El miedo la llevó a abandonar su casa en busca de ayuda. La
fuerza del agua se la llevó y apareció muerta.
Anahí Posse era docente jubilada y vivía con su marido en la
última casa del pasillo, sobre la calle 26, en el barrio La Loma. Y si hoy sus vecinos
están acá -con las puertas abiertas y los roperos podridos- y Anahí está siendo
velada fue porque cada uno tomó una decisión diametralmente opuesta. Los
vecinos se quedaron con el agua hasta el pecho pero Anahí creyó que se moría
ahogada, se desesperó, agarró a su marido de la mano y le rogó que se fueran.
Salieron pero cuando llegaron a la esquina la brutalidad de la corriente -que
en ese momento arrastraba camionetas como si fueran barquitos de papel- la
venció. Se le soltó la mano de Pedro, su esposo, y el agua se la llevó. En la
otra mano llevaba a su caniche toy del que, hasta ayer, no había novedades.
“Anahí salió de la casa y nos dijo: ‘Si no me voy me muero,
me voy, me voy’. Estaba muy asustada y decidió salir con el marido antes de que
los tapara el agua”, contó ayer a Clarín Marta de Verde, la señora de 80 años y
vestido rosa que veía su casa destruirse desde la puerta de al lado. Nadie
trató de impedir que se fueran porque nadie sabía cuál era la decisión
acertada: muchas de las 51 víctimas, de hecho, murieron por quedarse y muchas
otras murieron por tratar de salir.
“Pero desde acá hasta la puerta de calle hay un desnivel y
cuando empezaron a caminar se dieron cuenta de que el agua les llegaba cada vez
más al cuello, así que volvieron”, agrega Gyldo Verde, otro de sus vecinos.
Hasta que finalmente agarraron una linterna y tomaron la decisión final.
“Nosotros creemos que querían llegar a la casa de una de sus
dos hijas, acá a la vuelta, porque incluso les pedimos que nos prestaran una
luz portátil y ellos volvieron a entrar y nos la dieron”, cuentan.
En la pared quedó la marca negra del agua sucia y la puerta
de chapa cerrada con llave. Los vecinos tienen las alacenas podridas, las
frazadas embarradas y pusieron una tela plástica sobre el colchón empapado y
así y todo sienten que no pueden quejarse demasiado: un metro de distancia, un
mínimo margen de duda o una decisión colectiva con los vecinos de atrás y la
historia hubiera sido otra.
Fuente:
Salió de la mano de su marido para salvarse, pero se le soltó, 05/04/13, Clarín. Consultado 05/04/13.
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