazis aprovecharon los avances en química de Haber que había producido el Ziklon A, tomando como base al cianuro, para fabricar el Ziklon B, una versión más letal, que se empleó en las cámaras de gas para el asesinato en masa de inocentes durante el Holocausto. De todos modos, Haber no llegó a saber de esto porque murió en 1934 en Suiza.

Pero el cloro no fue el único gas utilizado en la guerra. Le siguieron el fosgeno, usado inicialmente por los franceses, que mataba por asfixia (fue el más letal de todos los usados) y el célebre gas mostaza, también conocido como iperita, que fue usado en la tercera batalla de Ypres en 1917 (en la Primera Guerra las batallas duraban meses y años).

Si bien no fueron las armas más mortíferas porque casi simultáneamente con su uso aparecieron las máscaras antigás, generaron tanto terror entre las tropas que durante la Segunda Guerra los contendientes no hicieron uso de sus arsenales químicos.

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La Primer Guerra Mundial (1.5 MB)

El comienzo de “la era de las catástrofes”

La Primera Guerra Mundial brutalizó los combates, pero también la política. Su influencia se hace sentir aún hoy en distintos conflictos.

La Gran Guerra cambió el curso de la historia de la humanidad. Fue la más sangrienta que el mundo hubiera conocido y su influencia se hizo sentir en todos los ámbitos de la vida, desde el arte a la medicina, desde la familia a la educación, una influencia que en muchos casos persiste hasta hoy.

Cambió la percepción humana sobre el progreso, la ciencia o la democracia; redefinió el concepto de patria, dio un nuevo papel al Estado e impulsó el reconocimiento de derechos a las mujeres. Despojó al combate de gloria. Devoró una generación de jóvenes en los países beligerantes y sembró de muertos hasta tal punto los campos de batalla -en Flandes, en Francia, en Prusia, en los Cárpatos y los Dardanelos, en África, el Atlántico Sur o en Medio Oriente- que los países debieron crear la figura del “soldado desconocido” para honrar a los millones de hombres caídos y jamás identificados.

Movilizó 65 millones de soldados; provocó la muerte de al menos nueve millones, a un ritmo de 5.600 por cada día de combate, y dejó otros tantos heridos y mutilados. Para fabricar explosivos utilizó descubrimientos científicos fundamentales para el progreso humano, como los que permitieron crear los fertilizantes que decuplicaron la producción de alimentos; la artillería destrozó los cuerpos; la medicina desarrolló los injertos de piel y las transfusiones de sangre.

Novedosos avances tecnológicos, como la telefonía sin hilos o la aviación, le permitieron perfeccionar la maquinaria de muerte. Para que los soldados llegaran rápido a los frentes de batalla, se extendió una red ferroviaria extraordinaria, que aún persiste; para que no murieran sin luchar, se impulsaron las vacunaciones masivas. Pensada como “la guerra para poner fin a todas las guerras”, terminó con una Alemania derrotada, pero con sus tropas desplegadas aún en territorio enemigo y su gobierno mucho más amenazado por el fermento revolucionario que por los ejércitos aliados, lo que alimentó la leyenda de la “puñalada por la espalda”: Berlín había perdido el conflicto por la traición de sus elites y no en los campos de batalla. Las negociaciones de paz no pudieron modificar esa percepción: Versalles arrojó toda la culpa del conflicto sobre Alemania, mientras Estados Unidos, el único de los vencedores que, junto con Japón, emergía del conflicto fortalecido y con una economía pujante, eligió aislarse de los problemas de la vieja Europa y rechazar el acuerdo que se había redactado sobre la base de ideas de su propio presidente, Woodrow Wilson, que moriría pocos meses después, enfermo y sintiéndose traicionado.

Adiós, Europa
El mundo que surgió de Versalles representó el comienzo del fin de la predominancia global de Europa y su reclamo de ser una civilización superior. La Gran Guerra había demostrado que la civilización europea, alguna vez saludada como la más avanzada y progresista del mundo, orgullosa de sus instituciones políticas, su poderío económico y su desarrollo científico, podía ser apenas una delgada fachada para la barbarie.

La ingenua confianza en un progreso de la humanidad basado en la revolución científica y tecnológica desapareció para siempre.

Londres y París permanecieron como las capitales de los imperios más grandes del mundo (de hecho, los territorios que controlaban se expandieron al sumar las ex colonias alemanas en África), pero esto no fue un regreso a la situación de 1913.

