domingo, 16 de junio de 2013

Así se mata a un qom

Eusebio Canducho y niños de la comunidad qom El Salado, en el lecho seco del río homónimo, localidad de Castelli, Chaco. Foto: Sergio Cejas/ La Voz



Una grave sequía agrava la situación de dos comunidades que llevan décadas castigadas por la miseria y el más alto índice de cáncer de cuello de útero que se tenga registrado en el mundo. Postales de una Argentina que no aparece en los avisos.

por Sergio Carreras y Sergio Cejas

Cada año, el otoño se las arregla para pasar de largo y ni siquiera tocar las calles desangeladas de Juan José Castelli, la ciudad chaqueña que se vende en guías de turismo como “Portal del Impenetrable”, el bosque mítico que sigue de pie sobre las tierras duras del nordeste argentino. Es junio y hace mucho calor en Castelli, la ciudad que también es -aunque esto no lo dicen los folletos de las agencias de viaje- el portal de ingreso al territorio qom.

Invisibles. Los qom, antes llamados tobas, no son fáciles de encontrar si uno se queda caminando por las zonas céntricas de esta ciudad de casi 50 mil habitantes. Hay un aborigen fornido, vestido apenas con un taparrabos y con los abdominales pintados de verde cemento sobre la avenida principal, junto a un gaucho y a un inmigrante igual de verdes, pero más abrigados; todos componiendo un acrisolado monumento a la raza.

También hay tres placas, dos de hierro y una de mármol, que destacan “el profundo reconocimiento al aborigen chaqueño”. Las placas están adheridas a una copia miniaturizada del obelisco porteño que, supuestamente por error del correo o del ferrocarril, llegó a esta ciudad en 1936. La otra Castelli, a la que habría ido dirigido el obelisco, en provincia de Buenos Aires, se quedó esperando el regalo. También hay una aborigen, con sus pechos grandes al aire y un jarrón cerámico en la cabeza, que no tuvo más opción que permanecer parada todos los días, exhibiendo su piel de madera en la entrada del municipio.

Pero, los qom de verdad, ¿dónde están? No se los ve piloteando los centenares de motitos que avanzan en cardúmenes por las calles de la ciudad. No se los ve administrando locales comerciales, vendiendo ropa o comidas en la calle, o trabajando de mozos en los bares.

Llegar hasta donde están sus comunidades originales no es sencillo. Están a sólo media hora en auto desde la ciudad, pero encontrarlos es un desafío porque no existe ningún cartel de Vialidad que indique cómo llegar, o las distancias hasta ellos. No hay una sola mención rutera que indique que las comunidades están ahí, que existen. Los mapas instalados en los sistemas de GPS se ponen en blanco al entrar en la zona, que tampoco está cubierta por alguna empresa de telefonía celular. Y los mapas políticos de la provincia dibujan los ríos, las ciudades, pero ninguno visibiliza estas comunidades.

Un río que se fue. Las dos comunidades qom cercanas a Castelli son El Salado y Pampa Argentina. Ambas crecieron junto al río Salado, un brazo ancho y generoso en peces que integra el sistema fluvial del Impenetrable y que ha sido el principal sustento para los qom de esta zona.

Pero, ayudado por la sequía general que castiga la zona y sin previo aviso, el río comenzó a secarse a mediados del año pasado. Para fin de año, los qom vieron cómo el cauce, de unos 100 metros de ancho y de cinco metros de profundidad en algunas zonas, se fue convirtiendo en un arroyo primero, en una serie de charcos después y, al final, en un paisaje de tierra resquebrajada, como se lo puede apreciar en la actualidad.

Los qom de estas comunidades del Chaco, silenciosos como son y encerrados en el monte como viven, llevan medio año muriendo lentamente sin que alguien, todavía, se haya enterado. Los que aparecen habitualmente por televisión, acampando en Plaza de Mayo y pidiendo entrevistas con la Presidenta, son sus parientes de la provincia de Formosa, no son estos.

Luego de perdernos en dos ocasiones, tratamos de comunicarnos con alguien que nos orientara. Para eso, nos acercamos a árboles y lomadas donde, según nos dijeron algunas personas que pasaron en moto, a veces suele haber unas ráfagas de cobertura telefónica. No tuvimos suerte. Luego de varias vueltas, pasamos por una tranquera con un cartel pequeño, escrito con letra vacilante, que decía “comunidad qom”. Era aquí.

