por Antonio Elio Brailovsky
Es tiempo de recordar que los desastres naturales no
existen. Un desastre es la expresión social de un fenómeno natural. Y los
desastres no comienzan en el momento en que los vemos, sino que son objeto de
una lenta construcción social. Podemos situar el comienzo en 1886, cuando el
intendente Antonio Crespo autoriza los primeros loteos de terrenos bajos, una
de las operaciones más irresponsables de la historia de la ciudad de Buenos
Aires. Se inicia la urbanización de los bajos inundables, terrenos cuya ocupación
había estado prohibida primero por las Leyes de Indias y después por el sentido
común. Lo demás fue simple imitación. Pronto otros permitirían urbanizar los
valles de inundación del Vega, el Medrano, el Cildáñez, el Riachuelo.
Operación extremadamente irracional: primero se mete a la
gente dentro del río y después se buscará cómo sacar el río de allí, mediante
obras públicas costosas y de resultados inciertos. En el último siglo se
ofrecieron innumerables soluciones milagrosas, de las cuales la más frecuente
fue el entubado de los arroyos. Pero el agua no sale más rápidamente si está
escondida. Al revés, los arroyos a cielo abierto tienen un mejor comportamiento
ante las crecidas que los entubados, simplemente porque el agua encuentra menos
obstáculos para salir.
¿Para qué se entubaron, entonces? Para mejorar su
valorización inmobiliaria. La mejor solución urbanística hubiera sido dejar los
arroyos destapados y aprovecharlos para mejorar el paisaje, como hacen en
Granada con el Darro y el Genil. En cambio, decidieron usarlos como cloacas, lo
que requería esconderlos para que no se desvalorizaran las propiedades
ribereñas.
El tema también hay que asociarlo al urbanismo y a la
política urbana. Aceptar de una vez que las obras definitivas no existen, que
en el mejor de los casos sólo podrán atenuar las crecidas y mejorar las
situaciones, pero es probable que los problemas subsistan, aunque sea en menor
medida. Las obras se expanden, pero las lluvias también lo hacen. El cambio
climático significa que cada vez llueve con mayor intensidad y se requerirá
ampliar continuamente la capacidad de conducción de los arroyos.
Verlo de otra manera nos sirve para empezar a adaptar la
ciudad a su realidad inundable. No se construye igual en sitios que se inundan
que en otros que van a estar siempre secos. Hay que cambiar los códigos de
edificación y de planeamiento urbano para adaptarlos a esa realidad. La primera
y más urgente medida es definir con claridad las zonas con riesgo de inundación
y comenzar a actuar en ellas. Mientras ese riesgo exista, no puede haber en
ellas garajes subterráneos. Lo mismo con la electricidad. No tiene sentido
seguir discutiendo cada vez si hay o no cortes preventivos en las zonas de
riesgo. Es decir, si dejamos a la gente a oscuras o si corremos el riesgo de
que alguien muera electrocutado. En muchas zonas necesitamos tener luces de
emergencia y elevar las cajas de la luz para que queden a cubierto del agua.
Pero además: ¿tiene sentido volver a cruzar calles con
cuerdas y botes? ¿No será el momento de empezar a construir puentes peatonales?
Después, las obras tal vez ayuden a que se usen una vez cada dos años en vez de
usarlos dos veces en una semana. En síntesis, necesitamos respuestas
imaginativas que partan de aceptar que, por ahora, tenemos que convivir con la
inundación.
Fuente:
Antonio Elio Brailovsky, El resultado de la lenta construcción social de un desastre, 03/04/13, La Nación.
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