La guerra había erosionado la credibilidad europea. La dependencia de Gran Bretaña y Francia de las fuerzas armadas de sus imperios para defender su propio territorio había quedado expuesta. Y el principio de autodeterminación de los pueblos que consagró Versalles, del que nacieron nueve países europeos, señaló que a partir de ahora las naciones, y no los imperios, serían consideradas las unidades esenciales del orden mundial.

En los años siguientes, agitaciones anticoloniales estallaron en Egipto, Irak, Indonesia e India.

De Versalles surgieron también problemas que aún hoy afectan al mundo, como los de los Balcanes o Medio Oriente: en su lucha contra el Imperio Otomano, los británicos prometieron a los árabes reinos independientes, y a los judíos, un “nuevo hogar para el pueblo judío” en Palestina. Cien años después, esas promesas demostraron ser incompatibles y fuente de permanente inestabilidad.

Pero la guerra no dejó sólo un legado geopolítico. El horror que millones de hombres vivieron en el frente occidental iba a tener sus consecuencias.

Brutalidad bélica y política
Lo que vivieron contribuyó a brutalizar la guerra, pero también la política. Si en un conflicto no importaba la pérdida de vidas humanas, ¿por qué debía importar en la política?

Muchos veteranos repitieron esa lógica al volver a sus países, especialmente aquellos que engrosaron los grupos radicalizados que comenzaban a expandirse.

“¿Por qué unos hombres que habían matado y que habían visto cómo sus amigos morían y eran mutilados habrían de dudar en matar y torturar a los enemigos de una buena causa?”, se pregunta Eric Hobsbawm, para quien en 1914 nace la “era de las catástrofes”, que se extenderá hasta 1945, una era marcada por dos terribles guerras mundiales, libradas casi en los mismos escenarios y por los mismos protagonistas. Una era de destrucción masiva, con genocidios, masacres de civiles, revoluciones sangrientas, millones de refugiados y apátridas, desplazamientos forzosos de poblaciones enteras.

La historia cuenta que cuando el canciller británico Edward Grey supo al atardecer del 4 de agosto de 1914 que Alemania había invadido Bélgica, lo que hacía inevitable el ingreso de Gran Bretaña a la guerra, dijo: “Se están apagando las luces de toda Europa, y no vamos a volver a verlas brillar en nuestras vidas”.

Grey no se equivocaba: murió en septiembre de 1933, pocos meses después de que el presidente alemán Paul von Hindenburg, héroe de la Primera Guerra y comandante de las tropas que capitularon ante los Aliados en 1918, designara como nuevo canciller a un veterano de la Gran Guerra, Adolf Hitler. Europa comenzaba a hundirse aún más en la oscuridad.

El Comienzo del siglo de Estados Unidos

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la potencia imperante era el Reino Unido, que poseía colonias en todos los continentes, pero no pudo evitar el enfrentamiento bélico. Luego del armisticio, Estados Unidos se erigió como el nuevo imperio, posición que consolidaría durante la Segunda Guerra Mundial.

por Peer Meinert

Hace unos meses, la prestigiosa revista británica The Economist analizaba las especulaciones sobre el auge y caída de las grandes potencias en torno a la siguiente tesis: “Estados Unidos hoy es el Reino Unido, la superpotencia que entonces se encontraba en plena caída y no fue capaz de garantizar la seguridad global”.

Siguiendo con los paralelismos, The Economist sostenía que la China de hoy desempeña el papel de la Alemania de 1914, “una nueva economía rebosante de orgullo nacional que amplía a buen paso su poderío militar”.

Hace un siglo las partes implicadas tampoco creyeron en el estallido de una gran guerra, fueron incapaces de imaginarse los horrores que llegarían. Pero ahora, con la crisis de Ucrania, estos hipotéticos interrogantes cobran nueva vigencia.

Ironías de la historia: precisamente Estados Unidos, que entonces era la potencia en ascenso, se había resistido insistentemente a llegar a las armas. Aún en 1916, el presidente Woodrow Wilson peleó por la reelección con el eslogan “ He kept us out of war ” (nos mantuvo fuera de la guerra). Por aquel entonces aún imperaba la Doctrina Monroe, sintetizada en el lema “América para los americanos”, que aconsejaba mantenerse al margen de los problemas en Europa.

Y lo que es más: Wilson, hijo de un reverendo de Virginia, era un idealista con una ligera inclinación a la ingenuidad y antes de que Estados Unidos entrara en la guerra urdió planes para poner a las partes en conflicto ante la mesa de negociación.