Casas de avisos. La comunidad qom de El Salado ha quedado reducida a nueve familias, de las 22 que eran hasta que el río seguía con agua. Un anexo escolar funciona en el centro, que consiste en una pieza construida con ladrillo, apuntalada por un mástil con la bandera argentina y una multicolar wiphala. Las pocas casas alrededor, donde se amontonan varios grupos familiares, son plásticos de publicidades comerciales y políticas envueltos alrededor de cuatro palos clavados que fungen como viviendas.

Uno de los hombres, Eusebio Canducho, se ofrece a mostrarnos cómo hacen ahora para conseguir agua. Salimos hacia el río seguidos por 10 chicos sonrientes y 6 perros flacos. Bajamos la barranca que da al lecho del río. Es como estar parados en el centro de un estadio vacío, rodeados por tribunas llenas de quebrachos colorados, itines, palos santos. Y en el centro, nada. Apenas queda un solo charco verde, putrefacto, donde dan sus últimas boqueadas dos o tres viejas del agua, rodeadas por una multitud de esqueletos y pescados panza arriba, a medio pudrir. Serán quizá los últimos peces con vida que quedan en el Salado. Con unas horas de vida.

Subimos la barranca de la vera contraria. Caminamos 200 metros entre una vegetación cerrada. Llegamos a una perforación, de 13 metros de profundidad, en donde colocaron un caño que termina en un pedazo de neumático que sirve como batea. Al lado, están cavando un pozo que recién va por los dos metros y medio. “No podemos cavar todo el día, como quisiéramos. No comemos bien hace mucho y no hay tanta fuerza”, dice Eusebio. Los chicos persiguen al fotógrafo y luego se cuelgan de una liana desde la cual, en días más felices, se arrojaban a la profundidad del río.

“Ese rastrón lo hicimos tirando de la cola de un yacaré, que se nos metió en la batea”, cuenta Eusebio. Un chico de unos 14 años dice que, con otro amigo, hicieron que el yacaré mordiera un palo y, tirando del palo, lo arrastraron como 50 metros para que no les rompiera la perforación. Unos minutos después, los más chiquitos encuentran otro yacaré, pequeño. Con una horquilla le sujetan la cabeza y otro, de 6 años, lo arrastra de la cola. El yacaré está seco como un pergamino, parece un palo. “Sin pescados, no tienen comida. Se están muriendo”, nos explica uno de los chicos.

El agua no llega más por el río. Nadie sabe por qué. Si por la falta de lluvias o porque construyeron alguna obra río arriba que la detuvo. Tampoco llega el agua que debería enviar el municipio de Castelli para que los qom no se mueran. Un camión tanque debería ir una vez por mes a llenarles un aljibe y algunos piletones. Pero a veces no va. Como ahora, que lleva más de cinco semanas sin aparecer.

Las cosas están peor todavía en la otra comunidad, Pampa Argentina, que también está reduciendo su tamaño a pasos rápidos por la falta de agua. Y por un enemigo más feroz que la sequía: las condiciones de vida han hecho de esta zona de la Argentina la región del mundo con más alto índice de cáncer de cuello uterino. Las mujeres se mueren a puñados. Mueren jóvenes y dejando muchos hijos.

Pero los qom chaqueños mueren como viven. En silencio. Encerrados en un bosque impenetrable e infinito. Ningún grito de agonía alcanza a escucharse, ni siquiera en Castelli, la ciudad más cercana y que rinde un extraño tributo a sus “valientes pueblos originarios”.

El silencio de las mujeres y la desconfianza de los hombres

Los exámenes médicos son un tema de discusión en las comunidades qom. "Cuesta convencer a los hombres para que autoricen a las mujeres de la comunidad.

por Sergio Carreras y Sergio Cejas

Para llegar desde El Tostado a Pampa Argentina, la otra comunidad qom que vive cerca del cauce del río El Salado, hay que transitar caminos vecinales y huellas cerradas por la vegetación espinosa del monte. Hay que abrir tres tranqueras y tener mucho cuidado con los boyeros, los alambres electrificados, colocados por los “gringos” de los alrededores, que cruzan suspendidos los caminos y que están tejidos como telarañas entre los árboles y dispuestos al contacto con cuadrúpedos o bípedos.

Eleuterio Farías, el representante de la comunidad, nos cuenta que todavía quedan unas 600 personas, pese a la desaparición del río. En toda su vida, dice, jamás El Salado se había secado. Junto a su sobrino Arcenio Álvarez, nos acompaña hasta un charco ubicado a unos tres kilómetros de su vivienda y que es hoy la única fuente y promesa de agua disponible para los animales de su comunidad y, a veces, también para las personas, cuando el camión con agua que debería venir desde Castelli demora en llegar.

