jueves, 5 de marzo de 2015

Idiazábal, el clamor del pueblo arrasado por el agua


Una nueva lluvia terminó de sumergir a la localidad cordobesa más castigada por la inundación. Enviados del Puntal de Río Cuarto entrevistaron a los últimos en abandonar sus hogares.

por Alejandro Fara

Esta vez los últimos en abandonar el barco son los perros. Se los puede ver extraviados en la ruta 6, trotando fámelicos, sin rumbo. Otros quedaron entrampados en los techos de las casas del pueblo que quedó sumergido. Hay uno que ladra histérico sobre el tapialcito de lo que fue un jardín delantero.

Debe llevar horas yendo y viniendo por ese angosto sendero. Si se cae a la correntada será su fin. Los bomberos que patrullan en bote lo que antes eran las calles de Idiazábal se apiadan del cuzco y se acercan a recogerlo, pero no hay caso: rabioso de esperar que baje el agua, el perro se niega al rescate y muestra los dientes. “Si al menos pudiéramos haberlo subido al techo”, se lamenta uno de los bomberos antes de continuar remando.

Son las cuatro de la tarde de un martes que nadie olvidará. La lluvia parece empecinada en borrarlo todo aquí. Empezó a la medianoche, y a las tres de la madrugada ya iban 70 milímetros. Entonces sí, los últimos habitantes de la zona norte de Idiazábal donde se aglutina el 70 por ciento de esta población de 1.800 almas decidieron que ya no podían luchando contra esa corriente amarronada que se les metió por sorpresa hace siete días.

En el acoplado de un viejo camión Mercedez Benz rescatan a una familia completa. Un tractor lleva a tiro otro acoplado con una veintena de hombres, mujeres y chicos que -a modo de despedida- echan una última mirada a ese mar marrón. Desde el miércoles pasado hasta ayer, las tormentas se fueron sucediendo a diario; con cada nuevo chaparrón, el pueblo fue hundiéndose más y más. En una semana a Idiazábal le cayó un aluvión de más de 300 milímetros y a eso tuvo que sumarle la correntada que bajó de los campos vecinos.

“Ahí, la pifiaron los colonos. Ellos hicieron canales para sacar el agua de sus campos, pero todo se fue al arroyo San José y de ahí desbordó para acá”, explica Oscar Bochetto (70), parado con el agua hasta las rodillas frente a su casa, una de las más viejas del pueblo.

Bochetto no tiene ninguna urgencia en sumarse al éxodo. Es consciente de que su casa quedó inhabitable, por eso se mudó “por unos días” a la zona sur del pueblo que está en un nivel más alto y que, por ahora, se salvó del inusitado meteoro. Pero Bochetto dice -y no queda otra que creerle- que apenas baje el agua volverá. “Acá nací, acá me crié y de acá me van a tener que sacar con las patas para adelante”.

Desde hace tres días, vuelve un par de veces al día a controlar que las pérdidas en su hogar no sean totales. Se queda hasta la caída del sol, después se va porque de noche el pueblo es todo tiniebla. A causa de la inundación debieron cortar el suministro eléctrico para evitar riesgos de electrocución.

Un nomenclador hundido hasta el cogote avisa que el arroyo correntoso donde Angel Colomino (67) y otro vecino remojan sus piernas es la calle Córdoba. Están sentados en el umbral de una casa coqueta. Colomino, productor rural jubilado que parece aceptar su suerte resignado. Descalzo, protegido apenas por una media blanca y otra negra, balancea los pies en el agua, mientras revisa en los muros el nivel de la masa líquida que borroneó el pueblo. “Mirá, está bajando un poco”, dice señalando un muro donde se ve clarito que hace unas horas el nivel del agua estaba diez centímetros más alto.