Según el biógrafo de Wilson, Andrew Scott Berg, a finales de 1916 los servicios secretos estadounidenses interpretaron mensajes de Berlín como una señal de la disposición del Kaiser a negociar. Wilson reaccionó de inmediato y envió una “misiva de paz” a los actores. Su vaga e irrealista visión era la de una “paz sin vencedores”.

Sin embargo, las cosas evolucionaron de un modo muy diferente. La primera conmoción llegó con el hundimiento del transatlántico británico “Lusitania” que había partido de Nueva York hacia Liverpool, y fue atacado por un torpedo alemán en marzo de 1915 frente a las costas de Irlanda. Murieron casi 1.200 personas, entre ellos 128 estadounidenses. Para calmar a Wilson, Berlín prometió detener por el momento la “guerra submarina absoluta”.

El punto de inflexión llegó a comienzos de 1917, cuando Alemania, con la esperanza de matar rápidamente de hambre a los británicos, reanudó con todas sus fuerzas la guerra submarina. A ello se sumó el más bien torpe intento de los diplomáticos germanos de intentar involucrar a México en la contienda, con la jugosa promesa de que podría apropiarse de Texas, Nuevo México y Arizona. Y Wilson ya no pudo hacer otra cosa: el 6 de abril de 1917 Estados Unidos declaró la guerra a las potencias centrales.

“No fue sólo la guerra submarina alemana la que forzó a Estados Unidos a intervenir”, opina no obstante el ­historiador estadounidense Michael Kazin, de la Universidad Georgetown en Washington.

“Wilson pensaba que el mundo debía ser un lugar mejor. Estaba convencido de que Dios estaba del lado de Estados Unidos”, declaró a DPA.

Con la entrada en la guerra, Wilson buscaba según sus propias palabras “la paz definitiva para el mundo y la liberación de los pueblos, incluido el pueblo alemán”. Y lo que es más: “No nos interesa el beneficio”, decía. “Luchamos por lo que consideramos el derecho de las personas a la paz y la seguridad”.

Policía mundial
La intervención estadounidense supuso un giro histórico cuyas consecuencias aún perduran: por primera vez, Estados Unidos asumía el papel de policía mundial. Ya entonces, un cierto punto de conciencia misionera impregnaba la política estadounidense. Y en la práctica, Estados Unidos apostaba por asumir el papel de Reino Unido como primera potencia mundial.

¿Fue decisiva la entrada de Wa­shington en la guerra? En un principio, Estados Unidos sólo desplegó a 14 mil soldados. Y el Estado Mayor alemán cometió un flagrante error de cálculo al estimar la potencia del Ejército estadounidense “en algún lugar entre Bélgica y Portugal”.

“En un principio, se trató más bien de un factor psicológico”, opina Kazin. “Fue decisiva la perspectiva de millones de soldados estadounidenses frescos frente a unas tropas alemanas totalmente agotadas”. En total, Wilson envió a unos dos millones de jóvenes a los campos de batalla, de los que 116 mil murieron.

Mirándolo con la perspectiva del tiempo, los expertos consideran la política estadounidense mucho más prosaica. “Estados Unidos entró en la guerra debido al equilibrio de fuerzas”, sentencia el historiador Arthur M. Schlesinger. Y como efecto secundario de la contienda llegó la “mayor explosión de la economía en la historia del país”, considera Berg.

Con todo, la Primera Guerra Mundial también tuvo para Estados Unidos daños colaterales: la maquinaria propagandística que Wilson lanzó fue gigantesca. Los alemanes fueron cari­caturizados como perros y “salvajes teutones”, los colegios cancelaron las clases de alemán y el sauerkraut (chucrut), nombre de fuerte connotación alemana, fue rebautizado como “ liberty cabbage ” (col de la libertad). Muchos alemanes “americanizaron” sus apellidos: Schmidt pasó a ser Smith o ­Müller, Miller.

Otra consecuencia fueron la censura y el control de los medios. Una “ley antiespionaje” prohibió de facto cualquier tipo de crítica al gobierno y su política bélica.

“La manipulación de los medios públicos con fines políticos se volvió un refinadísimo arte”, sostiene el historiador David M. Kennedy en su obra The First World War and American Society , donde habla claramente de censura. “Ya entonces el espionaje era notable”, apunta Kazin en relación a las actuales prácticas de los servicios secretos.

