miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los peligros de los nuevos herbicidas

Irónicamente, podría ocurrir que el herbicida haya afectado la salud de poblaciones enteras cuando deja de ser utilizado porque cesó de ser eficaz.

por Alberto Achával Giraud

Con gran temor, leí el artículo titulado “Nuevas moléculas para frenar la invasión de malezas resistentes”, publicado el pasado 4 de septiembre en este diario.

En él se promociona la utilización de una combinación de herbicidas para combatir las malezas que se hicieron resistentes al glifosato, y se recomienda de modo específico un producto que contiene bicyclopyrone, mesotrione, S-metolachlor, atrazina y benoxacor.

No es esta la oportunidad de analizar de forma detallada la toxicidad de cada una de esas moléculas. Basta con inspeccionar la etiqueta del producto, que contiene instrucciones para evitar contaminación ambiental, en especial por la presencia de atrazina.

El título es “Pesticida de uso restringido” y el subtítulo dice “Preocupaciones por aguas superficiales y profundas”.

Evitar que un compuesto rociado en grandes cantidades, sobre enormes extensiones, llegue a dichas aguas es por lo menos ilusorio.

Algo parecido ocurre con otro producto del mismo fabricante, que contiene, entre otras cosas, S-metolachlor y benoxacor.

En la portada descriptiva, se ve un logo que reproduce un árbol seco y un pez muerto, con la leyenda: “Peligroso para el medio ambiente”.

Muy preocupante es la utilización de un organoclorado cíclico como el S-metolachlor, por la muy prolongada persistencia de estos compuestos en el medio ambiente. El enlace entre átomos de cloro y carbono es fuerte y proporciona gran estabilidad a estas moléculas, que se degradan muy despacio, lo que facilita su acumulación en las cadenas alimentarias.

Organoclorados sintéticos han sido utilizados como insecticidas desde 1939: el DDT es el más conocido. Fueron prohibidos en todo el planeta por sus numerosos efectos nocivos, multiplicados por su prolongada persistencia en los ambientes naturales. La vida media del DDT oscila alrededor de seis años en seres humanos y es de hasta 30 años en el suelo.

Se estima que entre 1940 y 1980 se fabricaron 1,8 millones de toneladas de DDT, que fueron a parar, de una u otra manera, a los ecosistemas y a las cadenas alimentarias.

Pero es preciso reconocer que no todo organoclorado es tóxico y que en la naturaleza existen muchos miles de moléculas de este tipo, que se forman de manera espontánea. Algunas son muy dañinas y otras no. Lo que debe preocuparnos es la masiva introducción en los ecosistemas de moléculas de muy prolongada persistencia, cuyos efectos a largo plazo sobre plantas, animales y seres humanos no son conocidos.

El metolachlor, ya mencionado, fue detectado en aguas superficiales y profundas en todo el territorio de los Estados Unidos (pese a las advertencias e instrucciones del fabricante), al igual que en peces comidos por el hombre.

En forma experimental, produce efectos muy adversos en animales y efectos citotóxicos y genotóxicos en cultivos de células humanas.

Estudios problemáticos
Un reciente artículo publicado en una revista de gran prestigio, el New England Journal of Medicine, es muy informativo. Su título es “Organismos genéticamente modificados, herbicidas y la salud pública”. Sus autores, Philip Landrigan y Charles Benbrook, critican la decisión de la Agencia para la Protección del Ambiente (EPA) de Estados Unidos de aprobar la utilización del Enlist Duo.

Esta formulación contiene glifosato y 2,4-D (ácido diclorofenoxiacético), que es un organoclorado cíclico de prolongada vida media.

Hacen notar que dicha decisión se tomó de forma apresurada, sobre la base de información insuficiente y criticable por múltiples razones.

Entre las más importantes, se menciona que lo que se sabe de estas moléculas proviene de estudios comisionados por los fabricantes de los herbicidas, que no fueron publicados. “Una práctica común en los Estados Unidos en el área de regulación de pesticidas”. Por ello, es imposible la evaluación de tales investigaciones por expertos independientes.

Conviene añadir aquí que lo mismo ha ocurrido en la investigación de fármacos utilizados en seres humanos, lo que indujo a Jeanne Lenzer, autora de un trabajo publicado en el British Medical Journal, a concluir que “los escándalos han erosionado la confianza del público norteamericano en la industria farmacéutica”.

Ello fue corroborado por una revisión del prestigioso Instituto Cochrane, que demostró que las investigaciones patrocinadas por la industria farmacéutica eran favorables a sus intereses económicos con una frecuencia sorprendente e injustificable. No me extrañaría que lo mismo ocurra con la industria de agroquímicos.

Landrigan y Benbrook llaman la atención acerca de la reciente decisión de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (Iarc, por su sigla en inglés) de rotular al glifosato como “probable” y al 2,4-D como “posible” agentes carcinógenos para seres humanos (Guyton 2015, Loomis 2015).

La Iarc llevó a cabo una exhaustiva evaluación de la literatura epidemiológica y toxicológica, que relacionó ambos herbicidas con la aparición de tumores malignos en múltiples sitios de animales de experimentación, en proporción directa a las dosis recibidas. Además, aceptó que el glifosato está relacionado con un incremento en la incidencia de linfoma no Hodgkin (neoplasia maligna del sistema linfático) en humanos.

Seriedad y desconfianza
Estamos asistiendo como espectadores y víctimas potenciales a una competencia sin fin previsible entre la resistencia de las malezas y el ingenio de los químicos, que diseñan moléculas cada vez más activas y de efectos impredecibles sobre seres vivos.

Pueden ser ocasionalmente introducidas al mercado sin que se haya realizado una evaluación exhaustiva de su impacto ambiental ni de su toxicidad sobre humanos.

Como estos últimos efectos aparecen a veces después de períodos prolongados de exposición, resulta que cuando se sospecha su existencia ya es tarde para muchos. E, irónicamente, podría ocurrir que el herbicida haya afectado la salud de poblaciones enteras cuando deja de ser utilizado porque cesó de ser eficaz, como está ocurriendo con el glifosato.

Desde que se denunció la toxicidad de insecticidas como el DDT y productos similares (1962) hasta que se implementó a nivel mundial su prohibición (2004), pasaron más de 40 años. ¿Sucederá lo mismo en el caso de los herbicidas?

Este es un tema que genera y generará grandes polémicas, alimentadas por los gigantescos intereses económicos que están en juego. Por ello, y por ser los humanos como somos, participarán en las discusiones fundamentalistas de uno y otro signo.

De todos ellos se debe desconfiar, prestando atención sólo a sólidas evidencias científicas, recogidas por medio de investigaciones independientes, por completo ajenas a quienes podrían derivar ingentes beneficios de un sesgado resultado de ellas.

Alberto Achával Giraud es médico, miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Córdoba

Fuente:
Alberto Achával Giraud, Los peligros de los nuevos herbicidas, 16/09/15, La Voz del Interior.

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