domingo, 2 de julio de 2017

Quilpo, el pueblo en demolición

 
Una cantera de cal hizo nacer un pueblito que sólo habitaban sus obreros en el noroeste cordobés. Todas las casas son de la empresa. Pero la mitad de sus empleados fueron echados el año pasado y el resto, ahora. Sin cantera no habrá pueblo: las demoliciones ya comenzaron.

por Fernando Agüero

La vieja capilla está en pie en Quilpo. Es lo único que quedó de la “parte de arriba” -como le llaman los lugareños- del caserío en el que hasta hace menos de un año vivían las familias de los obreros de la cantera.

Rodrigo Lucero (26) se persigna ante la única cruz que se salvó, detrás de donde estaba el altar.

Y cuenta: “Los jefes ordenaron a los parleros que voltearan la capilla también, pero ninguno quiso hacerlo y por eso es lo único que quedó de esa parte”. Al otro sector del pueblito lo llaman “la cuesta”.

Rodrigo es uno de los que se quedó sin trabajo hace una semana. Igual que su hermano Alan (23). El padre de ambos, Orlando (53), fue despedido en noviembre del año pasado.

Al lado de la capilla estuvo alguna vez el club Quilpo.

También, el viejo edificio donde funcionó la primera escuela. Desde hace varios años, de eso sólo quedan escombros.

La noticia del cierre de Cefas, la empresa minera que explotó las canteras de Quilpo hasta hace una semana, corrió como un rayo entre los 70 empleados que aún trabajaban allí.

El domingo pasado, caminaron hasta la puerta de la planta como cualquier otro día laboral y se toparon con una guardia de gendarmes y policías que les impidieron el ingreso. De forma verbal, a secas, les comunicaron lo que habían visto en sus celulares: “Cerró Cefas”.

Este jueves, cuando La Voz recorrió lo que queda del pueblo, en las callecitas blancas de cal y piedra se respiraba un aire similar al de los cementerios. Los vecinos se cruzaban, se saludaban, hablaban. No existe otro tema. Las palabras telegrama, cierre, currículum se repiten.

No me acostumbro al silencio”, dice Roque Arce (46), otro de la última tanda de despedidos que ya extraña los ruidos que producía la planta de cal. Su hermano, Jorge, también quedó afuera. A fines de 2016, unos 80 empleados habían sido cesanteados en etapas. Los 70 restantes comprendieron que el final estaba cerca. Y llegó este 24 de junio.

Las 20 familias que aún quedan viviendo dentro del predio fabril de Quilpo deben agregar al peso del desempleo el del desarraigo: pronto tienen que abandonar las casas en las que viven, que son propiedad de la empresa. Tras los despidos de 2016, cada vez que un obrero dejó la casa que habitaba, por atrás llegaban las topadoras dejando un paisaje similar al de un pueblo bombardeado.

El pueblo, entre montañas rotas por la dinamita, desaparece.

La despedida
Osvaldo Lucero escribe en un papel celeste la frase con la que cada obrero se despide de su pueblo. Nadie sabe bien quién la escribió por primera vez, pero se transformó en un rezo colectivo: “Adiós, pueblito de Quilpo, ventanitas de papel; adiós, amigos; algún día los veré”.

Con Rodrigo y Alan como ayudantes, Osvaldo y su mujer juntan todo lo que tienen en cajas y desarman lo que construyeron en la que fue su casa durante 28 años. La mudanza está lista y la vigilancia policial no permite traspasar el vallado a los que no viven sus últimos días en ese sector.

El pueblo es de la empresa. Sus casas y lo que queda en pie lo son, menos la escuela, que como es de la Provincia es una especie de embajada de lo público en Quilpo.

Antes de su última noche, previo a mudarse a la vecina Cruz del Eje, Osvaldo dice: “Es triste, no es fácil. Nos vamos a otro lugar, y yo tengo casa. Pero acá es tranquilo. Tengo rabia por tantos años de trabajo y tanta gente que queda afuera. Nosotros estamos de vuelta, pero mis hijos recién empiezan”.

El hombre se pregunta en voz alta: “Nos trajeron Gendarmería y Policía, ¿para qué?, somos gente tranquila”. También critica el escaso apoyo que tuvieron del gremio Aoma en este conflicto: “Nos vendieron atados”, cuestiona. Era fuguista: su misión era cargar con leña los hornos donde se quemaba la piedra caliza.

Carta a Macri
Entre los vecinos, la ilusión colectiva es que la empresa vuelva sobre sus pasos y reactive la fábrica. La llegada de capitales mejicanos a asociarse con Cefas reavivó ese sueño hace unos años, cuando ya se veía venir la decadencia. Pero el proceso de caída no se detuvo desde entonces.