Idealismo y aislamiento
Un amargo final para los planes pacifistas de Wilson: aunque en un principio fue recibido con júbilo durante las negociaciones de paz en Versalles, su programa de 14 puntos y su defensa de una alianza mundial que regulara las crisis internacionales cosechó escepticismo, sobre todo en su propio país. En lugar de continuar su apertura al mundo, Estados Unidos volvió a sumirse en un nuevo aislamiento y nunca se unió a la Sociedad de las Naciones, predecesora de las Naciones Unidas.

Hoy, Wilson es considerado un idealista buscador de la paz. Un hombre bueno guiado por la moral, un visionario dotado para la retórica que según sus detractores aspiraba a lo imposible, pero carecía de la capacidad de cálculo para lo políticamente factible. Y en eso, afirman, no dista tanto del actual presidente Barack Obama.

Sin embargo, ahí acaban los paralelismos entre la situación actual y la de hace un siglo, opina Kazin. Sobre la debilidad estadounidense y el ascenso de China el historiador sostiene que siempre hay potencias “que suben y bajan”, pero además, hay un factor por el que considera improbable una nueva contienda mundial: “Está la bomba atómica, ahí reside la diferencia”.

Una guerra es un absurdo

Nos vemos allá arriba (Salamandra, 2014), del francés Pierre Lemaitre, cuenta la historia de dos antihéroes unidos por la desgracia de haber sobrevivido a la Primera Guerra Mundial.

por Rogelio Demarchi

Amén de trágica, toda guerra es, en el fondo, absurda. No sólo porque, de golpe, y por motivos siempre difíciles de explicar, un Estado lanza a sus fuerzas armadas contra las de otro Estado con la orden imperativa de “matar-al-enemigo”, sino porque, en la práctica, todo Estado se comporta como si quisiese ganar pero que ninguno de sus soldados sobreviva porque a los que regresan vivos los trata como si fueran parias.

Esta semana llega a las librerías una excelente novela que hace centro en esa visión: Nos vemos allá arriba (Salamandra, 2014), del francés Pierre Lemaitre (París, 1951), ganadora el año pasado del Premio Goncourt, el más prestigioso de la literatura francesa. Ya vendió en Francia más de medio millón de ejemplares y está publicada en más de una docena de otras lenguas.

Édouard Péricourt y Albert Maillard son dos antihéroes unidos por la desgracia de sobrevivir a la Primera Guerra Mundial. Antes de ir al frente, Maillard, de humilde condición, trabajaba en un banco, y Péricourt, hijo de las clases acomodadas, estudiaba Bellas Artes. Ambos estarán bajo el mando del ­inescrupuloso teniente Pradelle, que les confirmará aquello de que “el auténtico peligro para el soldado no es el enemigo, sino los mandos”: en la última e inútil batalla, Édouard, al intentar salvar a Albert de morir enterrado vivo por su propio teniente, recibe un trozo de metralla que le destruye gran parte del rostro.

Entre los máximos aciertos de la novela deben anotarse cuatro. Primero, que se concentra en la posguerra, en lo que sucede cuando Édouard y Albert regresan a casa; el primero no tiene cura y es un monstruo que necesita a diario una importante dosis de morfina, y el segundo no puede recu­perar su trabajo y no puede abandonar a su amigo.

Segundo, que se limita a trabajar con un pequeño puñado de perso­najes, como si se tratase de una obra de teatro o de un folletín de hace cien años, de manera que unos y otros vuelven a cruzarse una y otra vez.

Tercero, que ha sabido sostener de principio a fin un narrador que se las ingenia para crear una ex­quisita atmósfera de relato oral, característica que le inyecta al asunto un toque de veracidad (como si fuese el relato de algo realmente sucedido).

Y cuarto, que a propósito de esto último, hay, en el centro de la novela, un hecho real poco investigado y vergonzoso: un fenomenal y millonario negociado con los enterramientos de los militares fallecidos, que correrá paralelo a la estafa (esta sí, ficticia) de los monumentos a los caídos. En la literatura, las paralelas se tocan: si en aquella pieza clave es Pradelle, en esta lo son Édouard y Albert.

Por eso, en el diario El País , de Madrid, Lemaitre ha rechazado que él haya escrito una novela histórica. “No lo es, es una novela de género picaresco. ¿Y qué es la picaresca? Es la novela de la exclusión, es el sálvese quien pueda, es el relato de unos personajes que han de vivir en un mundo que no los quiere”.