De su vivienda el vecino no se llevó nada. “Me fui con lo puesto, ya me fijé y el agua me destruyó los pisos de parquet y las puertas de madera, a las cosas de valor las fuimos poniendo en los lugares más altos y cada tanto venimos y les damos una mirada”, comentó. Lo único que rescató en esta última visita a su casa son dos paquetes de yerba Playadito que tiene resguardados en una bolsa de nylon.

El gesto encomiable de los bomberos de Etruria permitió que el cronista y la fotógrafa de El Puntal de Río Cuarto pudieran navegar durante dos horas en bote, por las calles convertidas en canales. El subjefe del cuartel, Lucio Ponce (32), y sus colaboradores -Luis Macasso (30), Gustavo Funez (37) y Marcelo Molina (45)- llevan a tiro la embarcación, atentos a que aparezca algún vecino rezagado para evacuarlo. Cuando falta poco para regresar a tierra firme divisan a la distancia una cabeza coronada por una boina campera. Es lo único que sobresale en medio del oleaje. “Espere que ahí vamos”, le gritan. A unos veinte metros otro hombre se mueve con esfuerzo hacia el bote.

El de boina tiene un hombro dislocado. Pese al impedimento físico quiso volver a darle una mirada a su casa y por poco queda varado. El otro vecino es el dueño de una chanchería. “La mitad de las cosas, ya las perdí, ahora vine a salvar algunos papeles del auto y esas cosas”, dice.

En el cielo nuboso, traquetea un helicóptero. El hombre intuye que es algún funcionario y le habla, como si el de arriba pudiera oírle. “Bajá, mojate y vení a ver qué pasa”, dice indignado.

Cuando todo pase, cuando la racha de lluvia sea historia y la inundación de 2015 quede en la memoria como la peor en la historia de Idiazábal, los mil vecinos que fueron evacuados hacia las localidades de Ordóñez, La Laguna, Villa Nueva y Justiniano Posse deberán decidir si vuelven a remarla hasta una nueva inundación, o buscan resignados una zona más propicia donde vivir.

El dueño de la chanchería todavía no tiene claro que hará entonces. “Los jóvenes seguro que no vuelven y no los culpo. El agua va a bajar, pero la población psicológicamente va a quedar arruinada”, sentencia.

Viajar entre retenes y rutas desbordadas

Faltan 15 minutos para la una de la tarde; del otro lado del teléfono la voz del intendente de Idiazábal -Eliberto Favalli- suena acongojada. “Estoy esperando que me llame el ministro”, se excusa cuando el cronista le pregunta si existe alguna manera de llegar al pueblo más castigado por la inundación.

Fabián, un enfermero de la zona, atento, recomienda: “Traigan botas y vengan en una cuatro por cuatro”. Al llegar a destino, sabríamos que la recomendación no era exagerada. Las botas eran imprescindibles pero ni la más portentosa 4 por 4 hubiera podido internarse en la enorme laguna que hoy sustituye al pueblo. El único medio para moverse  hoy por Idiazábal son los tractores y los botes.

Desde temprano, los informes camineros no invitaban recorrer los 195 kilómetros desde Río Cuarto. Hasta la rotonda de La Carlota, el viaje fue apacible. Los 70 kilómetros restantes por ruta 4 hubo que trasponer retenes de Bomberos y de la Policía en los tramos donde el agua atravesaba el camino.

Pasando Etruria y a lo largo de 300 metros el agua de los campos ponía en riesgo el tránsito. Al llegar a la localidad de La Laguna, la última antes de Idiazábal, un colchón de nubes grises encendía todas las alertas. Pero con el paso de las horas se disiparon y les dieron una tregua a los corazones atribulados.

Alejandro Fara
afara@puntal.com.ar

Fuente:
Alejandro Fara, Idiazábal, el clamor del pueblo arrasado por el agua, 04/03/15, El Puntal de Río Cuarto. Consultado 05/03/15.
Viajar entre retenes y rutas desbordadas, 04/03/15, El Puntal de Río Cuarto. Consultado 05/03/15.

No hay comentarios:

Publicar un comentario