Mientras Eleuterio habla, las cuatro mujeres que están con él lo escuchan en completo silencio. Jamás acotaron ni una palabra en las horas que duró la conversación. Antes, se habían levantado para dejar sus sillas a los hombres y siguieron de pie todo el encuentro: no hay más sillas. Eleuterio pide a una de ellas que le traiga el bolsón alimentario que les entregaron en mayo con comida vencida. Muestra las latas de pan de carne marca Vianda, vencidas el 18 de octubre del año pasado. Luego, saca un paquete de yerba vencida hace cuatro años y comienza un largo insulto contra los dirigentes políticos que los llenan de promesas.

En la visita nos acompañó Gladys Cruz, maestra de la ciudad chaqueña Pampa del Infierno y presidenta de la ONG María del Norte, que trabaja para disminuir la cantidad de mujeres muertas en las comunidades qom por cáncer de cuello de útero. El ginecólogo cordobés Gabriel Femopase, visitante asiduo de la zona, nos explicó que no conoce otro lugar en el planeta que tenga tanta cantidad de mujeres muertas por este tipo de cáncer.

Las víctimas son jóvenes, que inician su vida sexual y se embarazan a partir de los 12 años, multíparas, expuestas a una alimentación deficiente e inmunodeprimidas, especialmente por la gran cantidad de arsénico que tiene el agua que tomaban del río. A los veintipico, ya suelen desarrollar el cáncer. La totalidad de ellas tiene el virus del papiloma humano (VPH), que es transmitido por los hombres durante las relaciones sexuales. El VPH encuentra un ambiente ideal en las comunidades y termina favoreciendo el desarrollo del cáncer.

Testigos. Cuando volvemos a El Tostado, somos testigos de la conversación entre la presidenta de la ONG y el representante de esa comunidad, Orlando Laureano. Gladys Cruz intenta convencerlo de que le dé su número de teléfono, para saber si las mujeres de su comunidad irán a realizarse una colposcopía en septiembre, cuando Femopase vuelva a visitar la zona.

Laureano le contesta con rodeos durante unos 20 minutos. “Las mujeres no están conformes con estudios”. “Las mujeres no les gusta doctores”. “Si están sanas no van a ver doctores; si enfermas, sí las llevamos”. Eso responde el representante, mientras su mujer, a dos metros, sentada de espaldas, ni levanta la mirada. En un momento, Gladys piensa que ha descubierto el problema: “¿Las mujeres no quieren que las vea un médico hombre?”. Laureano le dice que prefieren que las vea una médica mujer. Pero, aclarado esto, sigue sin darle el número de teléfono. Luego de varios tiras y aflojas, accede a consultarles la opinión a las mujeres. Sube a su moto, carga a su mujer y a su hijo, va hasta las casas vecinas y habla con las mujeres en lengua qom. Vuelve, e insiste en que las mujeres no están conformes. Que les provoca molestias ir a hacerse el estudio. Y pide medicamentos, y baterías para el teléfono celular, y tarjetas para cargarle crédito.

Gladys Cruz, cuya madre murió de cáncer de cuello de útero y que sabe que las mujeres qom irán a hacerse el estudio sólo cuando reciban el permiso de los hombres, cuenta que todavía no han conseguido hacerles entender que, cuando las mujeres manifiestan síntomas, es casi seguro que ya han desarrollado un cáncer. El VPH actúa silenciosamente y no presenta síntomas visibles. Pero los hombres de las comunidades insisten en que, si ven a sus mujeres sanas, no van a enviarlas al médico.

Estudios médicos. Las mujeres de la comunidad qom sólo se realizan los estudios médicos si reciben la autorización de los hombres de sus familias. Y los hombres son remisos a dar este tipo de permisos.

Bienvenidos a La Mosca, la villa de los qom


por Sergio Carreras y Sergio Cejas

Es un asentamiento ubicado junto a un basural, que le da forma a una de las postales de exclusión y pobreza más extremas del país. Allí reside el jefe de los qom, quien hace unos días fue apaleado por la policía durante una protesta para reclamar bolsones.

Aunque los qom no sean una presencia muy visible en Castelli, tienen por lo menos cuatro zonas de residencia dentro de la ciudad. En todos los casos, son las barriadas con peor infraestructura que pueden verse.

Una de esas zonas es la villa miseria La Mosca, bautizada así en honor a su cercanía con un basural. Está instalada junto a la ruta de salida hacia la ciudad de Miraflores. El viernes pasado, una lluvia importante e ines­perada para esta época del año vino a poner un breve e insuficiente corte a la sequía. La villa La Mosca parecía flotar sobre el barro y el agua.