Nos vemos allá arriba es un ejemplo de por qué y cómo la ficción nos ayuda a entender las cosas absurdas que hacen los hombres.

Lo que quedó en los libros y en el cine

Aparte de la Guerra Civil Española, ninguna conflagración enlistó a tantos hombres de letras y artistas en todo el siglo 20.

por Ricardo Césari

Sólo los muertos verán el final de la guerra. El ¿lapidario? aserto platoniano se cumplió para el poeta Alan Seeger en 
el mismo lugar donde hoy crecen las amapolas, en los campos de El Somme, un día de 1916, mientras las ametralladoras Maxim germanas segaban vidas a razón de 600 disparos por minuto. No fue el único.

Prolijamente británicos, los re­gistros del Imperial War Museum 
de Londres datan 15.022 artistas e intelectuales convertidos en soldados entre 1914 y 1918: de ellos, 2003 morirían, 3.250 serían heridos, 533 desaparecerían y 286 se convertirían en prisioneros de guerra.

Caerían en Verdún, El Somme, El Marne y otros tantos campos de batalla, a órdenes de generales estólidos como Alexander Douglas Haig.

Allí, en El Somme, pero del lado 
de las ametralladoras alemanas, es­taba Ernst Jünger, quien en Tem­pestades de acero describe su des­concierto al encontrar en el campo un dedo. Piensa en llevárselo, pero luego lo deja “porque un dedo sin el resto no vale nada”.

Quizás, fuera de la posterior guerra civil Española, ninguna conflagración haya enlistado a tantos hombres de letras y artistas en todo el siglo 20. En la Oficina de Propaganda del Reino Unido laboran James Barrie (autor de Peter Pan ), Arthur Conan Doyle (el de Holmes y Watson, claro), el gran Thomas Hardy y Gilbert Keith Chesterton, el creador del Padre Brown. Y el Premio Nobel de literatura Rudyard Kipling, quien ha movido influencias para que su hijo John sea enviado al frente, recibiría la noticia de que este ha caído en Loos. Tiempo después, ha de llegarle un grueso ejemplar de su novela Kim de la India , agujereado por una bala casi hasta la contratapa, enviado por el soldado Maurice Hammoneau, a quien el volumen que llevaba en el bolsillo del pecho le ha salvado la vida. El libro pertenece hoy a la colección de la Biblioteca del Congreso, en Washington.

En París, en el Barrio Latino, mirando a través de la breve rue Cujas desde el boulevard Saint Michele, ­puede apreciarse el frente y parte de 
la clásica cúpula del Panteón de Francia, entre cuyos muros descansan Diderot, Voltaire, Victor Hugo y Alejandro Dumas. Y están los nombres de los 210 escritores de esa nacionalidad muertos en la guerra que acabaría con todas las guerras.

Uno de ellos era Alain Fournier, autor de una de las más bellas novelas de aprendizaje nunca escritas, El gran Meaulnes , la crónica de la persecución del amor imposible de Yvonne de Galais. En 1991, en el gran camposanto nacional de Verdún, allí donde 900 mil aliados y alemanes fueron barridos por la metralla o pulverizados por el fuego de cortina, no muy lejos de la estructura tubular vidriada que alberga los restos sin identificar de miles de soldados, sus restos emergieron de una fosa común. Ha sido, hasta ahora, el último en llegar al Panteón.

En El Somme sería herido el escritor Robert Graves, y el poeta Blaise Cendrars, enrolado en la Legión Extranjera, perdería un brazo en Champagne. Y hay más: Pierre McOrlan sobrevivirá a sus heridas para seguir escribiendo y darle a Marcel Carne la posibilidad de rodar la huida imposible de Jean Gabin y Michel Morgan en El muelle de las brumas . Guillaume Apollinaire no tendrá tanta suerte: uno de los nombres máximos del surrealismo perecería solo dos días antes de proclamarse el armisticio, quizás el gesto mas surrealista de su vida.

Del libro al cine
Hay un punto donde parecen cruzarse la literatura y el cine referidos a la Gran Guerra: en Erich Maria Remarque, autor del inoxidable Sin novedad en el frente, que Lewis Milestone filmaría en 1930, para adjudicarse un par de merecidísimos Oscars.

Con sus libros antibelicistas ardiendo en las piras de la Alemania nazi, Remarque emigraría a Estados Unidos, donde permanecería hasta el final casado con la actriz Paulette Godard.

