jueves, 18 de julio de 2019

“Okupas” de Chernobyl: prefieren vivir en medio de la radiación antes que caer por las balas de la guerra



Ucranianos y separatistas rusos se refugian en las aldeas abandonadas cerca del área de exclusión.

por Ferrán Barber

Los desplazados por la guerra del Donbass -tanto los ucranianos como los secesionistas rusos, quienes se están disputando el sudeste del país- han buscado refugio en las casas abandonadas de las aldeas que salpican el borde externo de la zona de exclusión de Chernobyl. Prefieren arriesgarse a morir lentamente de un cáncer de tiroides que caer fulminados por una bala o una granada de mortero.

Pasan cosas aquí que ni siquiera nosotros entendemos. Si no sobornas a los médicos, no te dan la pensión de Chernobyl”, dice una octogenaria a su también octogenario esposo, a la sombra de un castaño de la calle Gagarin. Que la aldea ucraniana en la que están lograra conservar el nombre de una calle que evoca los tiempos de la Unión Soviética da idea de su abandono.

Zelena Polyana significa “campo verde”. El koljós de este asentamiento no debía tener un aspecto muy diferente en los tiempos de la URSS. No hay un solo indicio en la belleza de ese puñado de chozas de madera estranguladas entre abetos y campos de lavanda que insinúe que se está a menos de tres kilómetros del borde de la zona de exclusión de Chernobyl. “Aquí no hay industria ni nada, así que se fue más de la mitad de la comarca. Ahora están viniendo las familias de Luhansk para huir de la guerra”, dice un abuelo con la apariencia de un mujik en el mismo momento en el que una desplazada del Donbass camina junto a su marido por el centro de la pista que divide la aldea.

Ninguno de estos recién llegados se ha unido hasta la fecha a los llamados samosany, los proscritos que poco después del desastre de Chernobyl expusieron sus vidas para ocupar ilegalmente el ecosistema radiactivo. Claro que para qué iban a arriesgarse si existen cientos de casas de evacuados a su disposición en la llamada Zona IV, la inmediatamente anexa al páramo nuclear de acceso restringido, al que ahora acuden en masa los turistas tras el éxito de la serie de televisión de la cadena HBO.

A la entrada de Zelena Polyana hay una casa algo más sólida que el resto de las cabañas, con un cartel medio caído de “se vende”. La mejor de estas viviendas -con su parcela, su corral y sus cobertizos- podría adquirirse por menos de tres mil euros. “¿Y por qué habríamos de pagar por algo que nadie va a reclamar jamás?”, dice Elena Kachalina. En el pueblo está también su hija, su nieto y un sobrino. “La radiactividad te corroe lentamente pero las bombas te fulminan”, razona. Su casa en el Donbass ardió tras ser golpeada por un mortero.

Se estima que el conflicto que enfrenta a los ucranianos con los separatistas apoyados por los rusos ha obligado a abandonar sus lugares de origen a un millón y medio de personas -o quizá dos-, de manera que era sólo cuestión de tiempo que los más desesperados buscaran un nuevo hogar en el lugar de donde casi todos han salido huyendo. En Zelena Polyana hallamos a dos familias de los oblast de Donetsk y Luhansk, conviviendo con el resto de los lugareños, la gente de Chernobyl que se quedó pese a la hecatombe nuclear de hace 33 años. En el resto de aldeas cercanas al cinturón hay al menos otra docena más.

Claro que esto es seguro”, nos dice una abuela. Y otro anciano la corrige: “Todo lo seguro que podría ser”. Que algunos de estos retornados se hayan hecho longevos no significa que otros no murieran de cáncer de tiroides u otras enfermedades asociadas al más sibilino de los asesinos. La nube nuclear no se detuvo ante la línea que trazaron los apparatchik soviéticos, pero los habitantes de la llamada Zona IV no fueron inicialmente evacuados.

Kachalina y su familia ocupan una casa abandonada hace diez años. No todos los vecinos originales de Zelena Polyana se fueron por la radiactividad. “No hay trabajo por aquí, salvo una empresa forestal que emplea a un par de docenas de personas”, nos aclara otro de los viejos, justamente en el momento en el que atraviesa la localidad un camión cargado de abetos. Al menos tres familias del Donbass que probaron suerte en este pueblo han fracasado por la ausencia de empleo.

El alto el fuego en el sudeste de Ucrania no se ha hecho efectivo nunca. No hay un solo día en que los contendientes de ambas partes no registren un herido o algún muerto, ni una sola semana en que no se produzcan intercambios de disparos en las aldeas situadas junto al frente. “Comparado con aquello, incluso Chernobyl se asemeja a un paraíso”, dicen los desplazados.

Muy de tanto en tanto, un técnico de la administración se acerca a Zelena Polyana a medir los niveles de radiactividad.

Que el lugar se considere “prácticamente” seguro no significa que se conozca todavía bien el efecto de la radiactividad a largo plazo sobre determinados tipos de hongos u hortalizas. Un equipo de científicos detectó hace ya algunos meses altos niveles de cesio-137 en la leche de una vaca que se encontraba fuera de la zona de exclusión.

Ferrán Barber, enviado especial a Zelena Polyana, Ucrania

Fuentes:
Ferrán Barber, “Okupas” de Chernobyl: prefieren vivir en medio de la radiación antes que caer por las balas de la guerra, 10 julio 2019, Clarín.
La obra de arte que ilustra esta entrada es “Chernobyl. Last day of Pripyat” del artista Alexey Akimov. 

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