Algunas zonas de Jesús María sufrieron la furia de la naturaleza, que obliga a muchas familias a empezar desde cero.
por Jorge Luna Arrieta
La vida puesta en esa casa, en ese taller. La madera como medio. Las máquinas, como instrumento. Las manos y el esfuerzo, como motores. La familia Coronel ya no está donde estaba. En esa casa ubicada en barrio Santa Elena, Jesús María. El río Guanasacate pasaba a unos 200 metros de esa vivienda. Ahora no. Su crecida imponente e imparable fue socavando todo. Y quedó a escasos centímetros de tirar abajo la tierra firme que sostiene el hogar de los Coronel.
Jesús María mira el cielo. Pide “por favor, basta”. Aunque la catástrofe climática también marca los errores del hombre.
La tarde del lunes y la madrugada del martes volvió a traer agua del cielo. Pero nadie imaginó que las consecuencias serían más graves que nunca. En las primeras horas del martes era evidente cómo el agua le iba quitando margen a la tierra. De todos modos, algunos tomaron mate por la mañana al lado de la pileta de material que había en ese terreno. Al mediodía, la pileta ya no existía más.
Allí funcionaba una carpintería, en la que, además de trabajos cotidianos de la actividad, se restauraban muebles viejos. De hecho, poseían algunos tesoros, como una diligencia. La naturaleza no entiende de eso. Los Coronel sí entendieron que debían irse de ahí. Rápido, se llevaron a los chicos. Después, entre amigos y vecinos, ayudaron a sacar elementos, para salvar aunque sea algo.
En medio del barro, pesados camiones y camionetas tentaron al destino para avanzar y sacar las máquinas más importantes del taller. Mientras, la casa, aguardaba como un capitán en su barco a que la tierra se hundiera.
Sin rivera
Frente al terreno de los Coronel se desarrolla el flamante loteo El Iván. La furia del río socavó unos 45 lotes, que ya no existen más.
A pocas cuadras de allí, otro desarrollo inmobiliario de una cooperativa, que trabaja con el sistema llave en mano. Quintas de Santa Elena se construyó con la ilusión de muchas familias de tener su vivienda propia. Es el caso de la pareja que conforman Mónica y Osvaldo, quieres miraban a la incesante correntada pasar llevando todo por delante.
Las casas que dan al río están en peligro inminente de derrumbe. De hecho, sus moradores ya se fueron.
Osvaldo contó: “El río se come todo. No hicieron el rellenado como corresponde y acá están las consecuencias”. Se trata de viviendas sin escriturar y que no cumplen con la Ley de Rivera, que marca una distancia de al menos 150 metros con el río. Ese barrio no la cumple.
“Escuchar anoche (por antenoche) al río era no saber qué iba a pasar”, recuerda Mónica. “Esta creciente es peor porque el cauce es más grande. El agua tiene memoria y nos está reclamando algo. La muerte de Maturano no sirvió para nada”, resaltó. El río golpea. La tierra cruje. La gente, sola. El momento en el que no hay palmada en la espalda que apuntale.
Fuente:
Jorge Luna Arrieta, Al río nadie lo doma, 03/03/15, Día a Día Córdoba. Consultado 04/03/15.
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