Casi todas las casillas fueron construidas con retazos de plástico negro o pedazos de carteles publicitarios. No cuentan con los servicios mínimos, y ese día tenían sus pisos de tierra cubiertos por 20 centímetros de agua.

El resto del año, para tener contacto con el agua, caminan largas cuadras con baldes y bidones hasta una canilla comunitaria. Las madres, con los niños en brazos. Los hombres apaleaban barro, inútilmente, tratando de evitar el ingreso de más agua.

La Mosca está viendo crecer su población como consecuencia de la llegada de familias de las comunidades El Salado y Pampa Argentina, que son corridas por la desa­parición del río Salado. “Allá, doblando para la canchita, viven los Gómez”, señala una vecina, con los pies enterrados en el barro, frente a su casa junto a la ruta. “Vinieron de El Salado hace unos meses, pero ahora creo que no están, porque hace poco se les murió un nenito”.

Líder torturado. Acá en La Mosca vive también Félix Díaz, el líder qom que hace algunas semanas fue torturado por la policía chaqueña luego de que organizaron un corte de ruta para protestar por una suspensión en el envío de bolsones alimentarios que hace el gobierno de Jorge Capitanich (Partido Justicialista).

Díaz no fue el único al quien patearon en el piso y le pisaron el cuello con una bota. Félix Díaz es homónimo de otro dirigente qom, pero formoseño, que en las últimas semanas ha tenido buena presencia en los medios de comunicación de Buenos Aires debido a la protesta que realiza en Plaza de Mayo. La casa de Díaz, también inundada por la lluvia del viernes, está justo frente a la ruta y tiene tres aberturas para puertas, pero ninguna puerta. Nadie responde al llamado. Al rato, aparece un vecino y dice que Félix no está, que se fue. Otros vecinos nos dicen que la Policía lo anda buscando de nuevo y por eso no se deja ver por La Mosca.

La villa ofrece una de las imágenes de pobreza urbana más tristes que se puedan ver en Argentina. No tiene el crecimiento vertical de las villas miseria porteñas, ni los pasillos peligrosos de las villas rosarinas, ni la telaraña de conexiones eléctricas clandestinas de las cordobesas. Tampoco tiene la vida de un barrio.

Son casas aisladas, no se tocan las paredes de plástico entre una y otra, y están separadas por yuyales y, a veces, por vallas construidas con palos.

El barrio La Mosca, brotado cerca del basural, está rodeado de basura y de abandono. Tan lejana, tan poco habitual parece ser la relación entre los qom y la posesión de dinero, que muchos de ellos todavía hacen las cuentas con una numeración que no existe en Argentina hace varias décadas. “Y, cobro unos cuatro millones de pesos de sueldo”, nos dijo un maestro de una escuela de Alberdi, en la zona de las comunidades qom, para señalar que cobra cuatro mil pesos.

“Yo recibo el PEC, que son unos 750 mil pesos por mes”, nos dijo Eusebio Canducho, de la comunidad El Salado, para referirse a los 750 pesos que cobra del Programa de Emergencia Comunitaria.

El tren de los rusos. La historia oficial de Castelli cuenta que la ciudad nació a partir de la llegada, en la cuarta década del siglo pasado, de un tren repleto de rusos y alemanes enviados desde La Pampa, en donde habían fracasado sus cosechas. Luego, hubo una segunda ola migratoria, con rumanos, croatas, ucranianos, yugoslavos, checoslovacos y polacos, que explica la gran cantidad de rubios y rubias de ojos claros que se ven en las calles de la ciudad.

La historia puesta en el papel no ignora la presencia anterior de las comunidades qom y wichi, quienes son mencionados en los discursos y están presentes en los monumentos. Pero villas miseria como La Mosca muestran hasta dónde pueden ser sólo formales los reconocimientos.

La relación de los qom con el dinero es muy lejana. Lo cuentan con una numeración que hoy no existe.

“Gano 4 millones por mes”, dice el maestro. En realidad, gana 4 mil pesos cada 30 días.

Fuentes:
Sergio Carreras y Sergio Cejas, Así se mata a un qom, 16/06/13, La Voz del Interior.
Sergio Carreras y Sergio Cejas, El silencio de las mujeres y la desconfianza de los hombres, 16/06/13, La Voz del Interior.
Sergio Carreras y Sergio Cejas, Bienvenidos a La Mosca, la villa de los qom, 16/06/13, La Voz del Interior.

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