Y entre los que han salido indemnes se contabiliza Joseph Kessel, nacido 
en Entre Ríos (Argentina), piloto que toma parte en lo que un as de una ­guerra posterior, Pierre Klosterman, llamaría “el gran circo”. Kessel podría ver la adaptación de sus novelas Belle de jour, por Luis Buñuel y El ejército de las sombras , por Jean Pierre ­Melville.

Párrafo aparte para Héctor Munro, más conocido como Saki, autor de relatos memorables como Shredni Vash­tar, que deslumbraba a Borges. Como sargento de infantería, Saki caería una noche de 1916 en Beaumont Hamet, después de espetar su ultima orden: “Apaguen ese maldito cigarrillo”.

Y un breve recuadro para André Malraux, quien en sus memorias describe una mañana en el campo de Ypres, cuando una densa y veloz niebla amarilla lo devoró todo a su paso, en la primera experiencia de guerra química con gas mostaza.

Con menos glamour que la Segunda Guerra Mundial, la primera confla­gración global no ha tenido tanta literatura ni películas: sólo el desembarco de Normandía o la batalla de Stalingrado han consumido más espacio que la batalla de Waterloo. Pero hay.

Del lado alemán, Pabst rueda en 1930 Cuatro de infantería. Antes, William Wellman, piloto en la escuadrilla Lafayette, la rememo­raría en La legión de los condenados (1928). Apelando a miles de metros de archivos, King ­Vidor haría su aporte con El gran ­desfile (1925). Hasta Rodolfo Valentino puso lo suyo en la primera versión 
de Los cuatro jinetes del apoca­lipsis, en 1921. Y llegamos a Heming­way, claro.

Ernest Hemingway, herido y con­decorado en Fossalta di Piave, lo novelizaría en Adiós a las armas, que Frank Borzage rodaría en 1932, con Gary Cooper, y Charles Vidor, en 1957, con Rock Hudson. Cooper sería también protagonista de Sargento York (Howard Hawks, 1941), sobre el histórico objetor de conciencia devenido en infalible tirador y héroe. Antes, Howard Hughes, piloto, había rodado la exitosa Ángeles del infierno (1930). Para cerrar, o no, el inventor del cine de bajo presupuesto, Roger Corman, abordaría la figura del as germano Manfred Von Richtoffen y su mítico triplano rojo en El barón rojo (1971). Y lo mejor para el final.

Con un veterano de guerra en el elenco, el muy germano y marcial Erich Von Stronheim, Jean Renoir haría una obra de arte en 1937, logrando que el filme fuera prohibido por la censura de varios países y atesorado por todas la cinematecas: La gran ilusión . Y 20 años después, Stanley Kubrik abordaría el tema de los fusilamientos por disciplina en el bando aliado en La patrulla infernal . El tema sería retomado en 1964 por Joseph Losey en Por la patria , con Dirk Bogarde como el oficial que debe ejecutar al desertor Tom Courtney. Debe consignarse que a estas horas que los nietos de algunos de aquellos condenados han conseguido que los nombres de sus abuelos sean reivindicados, aun cuando sobre la memoria de muchos sigue pesando el estigma de la cobardía.

Sobre el conflicto escribieron William Faulkner (La paga de los soldados), John Dos Passos (Tres soldados), Dalton Trumbo (Johnny tomó su fusil) y Jean Giono (El gran rebaño). Pero, ya se dijo, la Primera Gran Guerra parece no haber tenido el glamour de la Segunda. Hoy sabemos 
que aquella no terminó con las guerras y abrió el camino de otra que llegaría 20 años después, convirtiendo a los 
19 millones de muertos de aquella en los 55 de la posterior. Y que el 60 por ciento de las víctimas son, siempre, civiles. Que los huesos en el encristalado cenotafio de Verdún seguirán envejeciendo entre restos de uniformes, correajes y calzado.

Y que sólo los muertos verán el final de la guerra.

Fuentes:
Luis Heredia, La primera Gran Guerra, 28/07/14, La Voz del Interior. Consultado 28/07/14.
El comienzo de “la era de las catástrofes”, 28/07/14, La Voz del Interior. Consultado 28/07/14.
Peer Meinert, El Comienzo del siglo de EE.UU., 28/07/14, La Voz del Interior. Consultado 28/07/14.
Rogelio Demarchi, Una guerra es un absurdo, 28/07/14, La Voz del Interior. Consultado 28/07/14.
Ricardo Césari, Lo que quedó en los libros y en el cine, 28/07/14, La Voz del Interior. Consultado 28/07/14.

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