Gisela Tapia, esposa de uno de los obreros despedidos, lleva de la mano a su hija Catalina por la calle que separa a las casitas de La Cuesta. En la otra mano porta una carta que los vecinos escribieron para que llegara al presidente Mauricio Macri. “Por su digno intermedio le solicitamos nos ayude a que nos devuelvan nuestras fuentes de trabajo ya que dependemos de la misma para llevar el pan de cada día a nuestras familias”, dicen ahí. En la verja de Gisela, una amiga pintó un pequeño mural con una bandera donde se lee “Fuerza, Quilpo”.

Laica Ochoa se fue de aquí el año pasado. A su marido lo echaron de la cantera y partieron hacia Cruz del Eje, adonde han ido casi todos los quilpeños desalojados. Hace unos meses se separó y volvió al pueblo a vivir con su suegra, Petrona Almeida. Sobre las ruinas de la que fue su casa, dice: “Viví cosas muy lindas aquí y me da mucha pena ver que hoy no hay más nada”. Quilpo fue.

"Problemas de mercado"
Tras el cierre de la planta de Quilpo, la empresa Cefas no desaparece. Se quedará con emprendimientos similares en San Juan y en Olavarría. A través de un comunicado, la firma, que en 2016 se fusionó con el mejicano Grupo Calidra, sostuvo que los cambios en el mercado de los materiales de la construcción “revelan una fuerte reducción del consumo de cal hidratada y, como contrapartida, una importante demanda de agregados pétreos”.

Los rumores que circulan en Quilpo es que hay piedra para 200 años y que en el futuro se potenciará la explotación de las canteras pero para el procesamiento de áridos.

Esta adaptación al mercado permitirá preservar parte de los puestos de trabajo actuales. Se trata de una decisión que involucra a las personas que trabajan en la empresa. Por ello, Cefas ha dado y continuará brindando un trato cuidadoso a los empleados afectados”, marcó un comunicado difundido por el diario La Nación días atrás.

Cefas se hizo cargo de la cantera y de la empresa en 1994, cuando quebró El Sauce. En 2002 cerró la planta, que reabrió un año después, hasta ahora.

De Cerro Áspero a “Pueblo Escondido”

En 1969, la mina cerró y el pueblo construido a su alrededor se quedó sin pobladores, completamente abandonado.

Cerro Áspero es el yacimiento minero abandonado más impresionante de Córdoba.

En lo alto de las Sierras, al sur de Calamuchita, fue una villa que llegó a contar con hasta 800 obreros, con viviendas y generación eléctrica propia.

Dejó de ser explotado hace casi medio siglo. Décadas después del abandono, se transformó en una meca del turismo de aventura serrano. La gente llega para apreciar, en un muy atractivo paisaje, la villa abandonada, rebautizada como “Pueblo Escondido” para fines turísticos.

En Cerro Áspero se extraía wolframio (o tungsteno), un metal especialmente duro que tenía por principal destino la industria militar. La explotación surgió en 1895, pero tuvo su apogeo durante las dos guerras mundiales, de la mano de capitales ingleses y alemanes. Casi toda su producción se exportaba.

Con el tiempo, yacimientos chinos coparon el mercado mundial. Ese mismo mineral chino llegaba a Buenos Aires a menor precio que el que suponía explotarlo en Córdoba.

En 1969, la mina cerró y el pueblo construido a su alrededor se quedó sin pobladores, completamente abandonado.

Lo mismo que vivió Malagueño en los ’90

Al igual que en Quilpo, una zona del pueblo y un barrio entero eran propiedad de la empresa y los nuevos dueños decidieron trasladar a los vecinos de Montevideo, que estaba en la zona de canteras, a otro sector de Malagueño.

El proceso que hoy vive Quilpo es casi un calco de lo que se vivió en la década de 1990 con el cierre de Canteras Malagueño, la empresa que le dio origen a la ciudad que lleva el mismo nombre.

La fusión de las cementeras Corcemar y Minetti, a partir de la intervención de capitales suizos de Holdenbank, absorbió a la que fue la primera de todas, la calera fundada por Martín Ferreyra (el empresario que en Córdoba construyó el palacio del mismo nombre, hoy museo provincial). Sus obreros fueron despedidos y los más jóvenes buscaron seguir su destino laboral en la misma cementera, en empresas más pequeñas o en Córdoba y en Carlos Paz.

Al igual que en Quilpo, una zona del pueblo y un barrio entero eran propiedad de la empresa y los nuevos dueños decidieron trasladar a los vecinos de Montevideo, que estaba en la zona de canteras, a otro sector de Malagueño. La empresa construyó viviendas y le adjudicó una a cada empleado despedido. En paralelo, se voltearon todas las casas del barrio y hasta la capillita que también se reconstruyó en el nuevo asentamiento, en la zona baja de la ciudad.

Fuentes:
Fernando Agüero, Quilpo, el pueblo en demolición, 02/07/17, La Voz del Interior.
La desaparición de un pueblo: adiós al Quilpo, 02/07/17, La Voz del Interior.
De Cerro Áspero a “Pueblo Escondido”, 02/07/17, La Voz del Interior.
Lo mismo que vivió Malagueño en los ’90, 02/07/17, La Voz del Interior.

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