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| La geología de Fukushima |
La central está construida sobre un suelo de lutita
permeable. Bajo la central hay una falla que puede haberse reactivado
por el terremoto. El agua radiactiva se filtra al mar, provocando una
situación preocupante.
por José Cervera
Es como una maldición bíblica: los problemas más importantes
de Fukushima son el agua y la tierra, además (claro está) del fuego nuclear. El
agua, porque la incesante necesidad de refrigerar los núcleos fundidos tras el
terremoto y el tsunami de 2011 hacen necesario mantenerlos empapados
constantemente.
Esto contamina el agua con materiales radiactivos, lo que
hace necesario limpiarla. Pero la capacidad de limpieza es limitada: el proceso
de extraer los isótopos es lento y complejo, por lo que no toda el agua
necesaria para refrigerar se puede limpiar de inmediato.
Por eso es necesario almacenarla: en enormes depósitos,
miles de los cuales rodean ahora mismo a la central dañada. Pero también en las
propias piscinas y sótanos de los edificios que albergan los reactores
fundidos. Que es de donde surge el otro problema: la tierra. La central
japonesa no está construida en el mejor de los terrenos, geológicamente
hablando, y la consecuencia es que rebosa agua contaminada, que está vertiendo
al mar.
La lutita del suelo de Fukushima es permeable
A diferencia de la mayor parte de las centrales nucleares
japonesas, que suelen construirse en regiones con sustratos graníticos,
Fukushima Daiichi está edificada sobre rocas sedimentarias del periodo
Terciario, materiales relativamente recientes que reposan sobre una capa
inferior de roca metamórfica y granito.
La capa superior tiene unos 800 metros de espesor y
es de lutita; una roca sedimentaria detrítica de grano fino, entre arenisca y
pizarra, que tiene varias interesantes propiedades según su grado de
compactación y metamorfismo.
En principio puede ser impermeable, cuando su grano es fino
y abundan los minerales de arcilla en su composición; y en esto se han basado
algunos análisis que descartaban el peligro de vertidos debajo de la central:
al ser el terreno impermeable esas filtraciones no llegarían lejos.
El problema es que las lutitas son variopintas, y cuando su
grano es algo más grueso (algo que varía sobre el terreno), se comportan como
una excelente roca de acuífero: es decir, son permeables.
La salida del agua contaminada al mar
De hecho, bajo Fukushima Daiichi hay un acuífero que se
recarga desde las cercanas alturas de la meseta de Abukuma. Según geólogos
japoneses el agua se desplaza dentro de la roca desde la meseta al mar a razón
de unos 50
centímetros al día. Afortunadamente la inclinación de las
capas va hacia el mar; de lo contrario el agua contaminada se internaría en las
profundidades de la isla de Honshu, la principal de Japón, y el problema sería
incalculablemente más peligroso y complejo.
Lo que está ocurriendo es que el agua que sale de los
sótanos de Fukushima Daiichi se filtra en el acuífero y se vierte al mar, como
demuestran los pozos que se han excavado entre la central y la orilla, que se
han llenado de agua radiactiva (con bastante cesio). Las lutitas, parece ser,
no son lo bastante impermeables en esa zona, y el agua fluye buscando su
querencia natural. Lo que hace que ese cesio radiactivo vaya a acabar en el
mar.
Pero ¿por qué se filtra el agua desde los edificios de la
central? No se sabe, porque las zonas inferiores no se han podido examinar: son
demasiado radiactivas. En un tipo de roca como las lutitas lo normal sería
construir grandes edificios como los de los reactores nucleares de tal manera
que ‘flotan’ sobre la roca y pueden mantener su integridad incluso en el caso
de que el suelo se mueva: los japoneses tienen amplia experiencia en
construcción sísmica.
Lo que ocurre es que en las lutitas que hay bajo Fukushima
hay una sorpresa que no se conocía cuando se construyó la central: una falla en
las capas inferiores. Una falla que puede haberse reactivado por el fortísimo
terremoto Tohoku, dañando los cimientos de los edificios y creando grietas.
Algunas son incluso visibles en fotografías publicadas tras el accidente.
Es decir, que las piscinas y zonas de contención que
normalmente incorporan en sus cimientos los reactores nucleares pueden estar
fracturadas, y por esas grietas se escaparía el agua contaminada para acabar en
el mar.
Hay muy poco que se pueda hacer para impedirlo: localizar
las grietas para taparlas es imposible, porque no se puede entrar en las
regiones inferiores de los reactores dañados. Hacer una pantalla entre la
central y el mar no tendría sentido, pues tendría que ser de enorme profundidad
y extensión para garantizar la impermeabilidad en una roca porosa. Parece que
los vertidos continuarán, y el Pacífico se volverá a contaminar.
En el apartado de buenas noticias, el océano es inmenso y ya
ha asimilado y dispersado dosis de radiación enormes tras el accidente. La
costa de Honshu sufre algunas de las más potentes corrientes oceánicas del
planeta, que se encargarán de dispersar el material radiactivo. Lo peligroso
sería que se concentrara.
Además los isótopos de Cesio tienen semividas relativamente
cortas, por lo que perderán pronto su peligrosidad. La situación es
preocupante, pero no alarmante, y sobre todo nos recuerda que el coste de un
accidente de este tipo es inmenso, en términos ecológicos y económicos: las
tareas de limpieza se prolongarán durante años y la central dañada seguirá
dándonos sustos de vez en cuando. Esperemos que no peores o más peligrosos
todavía que el actual. Porque tras resultar herida de muerte por el fuego la
maldición del agua y la tierra aún se cierne sobre Fukushima Daiichi.
Fuente:
José Cervera, Fuego, agua y tierra: los malos espíritus de Fukushima Daiichi, 26/07/13, rtve.es. Consultado 26/07/13.

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